En la barra de un bar

Estoy del camarero psicólogo hasta los tuétanos, en general de muchos camareros. Me cuesta lo suyo ser desconsiderado con los representantes de este oficio cuando hacen un sorbete con mi paciencia y la mayoría de las veces opto por alejarme de su habitual ubicación, por más que me guste el local que les da cobijo y nómina, lo siento por su propietario, desconocedor, para su desgracia, de los verdaderos motivos de mi autoexilio. Ya pueden tener el premio que sea: al mejor diseño, a las tapas más originales, a la mejor tortilla o a la albóndiga más grande, porque, feliz o fatalmente, el que más valoro es el concedido al factor humano, y no suelen otorgarse tales galardones, por lo menos a los que defienden la barra, que es la embajada del negocio. También, todo hay que decirlo, está el típico cliente rallante que busca, por el precio de un café, una oreja que aloje todo aquello que tiene mejor acomodo en el diván de un psicoanalista, para desesperación de los verdaderos profesionales de la hostelería y restauración, o un cuerpo bonito que la retina encarcele en algún sucio y siniestro lugar de su mente. Es posible que estas últimas situaciones lleven a muchos camareros y demás categorías hosteleras a plantearse la necesidad de reciclarse a psicólogos, sin el adecuado asesoramiento, y acaban pagando justos por pecadores, creo que me encuentro entre los primeros, de ahí este escozor, porque tengo la sensación de ser un instrumento para sus necesarias prácticas.

Aprovechando los carnavales partimos en coche, a cara descubierta, hacia Valencia, a visitar por unos días a nuestra familia mediterránea. Como salimos después de comer, reservamos plaza en un céntrico hotel de Astorga para hacer noche allí  y evitar que nuestro cuerpo nos acusara de maltrato por una maratoniana jornada de asfalto. El alojamiento se ubica en la Plaza Mayor, pegado al precioso ayuntamiento, y llegar hasta allí es un reto al buen humor y un apuro para el navegador, que se emperraba en meternos por las direcciones prohibidas –  calles que la humanizada zona reserva a los peatones – obligando a repetir callejeo antes de dar con el garaje, que se encuentra, por decirlo de alguna forma, en el culo del hotel, en una callejuela trasera, única forma de acceder con vehículo después de rodear toda una iglesia, quizás como penitencia al soberano mosqueo. Así, esa retaguardia oscura e impersonal se convierte en nuestra primera relación con la hospedería. Tomamos el ascensor y nos deja de cara en la verdadera recepción, que maquilla nuestra inicial impresión. Realizados los trámites, subimos el equipaje a la habitación y de inmediato bajamos, una vez liberadas las vegigas, para dar comienzo al turisteo, que decidimos circunscribir al perímetro de la plaza por cuestiones horarias y climatológicas. Tras una breve inspección iniciamos el itinerario entrando en una vinoteca de elegante y moderna decoración, conveniente y acogedoramente iluminada por las luces que, asociadas con los distintos colores y formas del cristal presente en mesas y mamparas, mostraban múltiples disfraces. Los taburetes eran de hierro fundido, rectangulares y angulosos, plana y dura la superficie destinada a las nalgas y las criadillas, que debían acoplarse con acomodo, sin brusquedades, y que, asimismo, representaban un peligro para la población infantil, expuesta a dejar los sesos en el lugar reservado a las adultas posaderas, obligando a los progenitores a prestar más atención a ese posible encontronazo que al vino, la caña y las tapas objeto del inicial disfrute. Pero bonitas, las banquetas, eran un rato largo.

Saciada la curiosidad ambiental entramos de lleno en la gastronómica y, como solemos hacer patria, pedimos un vino de la tierra. Y en ese momento dio comienzo por parte del camarero todo un abanico de sugerencias, gestos, tonos, grandilocuencia y pavoneo que a la segunda – y definitiva –  copa nos tenía fritos. Prieto Picudo. Que así sea.

  • Realmente, para poder apreciar esta uva hay que tomarse un rosado, aunque el tinto también es muy bueno.
  • Estupendo, pues ponme un rosado a mí y un tinto para ella.

Juán – vamos a llamarlo así – nos coloca dos tintos. No digo nada. Francamente, nos gustaron y venían acompañados, todo hay que decirlo, con un despliegue de tapas considerable, fundamentalmente a base de montaditos de diversos embutidos que cuando empezaron a menguar fueron inmediatamente repuestos por otro surtido, olé. Finiquitado el vino entramos en un intercambio de opiniones y al comentarle que éramos más de Ribera del Duero saca una botella recomendadísima – no recuerdo la marca –, sirve una copa y cuando iba a hacer lo propio con la segunda le recordé que me había quedado con las ganas del rosado Prieto Picudo, y lo sirve sin disculpas ni remordimientos. A los dos minutos aparece, muy atento, el compañero reponedor de tapas y al comprobar que no teníamos las correspondientes a la segunda ronda subsana ipso facto el despiste, ole y olé. Por el medio naufragábamos en los frentes de sabiduría abiertos por Juan, que se acoplaba a las conversaciones de todos los clientes de la barra, de a pie, y a los que entraban les tenía una cita reservada, tremendo. Un tipo joven – 26 o 27 –, apuesto, engolado, enamorado de si mismo, le encantaba escucharse y ser visto. Supuesto conocedor del universo viticultor, largaba tal cantidad de nombres de bodegas y enólogos que terminamos embriagados de catar tantos imaginados caldos. En una pausa – muy agradecida – va a la cocina y regresa con dos sopas en unas pequeñas jarras de cerámica, rotas en su borde para poder introducir una cuchara,  que mi paladar descifró como una especie de crema de patata y bacalao con pimentón picante y un toque de ajo, muy sabrosa, al tiempo que le escuchaba hacer loas al jefe, autor del sopicaldo, porque de vez en cuando se le daba por cocinar.

Pero el autodidacta sumiller – a mis preguntas contestó que no tenía formación específica en la materia – alcanzó la cota de nuestro asombro al referirse a un genio de la comarca que, con 31 años, ha conquistado los mercados internacionales con un albariñorias baixas galegas – criado en las bateas y que de cada diez botellas sólo salían cuatro buenas, eso sí, costaba cada una cien euros, y que si tenías la suerte de ser uno de los agraciados enhorabuena, porque los otros seis restantes ¡palmaban la pasta! Mucho nos reímos visualizándonos en esa rocambolesca experiencia. Carcomidos por la intriga nos zambullimos en internet a la búsqueda de fuentes potables y descubrimos una realidad diferente, no exenta de aspectos coincidentes y verdaderos con el vodevil representado por el barman. Y Juán seguía y seguía – Duracell –  que si de tatuajes, que lo importante que es la atención al cliente detrás de la barra chaaval, y más charla:

  • ¿De qué parte de Galicia sois? (ya había detectado el acento)
  • De Pontedeume, cerca de A Coruña.
  • ¿A dónde vais?
  • A Valencia
  • Joer, a mi tierra, yo soy de Valencia de Don Juan (5.200 habitantes)
  • No, a Valencia Valencia… (coño)
  • Pues que sepáis que mi primo es jefe de la brigada de homicidios de Valencia, si tenéis cualquier problema me llamáis y me pongo en contacto con él (nos da una tarjeta)
  • Muchas gracias, muy atento, pero es un viaje de placer, no tenemos previsto asesinar a nadie, ja já, pero si tal te damos un toque (vuelta a escojonarnos más tarde)
  • ¿Dónde vais a cenar? Porque, mira, no es por nada, pero aquí tenemos una carta muy buena, de todo (nos la enseña, es verdad, muy variada y sugerente, pero ya estábamos lo suficientemente amedrentados)
  • Tenemos previsto cenar en la cervecería del hotel tal, que hay unas jornadas de lechazo y quieremos rendirle pleitesía.
  • ¡Ah!, pues muy bien, además el hotel y la cervecería pertenecen al mismo grupo que esta vinoteca, y os voy a hacer un favor que me agradeceréis. Entrega esta tarjeta a quien os atienda (escribe su nombre) y decirle que vais de mi parte, veréis que bien os tratan.
  • Muchas gracias, Juán, de verdad. ¿Nos dices qué te debemos?
  • Son 8,70 € (de coña) Y no os olvidéis de entregar la tarjeta en la cervecería.
  • Gracias por todo, Juán, hasta la vista…(hasta el escroto!)

Salimos escopetaos y nos metimos en un mesón de la plaza, muy poco ambiente en general para un viernes de carnaval, dos camareras, una sudamericana – mucho personal de esa zona – y pedimos dos Prieto Picudo, los sirven  – tapas: una de patatas y otra de sopa de ajo – y se retiran hasta nueva orden, con los brazos cruzados por la falta de clientes…y en silencio. Abandonamos el local y nos dirigimos a la cervecería de la cena, no sin antes chequear la afluencia a otros bares y mesones, el de nuestro amigo era el más flojo ¿casualidad?

Acabados de sentar en la mesa ¡aparece Juán! y nos asustamos, resulta que los locales están comunicados,  nos preguntó si habíamos entregado la tarjeta y le dijimos que aún no, habíamos decidido no hacerlo, nos daba que podría ser más perjudicial que beneficioso, salió y no volvimos a verlo. Nos atendió una camarera muy maja y discreta que solo hablaba cuando le preguntabas; por esas cosas del blog lo hice, era de Asturias y su novio de Astorga, en su tierra no había trabajo en lo suyo, y en ese pueblo, sin embargo, estaban ocupados los dos. Directamente le pedí detalles del “menú lechazo”:

  • Paté de lechazo churro con tostas
  • Carpaccio de lechazo con hummus
  • Lechazo asado en horno de leña
  • (Escarola – Patata asada – Escalibada)
  • Postre “Tarta de Hojaldre”
  • Bebida: Vino Ribera del Duero + Agua + Café

Sé que suena celestial, pero no sufráis, que tardamos menos en comerlo que en escribirlo, no resultó ser un menú para sibaritas y deseé que al menos lo fuera para hambrientos, que venía yo de perder unos kilos por una convalecencia y necesitaba actualizar el body. Tampoco. Consiguieron, eso sí, clonar lo insulso en todos los platos, todo sabía a nada, que tiene su mérito: El paté churro era justamente eso, el carpaccio tenía más de hummus que de lechazo – tres tiritas que parecían tal cual, pero de poner en una herida – el tercer plato lo debieron abandonar en el horno y el pobre estaba reseco y duro, además de frio, lo que va entre paréntesis aún desconozco qué era, aunque se acercaba al suspiro, si acaso la escalibada, que eran tiras de pimientos asados y a eso sabían, el postre era de aire y se deprimió nada más enseñarle el cuchillo y tenedor, el vino a la altura de las circunstancias, y pasamos del café para no despejarnos, que no había mucho en lo que recrearse si el sueño nos rehuía.

Rematada la vianda le pedí a la camarera que me facilitara la cuartilla – un folio – en la que se especificaba el menú descrito y dio comienzo una incomprensible ronda de consultas, entiendo que con sus superiores, cuyo resultado fue que me lo escribían en un papel. Al rato le comenté que escribo en un blog y era para no perder el detalle. Nueva ronda de consulta y vuelve con el folio y una sonrisa. Voy a explotar el asunto.

Astorga Ayuntamiento

(foto desde el balcón de la habitación)

Poco que contar del resto del viaje, Valencia ya la conocemos de varias idas y nos hicimos fuertes en la casa familiar – en Benimaclet – que es a lo que íbamos, a disfrutar del sobrino a tope, que no está para lechazos ni prietos picudos. Breves excursiones por el tranquilo y acogedor barrio. La única anécdota reseñable es que en la agenda llevaba la intención de convertir en carne y hueso un amigo digital adquirido en una red social, Eugenio. Previamente habíamos planificado y acordado el encuentro, en el que se contrastan las expectativas generadas a través del trato digital con las sensaciones y la química del “directo”, y creo que por ambas partes resultaron satisfactorias. La amabilidad y empeño de Eugenio y la profesionalidad de su recién estrenado Tomtom lo colocaron a la puerta de casa, oficiando desde ese momento de efímero cicerone porque disponíamos del tiempo de una caña – grande –, despachada muy gustosamente en la terraza de un bar en la espléndida playa de la Malvarrosa, bajo un sol limpio, nítido y una fresca brisa. Nos “presentamos” los pendones y me encantaron los suyos. Sacamos una foto, testigo del momento, y me invitó al cañote, que salió a cuatro euros cada uno, porque el lugar tenía acento alemán. Gracias, Eugenio, te debo una (en un bar español)

4 comentarios en “En la barra de un bar

  1. Gracias, Trini
    Esto de las suscripciones meten mucha presión, pero suponen un reto que acepto con agrado.
    La definición de icástico es “Natural, sin disfraz ni adorno”, la ùnica que figura en el diccionario de la RAE.

  2. Trini

    jajaja Antonio, que bueno!! me ha sorprendido tu buen estilo escribiendo, manejas con soltura el lenguaje, y esa fina ironía…, indudablemente he hecho bien suscribiéndome a Icástico, por cierto, ¿quiere decir algo esa palabra? saludos

    1. Gracias, Xoxé
      Lo de la mamandurria es la sinrazón, el mundo del revés, es irónico que esa palabra la utilice un político para referirse a quienes los mantienen, precisamente.
      Un placer es tener un experto como tú, en las lides de la Prevención de Riesgos Laborales, por estos lares.

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