La mentira absoluta

Hace muchos años, unos treinta y cinco, cuando iniciaba mi vida laboral, entré a formar parte del equipo comercial de un importante concesionario de automóviles – Renault – y asistía a la correspondiente y necesaria formación – cursillo de ventas – con el entusiasmo y la curiosidad propias de quien se estrena en el mundo de los adultos y en las responsabilidades que conlleva. Mi hija ya estaba encargada y en camino. En aquel escenario todo me parecía distinto, sorprendente, pero motivador; me veía como una auténtica esponja, tal era mi actitud y disposición. El jefe de ventas, y a la vez formador ocasional – vamos a llamarlo Pérez – era el molde de la época: pelucón hacia atrás, mostacho, vozarrón mecagoental, pelín macarra y mal hablado, rasgos duros, tez oscura y agitanada, tripachón, tirando el conjunto a lo Pancho Villa, fumador irredento y algún toque humano que consistía en un proyecto de sonrisa condescendiente y cínica más a modo de compromiso que como manifestación propia del buen humor de un colega, que no lo era. Traje y corbata, of course. Finalmente el hombre amedrentaba lo suficiente a un incipiente aprendiz del mundo, y resultaba mejor despachar con él si habías vendido algo o tenías al alcance del boli una víctima madura, con nombre y apellidos que diera veracidad a la historia, conteniendo temporalmente sus modales socarrones y de autosuficiencia. Por supuesto le encantaba comer, beber, follar y alardear de esto último. Era el coaching de entonces, y parte de la foto de aquella España de fantasmas en blanco y negro. Debo decir, en descargo de Pérez, que casi todos los jefes de ventas o directores comerciales que tuve a posteriori eran de la misma escuela y mantenían el sector del putiferio con un alto índice de ocupación, al tiempo que presumían de honradez mientras era cazado, alguno de ellos, con las manos en la masa, que solía ser la caja.

Uno de los consejos de Pérez que se ha mantenido imborrable en mi mente, quizás por la forma que tuvo de narrarlo y lo absurdo que me pareció siempre – no porque lo haya observado a rajatabla – era relativo a la seguridad y aplomo que debía mostrar siempre el vendedor. Una vez realizada una afirmación ante un cliente, convenía mantener el tipo hasta las últimas consecuencias, sin dar “pa trás” ni un milímetro. Y lo ilustraba con un caso que le había ocurrido a él, según comentaba. En una ocasión un comprador fue a recoger su nuevo vehículo una vez matriculado y con toda la documentación en regla, en el concesionario en el que Pérez trabajaba. El hombre sale, tan feliz, y al poco regresa mal encarado porque se había percatado de que el coche tenía un pequeño bollo o golpe en el frontal, cerca del faro. Ahí se inicia un toma y daca “que el vehículo ya venía así”, decía Pérez, “que no, que esto tuvo que ser en el taller, como coño va a venir así”, respondía el cliente, etc. Hasta que mi jefe, harto, le dice, rotundo: ¡Pues se habrá caído del tráiler, pero el coche ya venía con el golpe! Cómo cambiaron las cosas, eso te ocurre hoy y sales en todas las redes sociales, antisociales y en los cursos de ventas como ejemplo de retrasado mental. La marca, y tú, claro.

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Creo que me siento como aquel cliente cada vez que escucho a la Cospedal intentar explicar cualquier verdad sobre algo y asisto con rubor a la peregrinación de su ignorancia que partiendo de lo absurdo llega a lo incongruente pasando por lo descabellado, sin muestra alguna de fatiga mental, la tipa borda ese camino. A la segunda que lo oyes te tronchas, pero a costa de pasar vergüenza ajena por tener un político así en este país – otro más – tan desconocedora de su estulticia, tan despreocupada por ser la zafia nacional, repitiendo, tripitiendo y tartamudeando, con el aplomo y la seguridad de aquel vende coches, o vende motos. Zaraguteando, como su jefe. Y cuando los periodistas, absortos, le insisten para que responda, de una puta vez, a sus escaqueos sobre la relación laboral existente entre el Bárcenas y el PP saca su lado macarra – el que mejor maneja – y suelta “ya he respondido cinco veces a esa pregunta, así que la doy por zanjada” y listo. Lo que contestó, ja ja já es eeehh, la indemnización que se pactó fue una indemnización en diferido y como fue una indemnización en diferido en forma efectivamente de simulación de…o de simulación, este señor, como sabe todo el mundo…o sea, una simulación de retribución con pagos en diferido…

Una de las increíbles ventajas que tiene la mayoría absoluta para quienes nos desprecian – este es un caso – consiste en tratar a la ciudadanía y, lo que es peor, a sus propias bases, como auténticos subnormales, sin ninguna consecuencia inmediata. Por lo tanto, si la verdad resulta incómoda – estos siempre consiguen que lo sea – se sustituye por lo que salga de los santísimos ovarios de Loli hasta que el apuro quede diluido, que total son unos minutillos intranscendentes, sin coste alguno, si acaso algún rubor o colorete. Y a seguir. Como siguió don hilillos de plastilina ante el estupor general, como siguen los de siempre después de mantener y querer resucitar la autoría de ETA en el trágico 11M, como siguió Jose Mari tras las armas de destrucción masiva de Irak y su invasión. O sea, que la mentira la llevan en el ADN, lo malo es que no encuentra la forma de defenderla cabalmente, tampoco les hace falta, a la vista de los réditos. Quizás el ensayo error les haya hecho ver que la mentira es el mejor consuelo ante una verdad que les puede amargar la vida, la trayectoria política por la que tanto han “currado”, en la que tantas esperanzas han depositado. La mentira se convierte en el lado feo de la verdad, pero es el único maquillaje que esta permite para seguir viviendo camuflada. La verdad y la mentira es el verdadero bipartidismo. El problema es que una carrera política en España no se trunca por engañar, como en otros países europeos, y mientras esto lo sepan nuestros políticos, mientras lo consintamos los ciudadanos, no hay forma de subvertir la situación. Y hasta que ese cambio no se produzca dejemos de otorgarle demasiada importancia a la verdad, que junto con la mentira forma parte de nuestra realidad, solo hay que ajustar la fórmula, saber qué proporción de cada una está dispuesta a asumir nuestra dignidad, no le demos más vueltas, ni seamos más hipócritas, permitamos que nuestras conciencias nos dejen un rato tranquilo. Las cárceles están llenas de gente inocente si escuchas a los ocupantes contar su verdad. Y cuando llega la hora de la verdad verdadera nos agarramos al “todos son iguales”, “no te cuento de los sindicalistas”, y como todos son iguales, votamos a los de siempre, que ya sabemos cómo roban, no nos van a defraudar. Les oímos decir “no caigamos en el populismo” y nos hacemos caca, mejor siempre un Bárcenas o un Correa que un payaso, o un Chávez cualquiera. Puro masoquismo.

13 comentarios en “La mentira absoluta

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  6. César

    Muy buen artículo. Es el primero q te leo pero te aseguro q no será el último. A veces de escuchar y leer tonterías y mentiras te sientes como un bicho raro. Genial. Un saludo

  7. Samoset

    “eso te ocurre hoy y sales en todas las redes sociales, antisociales” jajaj, buenísimo
    “a la peregrinación de su ignorancia que partiendo de lo absurdo llega a lo incongruente pasando por lo descabellado” ni Sabina diría algo así 🙂

  8. Articulazo. Precisamente hoy nos admirábamos Paco y yo por eternitésima vez de la soltura que da el mentir como respirar. No tienen peligro ni ná. Pastillas de Mátrix.
    El discurso final es profético, en el sentido bíblico, no en el de chatarra adivina contemporánea.
    Tucho, comprendo la fatiga de escuchante, y la comparto. No dejo de preguntarme por qué no votamos todos en blanco, o con una cuartilla casera de desfogue. Tengo que leer a Saramago, pero me han dicho que ese libro acaba mal.
    ¡Ay señor, señor…! que decía el otro.

    Lo comparto en mi FB con tu permiso.
    Saludos. Y aplausos.

    1. Sí que da fatiga escuchar, pero mucha pena saber que una panda de desalmados se encuentra tan a sus anchas vacilándonos. No hace falta leer a muchos Saramagos para saber que, esto, bien no acaba. Disfrutemos, que aun echaremos de menos la cospedalada, y eso si que me acojona.

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