La píldora del día final

Cuando el destino nos alcance es una película de 1973 que he visto en un par de ocasiones. Dirigida por Richard Fleischer y protagonizada por Charlton Heston, Edward G. Robinson y Joseph Cotten – destacados actores de la época – entre otros. La historia se desarrolla en el año 2022 en Nueva York, en un futuro anti utópico, por decirlo de alguna manera. El planeta, en ese futuro, era menos habitable y escaseaban los alimentos como consecuencia de una catástrofe ecológica producida por el efecto invernadero. En Nueva York, la élite política y empresarial come carne y verdura, un lujo; el resto de la población vive hacinada en sucias calles y edificios a juego, se alimentan con una especie de pienso en forma de galletas y beben agua almacenada en garrafas. En la escena de un crimen, el prota, Charlton, que es un poli llamado Robert, se encuentra un frigorífico, botellas de alcohol, una ducha de agua caliente, jabón…cosas que no había visto nunca, en su vida.

Una compañía llamada Soylent – el título original del film es Soylent Green – saca al mercado un nuevo alimento compuesto en su mayoría por plancton, según reza la propaganda, y que es muy solicitado por la población. Resumiendo, al final el poli descubre que ese alimento nuevo está fabricado con cuerpos humanos que son llevados a la fábrica para ser procesados con ese propósito. Este descubrimiento es posible gracias a un viejo amigo, testigo de un pasado más feliz que, con la doble intención de ayudar y querer morir, pone fin a su vida en un lugar llamado El Hogar. El hombre se toma una pastilla, en una aséptica sala, y, mientras agoniza, se recrea ante una inmensa pantalla por la que desfilan imágenes de bellos paisajes y otras escenas por él vividas en su juventud, antes del dramático deterioro planetario, en lo que vendría siendo un paquete “Premium” de cualquier moderno servicio, pongamos un spotify de turno. Esa muerte tenía un precio. Su cadáver es seguido hasta ese destino reciclado, que desvela la alucinante realidad. La escena de la muerte del anciano me llenó de desazón, por cuanto se desarrolla de una forma que he visualizado a veces en mis estados anímicos más apocalípticos, que son muy variados.

El enfermo estado de bienestar ya no es más que un continuo y permanente reality show, cada vez más decadente, una fábrica de marginados. El bienestar, ahora, es no morir de pena. Suicidios hipotecarios, luchas por un contenedor de basura, comedores sociales atestados, gente desesperada de todas las edades. Incluso se atisba la moda – se han comprobado casos – de cometer delitos, intuyo que bien calculados, con el fin de pasar un tiempo entre rejas, situación más cómoda que habitar bajo el arco de un puente, que ser un famélico anónimo, un desterrado urbano en el rincón de las ratas. A cambio tendremos el condumio carcelario caliente, cama y aseo, visitas, actividades, algún concierto, servicio médico – con dentista – posibilidad de sacar una carrera. Quizás este delincuente amateur soporte mejor la mirada de un colega profesional, quien sabe si futuro amigo, que el apartheid de quien hasta hace bien poco podría ser un vecino, un compañero, un familiar, o incluso alguien con quien coincidía en la compra del súper, cuando aún no era un lujo. Un retiro más deseable que el de muchas residencias de ancianos o mayores, y gratis. Por una vez en la vida, todos se declararán culpables. La libertad es un nombre precioso, cuando no lleva hambre como apellido. El estado va a tener otro problema.

A veces pienso en ese Hogar de la Píldora del Día Final – PDF –, que las dispensen a los desesperados, en todas las farmacias, más limpio que tirarse de un balcón. Si resultan ser una “carga” para el estado, por cobrar subsidios o pensiones, podrán eximirse del euro por receta. Pero quien nada reciba y nada tenga, quien inocuo sea para la administración, ese, que pase por caja, que pida su última y letal limosna: “por favor, deme un euro pa una PDF”. Si la fórmula funciona quizás los mercados se consuelen, quizás el gobierno salve el pellejo. Es el circo romano del siglo XXI.

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2 comentarios en “La píldora del día final

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