Historias de garaje (I)

Nunca supe lo que era una paga o propina en mis años de mozalbete, nunca me la dio mi padre, no existía asignación oficial, como mucho lo necesario para hacer frente a un gasto evidente que una salida con amigos conllevaba, como tomar el autobús, cosas justificadas y lógicas, nada de cubatas – de fumar ya ni hablamos – eso sería dilapidar el sudor de mi progenitor. No había forma de discutir ese punto con él, por decir algo, la discusión consistía en un monólogo que nos imponía y que convenía acatar. Detestaba perder cualquier partida, y la autoridad no lo era. Decía que resultaba muy fácil extender la mano para recibir unas pesetas sin saber lo que costaba ganarlas. Y ocho hijos eran muchos hijos. Por aquella época se hacían a golpe de instinto, de calentones, como respuesta impulsiva e inconsciente a la llamada de la madre naturaleza en su estado más primitivo, y que tenía su epicentro en genitalia central, allá por el bajo vientre y su área de influencia, muy lejos de la materia gris que a buen seguro aconsejaba otro tipo de actuación más acorde con la prudencia y la sensatez, pero ya se sabe que las acometidas de la sangre tienen tan difícil contención como sencillo remedio, muchas veces solitario. Eran los estertores del franquismo, que desapareció con prolongada agonía para todos, por distintos motivos, conectado el caudillo a infinidad de máquinas, enganchada la población al “parte médico habitual” facilitado por el yerno del dictador, el marqués de Villaverde, padre de la Carmen Martínez Bordiú, la del papel couché, la nietísima. Ahora la dictadura es de la prima riesgo, ese enemigo invisible del que puedes formar parte tú mismo, un familiar o el amigo más cercano, una entelequia inhumana que nos tiene embobados vía parte médico de la bolsa, del parqué – mirusté – ese lugar en el que se mide el índice del miedo y nuestro grado de gilipollez.

No estaba muy extendido el uso de la píldora – anticonceptiva – para trajinar a caño libre, disfrazada como reguladora del periodo y a la que solo accedían las mujeres con la preceptiva receta médica, no tan fácil de conseguir. Otra alternativa eran los condones, pero en las farmacias de entonces, al escuchar ese palabro, te ponían un careto bigotudo ultra católico que diluía cualquier libido por muy subidita que estuviera. Eso en el mejor de los casos, que en el peor podía salir por aquella boquita un “aquí no vendemos ESO” fulminante. Y por muy erudito que fuera el lenguaje utilizado estabas igualmente jodido – mejor dicho no jodido –, pues la cultura de nada valía para echar un polvete con la garantía del boticario; profilácticos, preservativos o, desdramatizando, gomas, calcetines o gorro, los primeros huérfanos de la fonética adecuada, ¡por dios!, y con escaso glamour los segundos. No había forma de vestir la coyuntura con algo de elegancia. Lo elegante era esperar a que el último cliente se fuera para entrar, y rezar para que el siguiente llegase con retraso. Cuánta gente no habrá salido de esos lugares con la enésima caja de aspirinas, o similar, en el momento de la verdad, podría tener una farmacia paralela en casa, pero sin los puñeteros condones. Ya puestos también los podría haber recetado el médico, como la píldora: “o folla o revienta, dispénsele una caja de 6 unidades”, y listo, coño. La suerte de mi padre en este asunto era su amistad con el farmacéutico del barrio, aquel este sí que tenía bigote negro y fino que parecía la raya de un quebrado, siendo el cerebro el numerador y el mentón el denominador. El boticario le dispensaba protección evitándole los públicos rubores. Claro que si la fogosidad no desaparecía tampoco procedía tener al tanto de la contabilidad copuladora al proveedor, delatada vía pedidos a discreción, por mucha amistad que hubiera, así que cuando el pudor achuchaba, y los ardores persistían, se acababan jugando los hijos a la ruleta, digo, que era, así lo tengo para mí, el eufemismo por el que se conocía al socorrido método Ogino, que tantos criaturas trajo al mundo para disgusto de sus temerosos seguidores, eso si se le tenía en cuenta, que bien pudiera la urgencia no esperar por ningún “amigo”. Así son mis recuerdos al respecto.

Andaba yo por los 17, 18 y 19 años, hablamos de 1973, 74, 75. Ya no procedía asediar el macizo monedero de mi madre, preñado a reventar de calderilla, con representación de todas las monedas al uso. Ahora estoy convencido de que ella lo alimentaba aposta, convirtiéndolo en nuestra caja de ahorros para las débiles necesidades del momento, consciente como era de la postura paterna, aunque sería más apropiado hablar de “su” caja de ahorros. Le chuleaba las pelas. Sospechaba el menda que a medida que mis hermanos crecieran y se encontraran en la misma tesitura terminarían descubriendo “mi sucursal” bancaria y entre todos la acabaríamos nacionalizando, procediendo ellos de idéntico modo al mío, incluyendo la callada por respuesta, y la situación empezaría a resultar muy evidente. De hecho creo recordar que en los últimos asaltos la cartera presentaba ya cierta palidez y una silueta mucho más estilizada, y la culpa comenzó a atenazarme. También la pena. Y eso que era comedido en el pillaje, retiraba un surtido variado para no dar el cante: “patacos” – perra gorda – dos reales – con esta moneda de 50 céntimos, media peseta, se hacían cinturones horterísimos – pesetas y algún duro, que eran palabras mayores, cuando se trataba de duros reflexionaba un rato antes de meterlo en el bolsillo.

Con este panorama, y tras las reiteradas negativas de mi padre, decidí currarme la asignación semanal y me puse a buscar un empleo para “entretenerme” en los períodos vacacionales de mis estudios. Uno más regular, porque ya venía apuntándome a todo lo que me enteraba, como descargar, por ejemplo, cajas de 25 kilos de merluza congelada cuando había barcos. Era un numerito, allí iba uno, a competir con un montón de hombretones de todas las edades y posiblemente con necesidades más trascendentales que las mías. Sacaba pecho ante el “listero”, saltaba e intentaba destacar, ¡yo yo, aquí aquí!, hasta que me incluían en el grupo, que no era siempre. Luego tenías que demostrar que merecías ser reclutado en más ocasiones, y convivir con una gente dura, lista, pícara, que dosificaban su esfuerzo aparentando que curraban de lo lindo, pero, en realidad, luchaban por el sustento en dos frentes, el de ganarse el sueldo ese día y el de llevarse una merluza congelada a casa, que daba para mucho. Tiraban la caja contra el suelo y se partía esparciendo su contenido por la bodega del barco para, con rapidez, recogerlas y meterlas entre sus ropajes antes de que algún encargado te viera; si esto sucedía se acabó todo. En alguna ocasión pagaban tu silencio proporcionándote una y convirtiéndote en cómplice, no había mucho que reflexionar, si no aceptabas tendrías problemas en un futuro. Esto también lo tenía que explicar en casa para justificar la posesión de ese excelente botín, que daba para unas cuantas comidas.

Un día leí en el Faro de Vigo una oferta puesta por un céntrico y conocido garaje, ubicado en la céntrica Plaza de Compostela de Vigo:  “se necesita mozo”, rezaba. Allí me presenté:

  • Buenos días, vengo por el anuncio que solicita un mozo para garaje.
  • ¿Qué anuncio?, responde mi interlocutor.
  • Este (le enseño el recorte).
  • Ah, no es aquí, este es el garaje Compostela, el Alameda está en esta misma acera, ¿ves la cafetería de ahí (Cafetería Alameda), pues a veinte metros baja un callejón que da al garaje.
  • Muchas gracias, muy atento.

 Nada más poner rumbo hacia allí, escucho una voz a mi espalda:

  •  ¡Chavaaal!
  • ¿Si? —respondo, girándome hacia atrás.
  • En caso de que la plaza ya esté ocupada ven por aquí.
  • Gracias, así lo haré.

Y el puesto, en efecto, había sido ocupado. A los cinco minutos estaba de vuelta, con Mario – la segunda oportunidad –, encargado del garaje Compostela. Nos presentamos y dio comienzo una estupenda relación personal –y laboral– que me llevó a invitarlo a mi boda, en 1977. Yo era un “pimpín” y él un tipo curtido, responsable de un negocio. Desarrollaba muchas más funciones de las que imaginaba, algunas las fui descubriendo con el tiempo. Otras no. En la actualidad no existe ninguno de los dos garajes, Mario falleció hace muchos años, un duro palo cuando me enteré porque fue una persona muy querida y apreciada. Me explicó con detalle en qué consistirían mis labores, acepté y me hizo un contrato de trabajo temporal, para la época estival, dándome de alta en la Seguridad Social, siendo, a la sazón, el primer contrato de mi vida laboral. Por aquel entonces estudiaba en el colegio Montecastelo. Un colegio del Opus, de ese Opus de la década de los setenta, no sé cómo es ahora, pero aunque sea igual no dejaría de ser tremendo. Venía de los Jesuitas, en donde dejé amigos y recuerdos de la adolescencia, los pocos que conservo se remontan a aquella etapa, aunque alguno hubo de la posterior.

Mi padre quería pedigrí para su camada y metió a los cinco varones en el Montecastelo y a tres hembras en las Acacias, otro del Opus, versión femenina. Este viajante, auténtico jornalero de la carretera, estaba convencido de que el apellido Guillán era de la alta alcurnia, prosapia, abolengo y cantidad de otros ilustres rangos, y así nos aporreaba sin descanso con el fin de que acabáramos sabiendo de nuestra importancia y lugar en la sociedad. La verdad es que nunca percibí privilegios ni ventajas por ostentar tan oculta distinción. Años más tarde, una ex cuñada aficionada a la heráldica y poseedora de la paciencia que exige este hobby descubrió sangre gitana en nuestras venas y la lio parda con mi familia paterna, eso sí, parece ser que está muy diluida, porque la “contrajimos” allá por 1700 o 1800, ¡lo que me reí! Pero como veo que me extiendo en demasía, dejaré para más adelante – pronto – otros capítulos.

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11 comentarios en “Historias de garaje (I)

  1. Recuerdo aquellos días en los que ir a que te dieran la mencionada paga era todo un calvario. Le decías al viejo (padre)
    – Dame dinero para ir al cine
    y lo menos que podía recibir era un.
    – Pa mi lo quisiera yo.
    o un.
    – Pídeselo a tu madre que yo no tengo.
    Aquello de pídeselo a tu madre y un date por vencido que te vas sin un duro (y nunca mejor dicho) era todo uno.
    Y mira que en aquellos días con 25 ptas lo que viene siendo 15ctmos al cambio tenias para la entrada del cine, las palomitas, regaliz y aún te sobraba para echar un petaco en el recreativo 5 ptas.
    Que tiempos más duros, pero mejores en muchos sentidos a estos. 😉

    1. ¡Qué recuerdos, tocayo! Ya lo creo, aquellos tiempos tenían sus cosas buenas y sus cosas malas pero las primeras compensaban las segundas, a mi modo de ver y quizá desde una óptica inmadura, a la sazón. Hoy, cuando quiero entender el atraco que supuso el euro, “traduzco” a pesetas de cuando en vez…un kilo de tomates 500 pesetas!!!, la ostia, antes ibas con un billete de quinientas y no te lo cambiaba nadie (3 euros, jajaja). Un abrazo

  2. Pingback: Emboscadas #2: Antonio Guillán | deconstrucción

  3. Gracias, Isa, para variar 😉 Te garantizo la continuación.
    Nacho, verás más atisbos de reproche, mi padre da para mucho, sacarás tus conclusiones. Gracias por los elogios, yo estaría encantado de dar el salto que propones, y los brincos que hagan falta para celebrarlo, pero aparte de inimaginable tengo miedo a no encontrar brazos pendientes de recogerme, y mi cuerpo ya no está para un leñazo. Aprovechando que Mariaje se te presentó (gracias, Reina) aprovecho yo para recomendarte muy encarecidamente su blog, clica en su nombre y descúbrela.

  4. Nacho

    Con cada escrito que haces, me sorprendes más y me doy cuenta de lo poco que sabemos los de los otros, aunque nos apreciemos. Me ha parecido un escrito lleno de sensibilidad, nostalgia y algún atisbo de reproche – con cariño – paternal, que a buen seguro tiene sus motivos. Ya he descubierto de donde te viene esa vena “religiosa” …….. el paso por un colegio del opus no debe dejar indemne a mucha gente. Lo que más me ha gustado ha sido conocer esa faceta de tu niñez, que en algunos aspectos todos los de nuestra quinta vivmos de manera similar (el trabajo, especialmente). Si sigues escribiendo así, deberías plantearte el ir dando el salto a algún medio de información potente. Lo haces de p…… madre.

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