Freichenettes y haigas

Comienzo a creer que cargarse una tradición tiene un precio, veréis. A finales del pasado año le saqué la faca a la tradicional manera de brindar con champán y uvas por la nueva temporada, vistos los resultados obtenidos en las últimas, apliqué ese conocido mantra que, en varias versiones, dice: “si quieres que las cosas cambien no hagas siempre lo mismo” o “si quieres que algo cambie empieza por cambiar tú” Decidí mudar mis hábitos al respecto comenzando el año con cerveza – Estrella de Galicia – y sin uvas, el por qué de esta caprichosa decisión lo puedes leer aquí.

La cena de nochevieja se celebró en casa de unos familiares, cerca de Santiago de Compostela. Éramos seis adultos y un churumbelazo de tres años, mi sobrino Xoel. Nada más llegar puse a mis anfitriones en conocimiento de mi decisión y tuve que aguantar cariñosos y respetuosos vaciles. También provocaciones en el momento álgido de mi metamorfosis. Quiso el destino retrasar mi incorporación al nuevo año un minuto, momento en que la criatura, en mi turno de relevo, quedó rendida a los brazos de Morfeo, tras una épica resistencia. De regreso a la mesa allí encuentro a los comensales, brindado ya el nuevo período, ¡con una botella de Don Perignon Vintage 2002! Ciento veinticinco euros, para entendernos. Realmente era un regalo de las navidades de 2011 que un cliente de José, mi convidante, le había hecho, y que reposó un año en el olvido, desconociéndose el motivo. Ahora creo que la casualidad había descubierto los planes de mi traición al pasado, manifestándolo de esa sarcástica manera, como diciéndome “yo represento al éxito, y tú no estabas aquí”.

Y los observo, rendidos a la elegancia y delicadeza de la finísima burbuja, que en un suave y sinuoso ascenso asomaba a la superficie de la copa para entregar todo su goce a los felices destinatarios. ¡Carallo, qué bueno está!, se decían. Qué rápido se acostumbra uno a lo bueno, a lo excelente, parece que aprenderlo requiere solamente una breve práctica, exenta de teorías, así son las sensaciones, el resto es perfeccionar.

Como mi promesa se circunscribía al ámbito del brindis caté el líquido sin remordimientos y me auné a sus elogios, añadiendo mi consejo a José de que conservara esa amistad, más aún, que la reforzara, pues una botella de ese champagne resulta escasa aportación para un taller de “bon vivant” que, en nuestro caso, duró una madrugada. Ya ves, mi gusto, sin embargo, en cuestión de espumosos, esta capado por el presupuesto, no va más allá de la frontera de los diez euros, no lo dejo viajar en exceso. Ahora, cuando veo a los tocados por la fortuna en los dos sorteos navideños, compruebo que, posiblemente por las prisas o por la cercanía de un bar, martirizan su felicidad con freichenettes semi-secos que levanta la tapa de los sesos. No hombre no.

A mi vez, para contrarrestar la burla, pensé en los recuerdos en blanco y negro que me traía Don Perignon, el del Don con Din de dinero, uno de los símbolos del éxito de aquellos  nuevos ricos forjados en la emigración, los indianos, que llamamos en mi pueblo, y que no detenían la exhibición de su triunfo hasta completar el póker de la ostentación, en el que se incluía el inevitable mercedes verde aceituna y la fastuosa morada – aquí sí que había que darlo todo – erigida a veces sin más asesoramiento que el de sus sueños, tantas veces evocados en el tránsito a la anhelada notoriedad , dando como resultado, a mi modo de ver, costosísimos adefesios. Nada que objetar, por otro lado, a aquellos exiliados del campo, del establo, ambos con el reconocible aroma del hambre, que sin formación alguna en una España Negra partieron a duros destinos dejando atrás todo lo que se ama en el momento de la amarga partida. Chapó. Pero rememoro con gracia esa ansia de materializar el logro a través del coche. En muchas ocasiones escuché o leí la expresión Haiga asociada a un “carro” grande y lujoso. “Me compré este Haiga”. Parece venir de las épocas en las que el dichoso acaudalado se presentaba en el concesionario elegido y le decía al feliz vendedor “quiero el más grande que haiga”. Realmente era una palabra elegida para ridiculizar la incultura, pero con ella se designaba normalmente a los grandes coches americanos, de importación. Aquí el producto nacional más destacado era el Dodge Dart 3700, fabricado por Barreiros, tristemente conocido por su “vuelo” a la Historia.

La otra venganza que me reservaba mi desplante concierne a la salud. Ya desde aquella noche, más o menos,  mi resuello se iba volviendo incómodo,  me dolía el costillar, fruto, pensaba yo, de una extraña pose en el sofá o sillón largamente mantenida, y que la edad ya no tolera, como esas tortícolis que aparecen de la noche a la mañana. NO. Era una “pequeña condensación en el lóbulo superior del pulmón derecho”, dijo el radiólogo a mi médica de cabecera, una avanzadilla de neumonía, que cursaba con febrícula y abatimiento. De pequeña nada, me dije, que cualquier función vital con esfuerzo entraba entre las costillas como una banderilla mal clavada. Ni reír podía, las escasas veces que mi humor liberó su manifestación me hicieron ver que mejor era cohabitar con la seriedad. Total, dos pastillas de Augmentine Plus 1000 mg (amoxicilina / ácido clavulánico) cada doce horas hasta nueva orden, visita la próxima semana a la consulta y más placas cuando venza la dolencia, para comprobar su extradición.

Y de nuevo mis recuerdos fluyen con dirección a mi infancia, a mis escuchas de los mayores en cualquier lugar, donde siempre me topaba con “lo importante es tener salud”. ¡Vaya rollo tienen los viejos!, pensaba. En el “top ten” de las charlas de ascensor nunca falta la referente a la salud. Y el tiempo. El ascensor del piso de renta limitada alquilado por mis padres desde 1956 – uno solo para veinticuatro viviendas – era lento lento, el tal para acudir a una cita con la muerte y llegar a ella con todos los arrepentimientos al día. Cuando el trasto estaba arriba y abajo yo, eran dieciséis pisos de espera, si coincidía con algún mayor – no podía utilizarlo solo – salía el tema de la salud, fijo: ¿Qué tal están tus padres? “Ay, lo importante es tener salud”. A pesar de ese empacho, yo, aun no sabía lo que era. Por negarle el brindis al futuro mi castigo es revisar el pasado. A partir de ahora me dedicaré a “tocar madera”.

10 comentarios en “Freichenettes y haigas

  1. Nacho

    En casa, hay quien – hace años ya – toma Lacasitos en vez de uvas; es otra opción. Recupérate de tu “maladie”; ya nos van saliendo goteras a todos. Y cuando te restablezcas, a celebrarlo con una Estrella en uno de esos bares “guarrindongos”.

    1. Hola, Nacho, joer, mira que le dí vueltas a un sustituto para las uvas y no caí en eso, con lo larpeiro que soy (goloso) Ma maladie va par le bon chemin. Un abrazo, y no dejes de leerme, ¿eh?, si no tenemos un lio 😉

  2. Beatriz

    Jejjejje, pues yo comencé con risas ante la imposiblidad de comer más de cuatro uvas, eso sí, el resto de tradiciones cumplidas el brindis, el oro dentro de la coma, pie derecho delante… en fin que no me quedo nada. Si con tanta zarandaja no me sale un año redondo yo dimito. Jejje

    1. Si, Bea, tu tienes mucho que exigir a la tradición, no me extraña que se haya portado mal conmigo, porque yo, toda esa lturgia que describes, no la he observado nunca, salvo el champán y las uvas. Suerte!, que te la trabajas mucho.

  3. Admirable talante el de desdecirse sin remilgos cuando la ocasión lo merece. Y que haiga pronta salud ya ascienda o baje en ascensores vetustos.
    Por cierto que yo también hice experimentos, y ahora voto al mejor postor. Y donde hay Perignon no caben penitencias.

  4. tarari

    Tocayo espero que cuando leas si lo lees este comentario ya estés completamente recuperado, levanta ese animo que te noto un poco chafao.
    Antonio yo nunca he sido amigo de seguir las tradiciones que me parecen absurdas aunque a veces tampoco es bueno ir contra corriente.
    Siempre pensé que lo de las uvas y el champán era una tontería y un año no las tome y fue un año normal y corriente cono los demás, ahora como la casa de los viejos es el lugar de encuentro de hijos nueros y nietos aquí se comen las uvas y se bebe champán y yo no voy a ser el viejo cascarrabias protestón asi que como, brindo, y si es necesario me canto un fandango.
    Bueno majo recupérate que dentro de nada viene la primavera y todo se ve mejor.
    Un saludo

    1. Gracias por tus deseos, Antonio. Estoy recuperando, pero aun doliente. Lo mío seguro que es otro año normal y corriente. Me dió un ataque de cascarrabias, como dices, y me rebelé, por lo de la tradición, digo. Espero ser un cascarrabias llevadero. Un saludo

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