La chica de las mermeladas

En mi anterior entrada contaba cómo esta crisis, en crisis por la mutación del capitalismo nacido en el club de los Lehman Brothers, Goldman Sachs,  Standar and Poor’s, etc., granjeros de corralitos, está desguazando, con prisas y sin pausas, la vida de unos cuantos amigos, conocidos y familiares, víctimas de esos huérfanos de escrúpulos, esa hidra multicéfala insaciable. Intento ahora continuar, porque dejé algunas experiencias atrás debido al “sobre-cogedor” episodio nacional, a la incredulidad que me produjo y que me obligó a cambiar el rumbo del post, tambaleado por las impresiones, las que me producen saber que la cantidad mínima ensobrada que recibían regularmente los prohombres – y promujeres – de un determinado Partido Político equivalen a un año de 426 € mensuales, cifra esta muy conocida por ser el sostén de cientos de miles de personas o de cientos de miles de familias, en el peor de los casos. La hidra de marras, su moral, parece haber abierto delegaciones en todo el planeta corrupto, y en la marca España, la de los mandarines alérgicos a la clase turista, encontró miles de conciencias sin amueblar, tan avezadas y aventajadas en lo ajeno y en lo negro, que la fábrica de billetes USA los deja de imprimir unas semanas al año para emitir los necesarios diplomas que acrediten tanta excelencia. Aquí esa fauna no emigra, lo hace su pasta, para regresar luego vestidita de blanco gracias a una ley, conocida como Amnistía Fiscal, que visto lo visto parece haber sido concebida exclusivamente y con alevosía para los sospechosos millones de euros de unos cuantos amiguetes.

Me empieza a costar preguntar a nadie ¿qué tal?, me parece un insulto, una provocación, pero mi cortesía la dispara de forma refleja, no lo puedo evitar, a ver si encuentro algún curso para maleducados. Relajo la inquietud porque la respuesta a granel está en consonancia con la pregunta, sosa, el “bueno, vamos tirando”, que a nada que se desarrolle deja en evidencia una nueva realidad en la que, tirar algo, pasa a ser un lujo, paradójicamente.

Este preámbulo me ha venido de coña por tres motivos: porque el caso del que voy a hablar atañe a un amigo dichoso, un oasis en la sequía de la FE, porque se ha despedido de una Sociedad de Valores – su familia laboral –, y es que sus valores sufrieron de lo lindo estando allí, y porque mi relación con él está llena de “quetales” sin “voytirando”. En una decisión que muy pocos pueden entender, abandona el “éxito”, y, por fin, toma las riendas de su vida, después de haber sido un hijo educado y obediente, sumiso,  no fuma y no bebe, después de las fallidas relaciones con dos mujeres antagónicas a las que se amoldó igualmente, como era su costumbre. Hoy, solitario, acata, curiosamente, los postulados en boga de los oportunistas de turno, acuñadores de frases motivadoras, ya sabéis – “una crisis es una oportunidad” “hay que reinventarse” y blá blá, con las que pastorean a los perezosos mentales. Sin ir muy lejos Díaz Ferrán, ex patrón de los patrones e ídolo de muchos, que nos regaló su fórmula “trabajar más y ganar menos dinero”, él, que habita en el barrio del latrocinio y que encumbró a un fontanero convirtiéndolo en liquidador. Su sucesor en el cargo lleva el mismo camino en lo que a frases se refiere, y viene a decir que lo importante es la cantidad, no la calidad, que si se choriza poco la ciudadanía no debe ponerse de los nervios, que es malo para la imagen de España. Todos pues a reinventarnos, menos, claro está, los políticos, o los que hacen política o la embutidocracia, que se meten cada noche en el “sobre” con la conciencia tan tranquila, ¡qué chorrada reinventarse! La oportunidad de este amigo ha sido el pensar, el darse tiempo, respirar… yo lo veo feliz, me da envidia porque una vez hice lo mismo y sentí lo mismo. Pero como es una historia didáctica y algo extensa lo dejaré para el siguiente post.

En un receso vespertino de la mini gira por Vigo, en la barra de madera del Vang Gogh, previo a la pitanza nocturna, acariciaba con las yemas de los dedos el sudor frio de una copa de cristal – provisional residencia de un albariño hasta su definitiva morada – mojando su pie con la solidaridad de las gotas aglutinadas. La veo entrar con una canastilla coquetamente decorada que constituía un bonito alojamiento para las mermeladas que portaba, una formación de tarros de tres tallas diferentes  en lo que a mi se me antojaba una familia, padre madre hijo hija. El tarro chiquitín parecía una muestra, una calculada demo para el paladar de un goloso, un zalamero enganche destinado a comerse el tarro, directamente. Inicié una charla con la “empresaria” y acabé comprando el envase mediano, de mora y manzana, delicada y rica, con sus sabores bien disociados, justo en dulzor. Previamente había fisgado con regocijo el muestrario: además de la citada antes, exhibía mermeladas de naranja tirando a amarga – según me contó – de mango, de kiwi y fresa – se me adelantó una clienta y la pilló antes –  otras combinaciones que ya no recuerdo y ¡hasta una de pimientos! Y los recipientes rústicamente presentados, evocando una mermelada casera, natural, de la abuela; las tapas ocultas por una tela con motivos florales, sujeta al cuello con un anudado cordelillo de toda la vida, una etiqueta naif que induce a pensar en la mano de un niño o una niña, con letra en minúscula, inmadura, orlados los bordes con unas ondas que configuran el marco, vamos, que hasta el marketing cuida.

Mermelada de Patricia
Mermelada de Patricia

Durante el diálogo me comentó cómo las preparaba en casa, con su canela y demás, cómo visitaba todo tipo de locales o comercios, que le preguntaban si las tenía sin azúcar para los diabéticos, y ante la reiteración en el asunto se está planteando la innovación, ofrecer una alternativa, sustituirlo por Stevia, una planta, según me cuenta mi amigo el economista, que es conocida porque la producción masiva ya está en manos de las azucareras y ahora interesa la divulgación, lo de siempre, aunque los estudios le confieren cualidades muy beneficiosas y su poder edulcorante es muy superior. Le avanzo que se verá obligada a subir el precio porque una mermelada normal lleva un 45% de azúcar, que pesa y hace bulto, pagas azúcar por fruta y con la stevia son suficientes unos escasos gramos. Patricia, así se llama, es, por añadidura, una estupenda imagen para lo que ofrece, una morenaza, joven, veintilargos – calculo – guapa, melena negra flanqueada por rizos, labios carnosos, tez oscura, semi tropical, dulce, sospecho que apasionada. Creo que en el cesto lleva su identidad.

Así se apaña una vida, con calderilla para alimentar la olla, que de sobres no sabe nada. No sé si es autónoma, o sumergida, o resistente, pero me parece, por lo menos, una luchadora.

Mermelada a punto de desaparecer
Mermelada a punto de desaparecer

9 comentarios en “La chica de las mermeladas

  1. La chica de las mermeladas :)

    Pocas cosas dan tanta satisfacción como saber que con tu trabajo agradas los paladares,es algo en verdad gratificante y no hay sobre que lo pague.Que más puedo decir que un enorme y sincero GRACIAS !

  2. Nacho

    Menuda pinta tiene esa mermelada. El sábado pasado, en una feria de alimentos caseros llamados “ecológicos” – que no se si realmente lo serán, aunque por el precio deberían serlo, si no lo son – compramos una mermelada de uva y otra de sandía de procedencia murciana. Cierto es que el vendedor no era como tu vendedora, pero me da que al menos, las mermeladas, estarán igual de buenas. Por cierto enhorabuena por esa nominación bloguera. Parece ser que no he sido el único al que ha sorprendido tu verbo y tu pluma.

    1. Gracias, Nacho
      Pues va de mermeladas caseras y biológicas, hoy, en Valencia, en el barrio de Ussafa, en un mercadillo de productos biológicos, me compré una de naranja y chocolate que aun no estrené. Me acordé de este post, pero no de la vendedora.

    1. Muchas gracias, Mariaje
      Menos mal que no eres perfecta, que bastante apabullado me tienes con tu otra forma. Mi escáner no detecta las formas, sino el fondo, y, además, me gustan las plantas, te puedes repetir sin problemas.
      De verdad que está buena la que elegí, las fotos son del desayuno de hoy. Nunca probé la stevia, y la biológica ya sería un lujo encontrarla, supongo que la de tu amigo es para autoconsumo, ya me contarás cuando la pruebes, así que haz por verlo. En cuanto al palabro considero que nuestros padres y abuelos la habrán aplicado muchas veces, aunque la desconocieran, que el hambre no entiende de esas cosas, tiene más urgencias que el diccionario. A mi me cansa, porque cuando la apadrina un gurú se quema en un mes.
      Muy buena tu ubicación sobre la pereza mental, me la guardo aquí.
      Ya he visto tu web, tengo ganas de echar una parrafada contigo sobre varios asuntos para matar mi curiosidad. Sublimes muchas cosas tuyas, va a ser que me pasa lo mismo.

  3. Mmmm… me has abierto el apetito. ¡Qué pinta por favor! me encantan esas mermeladas.
    Tengo un amigo que cultiva Stevia biológica, por cierto, y por eso ya sabía de las bondades de la planta. Ando detrás para que me de una planta, pero nos vemos poco.

    Y del color de la mermelada, los de las mejillas que me ha sacado tu artículo. 🙂 Pues yo he usado la palabreja del reinvento alguna vez, creo incluso que está en mi web. Confieso que cuando la escuché por primera vez me gusto. Andaba yo muy necesitada de eso. Pero la verdad es que empieza a cansarme como todo lo que se industrializa.

    Como razón no te falta, me haré mirar lo de la pereza mental. No vaya a ser…que esté donde no quiero estar, no estando donde quiero.

    Sublime lo de la copa, desde el receso hasta las gotas del pie. No sé si se nota lo que disfruto leyéndote. Va a ser que sí.

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