Whatsapps y empanadas

Mi padre – Q.E.P.D. – viajó toda su vida por aquellas carreteruchas del desarrollo español, y en aquellos amagos de coches, para asegurar la pitanza de su nutrida prole – diez menos dos hijos – hasta que el azúcar de la sangre le agrió, irónicamente, la vida. Su salvoconducto vital era un terrón de azúcar en el bolsillo, sarcásticamente. Ahí quedaba mi madre, en casa, con un par de niños a su alrededor, otro en los brazos y uno en el vientre, aumentando sin tregua los que habitábamos el suelo. Los viajes eran largos, en muchas ocasiones de un mes.

Yo soy el segundo, con una hermana por delante que se fue a vivir a Pontevedra, con sus abuelos paternos, cuando contaba siete años, algún día contaré el por qué. Pasaba muchas horas en la cocina con mamá y de pronto mi vista comenzó a alcanzar los fogones, al tiempo que me instruí ávida y gustosamente como pinche – “el trabajo de un niño es poco, pero el que no lo aprovecha es loco” – eso me dejó una sabrosa herencia que ejerzo casi a diario. Cuando sobraba pan y se endurecía, raro, hacía un pastel con esos restos, cuya receta incluía leche, huevos, mantequilla, azúcar y unas tiras de membrillo puestas antes de gratinar, al final ya de la cocción en el horno. Delicioso. Ahora lo llaman pudin, en castellano, o pudding, en spanglish, términos que nunca alcanzaron el oído de mi repostera. Pasados los años, en nuestros reencuentros, nos reíamos recordando lo que gastaba para aprovechar unos mendrugos, pero entonces ya sabíamos que no era solo de sobras, sino asimismo del amor que sentía madre al contemplar aquella mocosa legión poniendo cerco al goloso dulce. Todo este preámbulo porque el presente post es un pastel de letras, fruto de una anécdota que no debería dar para mucho, pero que he decidido estirar, generosamente, con la esperanza de que resulte “nutritivo”

El miércoles 9 de enero, a temprana mañana, partían mi cuñada Paula y mi sobrino Xoel del aeropuerto de Santiago en las tripas de un Ryanair rumbo a su valenciana residencia, una vez rematadas las fiestas que los trajeron a Pontedeume, la tierra de su madre y abuela Manolita, casi ná de mujer. Ya les he presentado a Xoel en mi entrada “Atrapado en las emociones”. Bajando por el mapa gallego los dejé el martes por la tarde en casa de Bego y José, hermana y cuñado de Paula, próxima a aquel aeropuerto, para evitarle un madrugón al crio. Me despedí de todos y él no encontraba la forma de expresar su indeseado tránsito. Y continué ese descenso hasta Vigo, feudo de los recuerdos más arriba narrados. Había quedado con mi amiga Patricia y su Jose, en cuya gran y confortable casa “adobada” pasaría la noche, en un ático de soltero con ambiente tan de estudiante Erasmus que hasta me vinieron ganas de empezar una carrera o algún idioma, aunque me conformé con leer un estupendo reportaje de la revista National Geographic sobre barranquismo, en unos jurásicos cañones de Australia.

Como no suelo presentarme con las manos vacías, por si tengo la boca atrevida y la conciencia de guardia, llamé a la pastelería favorita de mi pueblo, por la mañana, para encargar una empanada pero el teléfono, por tres veces, me negó el trato humano, así que me personé allí y estaba cerrada por vacaciones. Di con otra muy próxima, recién inaugurada, y me llevé la mitad de una de bonito y parrochas, que era lo que quedaba; media circunferencia de un kilo. Hubiese preferido una rectangular, soy muy caprichoso con las geometrías comestibles cuando hay que utilizar cuchillo para hacer las partes. Resultó poca cosa, las parrochas enfadadas, una por aquí, otra por allá y tanta cebolla que debieron morir ahogadas en el llanto que produce, nada comparado con mi favorita, apiñado el pescado, parece una mani del quince eme, no cabría una más.

Cuando llegué a casa de mis anfitriones solo estaba ella y su preciosa perra Nela – de canela –una Golden Retriever mimosona a morir, Jose aún en el trabajo. Nos sentamos a la blanca y enorme mesa de la funcional cocina en dos de los varios taburetes que la rodean y comenzamos a ponernos al día y practicando el deporte nacional de moda, el spanish arregling, deporte, dicho sea de paso, en el que no conozco un solo campeón. En esas estábamos, amparados por mi cerveza, su coca-cola y unas patatillas Lay’s a las que le perdí el respeto total, y hasta el rubor del visitante, ¡que buenas!, las gourmet, esas de la bolsa negra y amarilla, de ciento ochenta miserables gramos y dos euros y medio las “jodías”, pequeñas pero dobladitas, duras, consistentes, crujientes, ruidosas, muy multinacionales ellas, ya me revienta promocionarlas, coño. Comienza entonces la danza de los watsapps, uno de él, otro de ella, ahora te toca a ti, ahora a mí, pitit, pitit, pitit. Patricia enciende el horno porque un watsapp se lo ordena, y ella es una mandada, comenta. Ja. Yo intrigado ¿traerán un pizza o qué?

Ahí llega Jose con Paty, una de las hijas y ¡una empanada congelada! Pero guárdala ya, chaval, le dije, ¿Cómo traes una empanada? Yo soy un mandao, responde, te leo el mensaje que me envió Patricia: “Llegó Antonio. Trae una empanada”. Claro, yo “traía” una empanada, pero de esa forma expresada más parece una orden, quizás hubiese procedido conjugar los dos verbos de mi intervención en pasado “Llego Antonio. Trajo una empanada”. Listo. Ocurrió lo que pretendía evitar, y Jose, al salir del trabajo, venga a buscar un sitio donde pillar una maldita empanada, precisamente, vaya antojo, sin rebelarse, ¡a ver quien es el más mandao! Ahí les queda para un apuro. Este episodio me recuerda un ejemplo sobre la importancia de una humilde coma. Vayamos, o no comeremos empanada. Vayamos o no, comeremos empanada; me quedo con el segundo, que como seguro. Ea, que por una coma comes o no comes, con los tiempos que corren mejor colocarla en el lugar más conveniente a nuestros dietéticos intereses. Cuidadín.

Remato dedicando este post a Patricia hija – Paty –, precisamente, por haber sido seleccionada para el proyecto olímpico de vela Brasil 2016, modalidad 470, formando equipo, nada más y nada menos, con Sofía Toro, medalla de oro en Match Race en las pasadas olimpiadas Londres 2012. En paralelo, Paty compaginará este proyecto con la preparación para los mundiales de 2014 en 420, especialidad  en la que es una experimentada regatista. Por supuesto, la orgullosa madre se encargó de difundir su designación a sus amistades y allegados, llenando de baba cibernética nuestros ordenatas, una vez abierto el correo que tanta dicha contenía, irradiándonos a todos una inmensa satisfacción compartida. ¡Claro que la perdono! Ya le dije que detrás de una campeona suele haber padres de campeonato, como es el caso.

 Imagen

Paty – de rosa – y Sofía

14 comentarios en “Whatsapps y empanadas

  1. Enternecedora la primera parte, me conmovió.

    Muy bueno el dicho sobre el trabajo de los niños.

    Y me identifiqué totalmente con el pastel de pan, que me sigue encantando, aunque no sabía el truquito del membrillo. Lo tendré en cuenta para la próxima vez.

    Enhorabuena a Paty y por supuesto a sus padres. Tú narras muy bien la relación entre ellos.
    Me ha encantado este post.

    1. Gracias, construí el post sobre vivencias verdaderas y eso suele dar resultado. Debería volver a esa senda pero mi memoria presenta alopecia. Si haces el pastel de pan, el membrillo es vital (o mermelada, algo así, dulzón)

      1. Para nada creo que tu memoria presente ningún defectillo, simplemente creo que te apetece más en este momento escribir sobre otras cosas. Y hay que hacer, en cuanto se pueda, lo que a uno le apetece más.
        El pastel de pan lo hago sobre caramelo, pero creo que el membrillo le quedará muy bien. Ya te contaré cuando lo haga.

    1. Serán dadas. Ha vuelto a ser campeona despues de este post. Por cierto, el padre se ha ido a Mexico a trabajar y la madre se va en enero. La empanada es una receta típica en mi tierra, Galicia, en unas poblaciones más que en otras, pero todas ricas. El pudin es más un caprichito.

      1. ¡Qué orgullo tener un campeón en la familia! Pues en Puerto Rico hacen empanadas y pudin. No sé si son iguales. La empanada es una masa de harina de trigo y se rellena con carne, papas, especias. Se puede sustituir la carne con pescado, camarones, o cualquier cosa que quieras ponerle adentro. ¿Será lo mismo? El pudin usualmente se hace del pan cuando se pone viejo y se le pone leche, huevo, azúcar, mantequilla y se hornea. ¿Se parece?

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