Ya es primavera en Bangladesh

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Cuatro mil personas trabajaban hacinadas en un bloque de ocho plantas que alojaba varios “talleres textiles”. El Rana Plaza violaba las normas de edificación de Bangladesh – práctica habitual en ese país –. Tres de esos pisos acababan de ser añadidos a lo que inicialmente era un edificio de cinco plantas, incumpliendo, otra vez, todas las normativas de seguridad imaginables, habida cuenta de que las inspecciones no valen para nada – según reconoce alguno de los 51 inspectores existentes para 200.000 fábricas. El propietario, ante “tantas facilidades”,  decide levantarlas, poniendo en peligro la estabilidad de todo el bloque. Muchos trabajadores denuncian la presencia de importantes grietas en la estructura y se niegan a continuar trabajando, presintiendo lo evidente, pero los empresarios se negaron a detener la producción y los obligaron a mantener la actividad. Un día después, 600 ya no volverán a salir de ahí con vida, y cientos de ellos no podrán trabajar de nuevo por las graves lesiones recibidas. Y sin coberturas de ningún tipo. Es el peor desastre laboral ocurrido hasta la fecha en Bangladesh. En noviembre del pasado año, en un incendio, murieron “solo” 112 trabajadores. En Bangladesh han muerto, entre 2006 y 2009, casi 600 trabajadores del textil, por incendios, muchos de ellos en fábricas que producían para grandes marcas. Un empresario español dijo en 2009 “Somos una fábrica, no somos una ONG” Es el director general de una empresa que ocupaba 2.000 metros cuadrados en el edificio siniestrado y que se encuentra ahora en búsqueda y captura como uno de los principales sospechosos del hundimiento. Seguro que hoy preferiría estar en la piel de una ONG. No critico su frase, hasta me puede parecer lógica, solo la mentira, aquello no era una fábrica, sino un cementerio, es evidente que de ONG tenía bien poco, pero, gracias a ese señor, ahora, éstas, tendrán más trabajo.

Cuando la trampa mortal se vino abajo estaban haciendo, con el miedo en el cuerpo, chaquetas para El Corte Inglés, entre otras prendas de otras marcas como Mango, H&M o Primark. Ahora que lo sabes, vete allí y cómprales una. Cómprate también unos pantalones o unas camisetas baratas de las que fabricaban los que ahora ya no viven. Una ropa tan bonita y ¡vaya precios! Compra mientras te dices que eso no va contigo – por si la conciencia te da la vara – que no tienes la culpa de lo que ocurra en esos países, que lo arreglen otros. Luego, cuando enciendas la tele di que son horribles las imágenes, que no deberían pasarlas a esas horas, que a ver si hacen algo, que la gente no puede morir así, que tú lo pasas muy mal. Pero ya no vuelvas a preguntarte qué puedes hacer tú por cambiar algo. Nada. No te engañes ni engañes a los demás, no hagas creer a nadie que eres una persona sensible, por favor. Que sepas, no obstante, para tu tranquilidad, que El Corte Inglés promete ayudar a las víctimas del derrumbe de Bangladesh, pero todos sabemos que es más bien una autoayuda para intentar curar la herida que un zarpazo así haya podido causar a su imagen, no porque se lo haya pedido el corazón, en todo caso lo habrán hecho sus técnicos de marketing. Total, dentro de unos días, pocos se preocuparán de si hubo o no ayuda, pero es oportuno decirlo ahora para que conste la intención. Gastar en palabras es muy fácil, lo complicado es hacerlo en hechos verdaderos. Ya hemos visto en muchas ocasiones que las promesas que nacen tras las catástrofes laborales en países del tercer mundo tiene una muerte prematura, enseguida ocupan un nicho en el olvido. Véase casos tan dramáticos como el de la tragedia de Bhopal, en la India, no solo no se cumplieron las promesas, para variar tampoco hubo responsables que fueran a la cárcel para pagar por la vida de miles y miles de personas.

Eva Kreisler, portavoz de la red Ropa Limpia en España, denuncia la implicación de grandes empresas occidentales en los cinco talleres textiles que trabajaban en el edificio derrumbado. “El 90% de los trabajadores son mujeres, la mayor parte de ellas jóvenes que vienen de zonas rurales y no conocen sus derechos”. Salarios muy bajos – el coste salarial por hora es el más bajo del mundo, de solo 0,32 centavos – horarios que superan los límites establecidos, horas extra obligatorias, prohibido salir de las fábricas hasta terminar los pedidos, no hay puertas de emergencia o están bloqueadas, materiales inflamables en las habitaciones que favorecen los incendios y, para más inri, la conciencia antisindical es tan fuerte que, por ejemplo, un activo sindicalista fue torturado y asesinado. No se permite a las ONG trabajar sobre el terreno. En Bangladesh, entre el 80 y el 90% de los ingresos proceden de la industria textil. El vínculo entre los dueños de las fábricas y el Gobierno es muy fuerte, la patronal es poderosa y las protestas se reprimen con violencia por parte de la policía. Gracias a sus bajos salarios y a la laxitud sobre condiciones laborales, hasta China deslocaliza producción textil en Bangladesh, segundo exportador textil del mundo después, precisamente, de la propia China.

Todas estas marcas tienen unos códigos de conducta vinculados a temas de derechos humanos y convenios internacionales que se supone deberían cumplir.  Normalmente se suelen llevar a cabo auditorías que controlan si se cumplen o no, pero en la práctica se demuestra que este sistema no funciona, es inútil para el trabajador. El incumplimiento de requisitos adecuados nunca sale a la luz porque el sistema es opaco. La responsabilidad frente a los derechos humanos se diluye, solo queda en un papel que dice que lo son. La RSC es otro documento político que no se traduce en resultados, es un decorado necesario, un “cara a la galería” para que comulguemos con lo buenos que son, pero mirando para otro lado – el de la producción –  y no pasa nada, “tu me haces las tres mil prendas diarias que te exijo y me importa un carajo cómo, con qué y unas puñeteras grietas, y si no cumples pierdes el negocio a manos de un competidor”. Que más les da que se mueran de hambre, de incendios o torturados por los productos químicos utilizados, esto, si cabe, mucho peor porque son muertos vivientes que no salen en ninguna estadística – la miseria no las necesita –  una agonía anónima, unos cuantos fallecidos cada día en un goteo interminable. Solo una  tragedia puntual como la del Rana Plaza tiene la categoría suficiente para colocarse por unos días ante nuestros ojos, incómodamente porque nos pide reflexión, pero nuestra solidaridad se convierte en una pena de un cuarto de hora. ¿De verdad que no tenemos nada que perder? Cuanto más llenemos el armario de baratijas menos oportunidades le estaremos dando a la dignidad.

La globalización, deslocalización, subcontratación, está resultando ser un arma de destrucción masiva, de criminales consecuencias. Para las multinacionales los beneficios y para la sociedad explotación laboral o esclavitud, directamente, sin importar edad, contaminación, destrucción del medio ambiente y ecosistemas. Maximización de ganancias a costa de destrucción. No se trata de competir, eso es un pretexto, sino de aumentar el beneficio.

El consumo responsable es NO PARTICIPAR EN ESE JUEGO. No hagas la vista gorda, al comprar esos productos estás perpetuando el modelo que tanto denunciamos, el que nos está acercando sin tregua ni pausa a la pobreza. La estructura laboral internacional nos afecta de lleno, los salarios también se globalizan. Tenemos que saber que nuestras compras tienen unas consecuencias. Si nos sentamos a esperar a que las cosas cambien no lo harán, cuanto mejor le vaya a los explotadores peor nos irá a nosotros, esto es un axioma. En los talleres deben contratarse trabajadores con condiciones de trabajo dignas, al menos. Las empresas españolas que ahora se van buscando esclavos en países del tercer mundo no tardarán en regresar cuando aquí nos matemos por unas migas, cuando estemos anímicamente asiatizados, resignados, vencidos, cuando lo único que nos importe sea comer para subsistir estaremos dispuestos a trabajar en cuclillas 16 horas por un cuenco de arroz sin decir ni mu a nuestros amos. Entonces aprovecharán la mansedumbre para cercenar los pocos derechos laborales que ya nos queden, como en Bangladesh. Hay que hacer introspección sobre nuestro modo de vida y de consumo, ser conscientes de que nuestras decisiones afectan a las condiciones de trabajo de miles de personas, que para los empresarios ser competitivos implica reducir derechos. Hay que aprender a ver lo que hay detrás de los escaparates.

No, conmigo que no cuenten hasta que vuelvan a ganarse mi confianza, no es algo definitivo, les daré una oportunidad. Pero no me valdrá con lo que digan, sino con lo que hagan. Tendré que elegir entre tener las camisetas justas, aunque más caras, o disponer de un montón de ellas, innecesarias. No quiero financiar los ladrillos de nuestro macabro bloque. Basta ya de “solo” indignarse, de “es tas són nues tras ar mas”, porque son más de las que creemos y de destrucción masiva. Nuestra voluntad. Soy consciente de que el empobrecimiento progresivo es un círculo vicioso, nos va restando alternativas solidarias, la prioridad somos nosotros mismos, los cada vez más escasos ingresos te conducen  a caer en lo más barato, alimentando la secuencia. Somos cientos de millones de consumidores, cientos de millones de culpables, la buena noticia es que la redención es sencilla. El único que está exento de lucha es el pobre de solemnidad, cada vez más común, el que ya no puede comprar, el que no puede influir. Pero, lo que nunca se debe hacer, es NADA.

Si algún modelo podía exportar Europa era justamente eso, respeto, dignidad, conquistas sociales, derechos humanos. Ahora, junto a los EEUU, somos los principales colaboradores necesarios en desastres como este de Bangladesh.

“El mundo cambia con tu ejemplo, no con tu opinión” (Paulo Coelho)

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12 comentarios en “Ya es primavera en Bangladesh

  1. Pingback: Una lanza (de plástico) por Amancio Ortega – Icástico

  2. lobo

    Parece muy sencillo hablar de consumo responsable, pero el problema es a escala global. De nada sirve decir que “es malo comprar en Zara”, cuando estás escribiendo estas líneas desde un ordenador fabricado con Coltán, hecho por chinos con condiciones laborales nefastas, etc…

    Eso de comercio responsable es una medida paliativa de un problema del sistema económico en sí, y tal vez de la especie humana : la codicia, y quien sea inocente que tire la primera piedra.

    1. Lobo, tienes toda la razón, pero me reitero en lo dicho: en la medida de mis posibilidades “conscientes” evitaré cooperar con ese sistema. La mayoría de las compras ya las hago en mi pueblo, en productos de aquí, fabricados o producidos aquí, ahora bien, la matería prima puede venir de China, no lo niego, aunque también intento controlar eso. Acabo de tapizar unas butacas que me costaron más que unas nuevas, pero tienen 30 años, están hechas por un carpintero y he colaborado con una tapicería que lleva muchos años en el oficio y las están pasando canutas, el resultado fue espectacular, no he visto unas iguales en ninguna mueblería, y durarán otros 20 años. Reutilización. Gracias por tu aportación.

      1. lobo

        Entiendo tu punto de vista, pero, y si ese esfuerzo no fuese suficiente? Al fin y al cabo, tu dinero está en un banco (que se usa para financiar ese tipo de compañías), el tipo de tu pueblo luego se gasta su dinero donde le da la gana, y al fin y al cabo, aunque tú gastes tu dinero en sitios que tú creas que son inócuos para terceras personas, va a acabar alimentando el sistema en sí.
        Ya sé que es fácil símplemente resaltar la parte negativa de cada iniciativa, pero tal vez esa sea la vía fácil, y la vía que de verdad sería una solución cueste mucho, mucho más esfuerzo y no la queramos adoptar, símplemente por incómoda.

        Al fín y al cabo, si lo piensas en perspectiva, es lo mismo comprar en el corte inglés que robar a una vieja a punta de navaja, aunque suene radical, ambas acciones están basadas en nuestro poder de decisión.

        Un saludo!!

  3. Isa

    Gran parte de lo que relatas se vive a diario en mi país (Argentina). Sólo puedo decirte que la frase de Coelho es la que sintetiza completamente mi opinión. Muchas gracias, Tucho. Excelente aporte.

  4. Nacho

    Tienes razón. Al final estamos diciendo lo mismo. Intentaremos en la medida de las posibilidades no cooperar, pero es harto difícil para aquellos que tienen un salario de 700 u 8oo € Un abrazo.

    1. Gracias por la difusión, Mariaje. Me preocupa lo del enlace a FB, lo único que hice a mayores (voy experimentando poco a poco) en poner un enlace permanente a este post, pero no sé exactamente en qué consiste y en qué repercute. Tampoco sé cómo quitarlo, en eso estoy, porque es la única diferencia con otros post en los que no has tenido problemas.

  5. Nacho

    Hola Antonio; bien es verdad que como consumidores tenemos más poder del que pensamos; aunque no demasiado.Dicho esto, creo que tampoco debemos caer en la trampa de pensar que todos nosotros somos responsables indirectos de esta situaciones de explotación. Me explico: quien tiene que prohibir las importaciones de productos fabricados en condiciones de esclavitud son los responsables políticos del llamado “primer mundo” . Los consumidores podemos presionar un poco echando en cara a esos grandes almacenes y tiendas que la pantomima esa de “empresa de responsabilidad social” no es más que algo que está de moda, puro marketing, y también cuidar bien a la hora de votar a quien lo hacemos. Muchos consumidores -los que aún pueden/podemos – estarían/estaríamos dispuestos a pagar un poco más por prendas fabricadas en condiciones y con salarios dignos, pero como esas multinacionales y grandes marcas (El Corte, Mango, Zara, H&M, etc) y con sus herramientas que son los gobiernos están llevando a esos trabajadores “del primer mundo” a la situación social y laboral del “tercer mundo”, hay muchos, muchísimos, diría yo, que al haber visto reducidos sus salarios a 800 €/mes, o menos, o al haber perdido su trabajo, subsidios, etc, no les queda más remedio que comprar esos productos baratos (fabricados en condiciones inhumanas), sin plantearse nada más. Bastante tienen con ver como llegan a fin de mes. ¿Como sabemos que cuando pagamos 18 o 20 € por una camisa/eta, ésta se han fabricado en condiciones dignas?. Todas las empresas nos engañan, compran a precio miserable, venden a precio europeo y en medio su margen de beneficio aumenta. Muchos tratamos de comprar lo mínimo posible en “los chinos”, pero cuando vas a una papelería, a una mercería e incluso a El Corte Inglés, te das cuenta que lo que compras está igualmente fabricado en China, en las mismas malas condiciones. ¿Qué hacemos pues? . Poco más podemos hacer que exponer la mala opinión que tenemos de esas grandes empresas, criticar, comprarles lo imprescindible haciéndoles saber el porqué, etc. No es por ser pesimista, pero todo esto que estamos viviendo en el sur de Europa, es la “orientalización de las condiciones laborales”, y me parece que nos va a ser difícil sacar más fuerzas que las necesarias para intentar defendernos a nosotros mismos. Miremos a nuestro alrededor, como están muchos de nuestros familiares y amigos, incluso desde hace bastante tiempo , y no se que más podemos hacer entre todos para, no sólo evitar que nos esclavicen a nosotros , sino que no lo hagan con los ciudadanos de esos países. La cosa está realmente chunga.
    Un abrazo,
    Nacho

    1. Nacho, gracias por la extensión, creo que vienes a parar a mi post, puntualizándolo más. Tu mismo reconoces que tenemos más poder del que pensamos, habrá que aprender a dirigirlo. Está claro que, como dices, no todos somos responsables indirectos, pero los que sean lo son indirectos, no directos. Por otro lado, los países del “primer mundo” no pueden prohibir la importación de algo que es legal en el país en el que se fabrica, y ahí voy yo. De la misma manera que hay un marcado CEE para cualquier equipo de trabajo, que garantiza que es un equipo seguro, debería haber otro marcado que me de información sobre las condiciones del trabajador en Bangladesh, por ejemplo, que sean dignas. Así como la legislación alimentaria te informa de casi todo, las etiquetas textiles te dicen el país en el que ha sido fabricado un artículo. Cuando nos dicen que somos alérgicos al gluten, por decir algo, bien que nos esforzamos en encontrar productos que no lo tengan. En definitiva quiero decir que no hay grandes cambios sin sacrificios, si no estamos dispuestos a renunciar a la comodidad, pues nada, ya sé que no es tu caso.
      Como dices, también, estamos viendo la “orientalización de las condiciones laborales” y, sin embargo, venga a comprar productos de allí, es un círculo pernicioso. Yo ya sé que es casi imposible eludir todo lo chino, ropa, aparatos, congelados y hasta la tortillería del barrio o un mesón extremeño que se llama la bellota de oro, hay que joderse. Simplemente, en la medida de mis posibilidades, prefiero no cooperar.

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