Historias de garaje (II)

De pronto entré en un submundo desconocido,  un garaje, ubicado en las tripas de la más céntrica y conocida plaza de Vigo, ocupada en su totalidad por una alameda. Entré en un reino de taifas. Reyezuelos que me escrutaban con curiosidad, desconocedores de mis futuras discusiones sobre sus triquiñuelas de supervivencia laboral –jeta o morro, en muchos casos– esas que hacen más llevadero el trabajo sin perder credibilidad a los ojos de quien paga, por mucho que éste sepa bien de qué pie cojea cada cual por ser otro perro viejo. Yo cojeaba del derecho, aun no me había repuesto de un accidente laboral – desconozco si por aquel entonces se llamaban así – provocado por la caída de una caja de merluza rosada congelada. Todo su vértice o esquina impactó sobre el dedo gordo, concretamente. La consecuencia más visible fue la pérdida de la uña. Eran los riesgos de trabajar en la bodega de un congelador, a veinte grados bajo cero, sobre una superficie resbaladiza, por eso, entre otros motivos, decidí ganarme los duros en una actividad diferente.

El garaje pasó a ser mi ocupación laboral en los períodos vacacionales desde el año 1973 hasta 1977, mi último verano allí. En ese octubre me casé y me trasladé a Cáceres – en cuya facultad de Derecho comenzaba la carrera mi ex –dando comienzo otra curiosa etapa que no renuncio a rescatar para este blog, llegado el momento. El trabajo era siempre el mismo, guardería de coches y lavados, ocasionalmente otras labores, como el famoso “petroleado del motor”, cuestionado por muchos entendidos en la materia. Había varios turnos, el partido, de 09:00 a 13:00 y de 15:00 a 19:00. En este la tarea principal era lavar coches, a mano, y mantener el garaje en orden, tarea compleja a veces puesto que también ofrecía servicio de parking y había días en que se atascaba por ser una zona muy céntrica, con despachos y oficinas de diferentes actividades a la que acudían sus clientes, dejando allí el vehículo por el tiempo necesario para sus gestiones. Había que aligerar el atasco para proceder a la actividad de lavado. Era frecuente que el cliente que dejaba el coche aprovechase para lavarlo (de este modo solo se cobraba el lavado, no la estancia, lo que uno aprende entonces). Había pícaros que optimizaba el tema, llegaban a las 09:00, decían “para lavar”, y pasaban a recogerlo a las 15:00. Cuando se acumulaban los listos estabas jodido. Esto no ha cambiado con el tiempo.

Otro turno, el cojonudo, era el intensivo. De 07:00 a 15:00. Relevabas al que estaba de noche. Era importante la puntualidad por respeto y solidaridad. Desde el amanecer hasta el relevo el tiempo se vuelve reumático. Ver aparecer por la puerta a tu sustituto siempre era motivo de alegría. Daba para cambiar impresiones sobre lo que fuera, relativo o no al ámbito laboral. Era un gustazo indescriptible salir de ese zulo con olor a ruedas, grasa, gasolina y humedad para entrar en una cafetería y desayunarte un café con leche y churros calentitos, duros, crujientes. Intensidad pura. Por el contrario, el que llegaba tarde – que siempre era el mismo, otra cosa que el tiempo no ha cambiado – te amargaba el nacimiento de cualquier día por hermoso que lo imaginaras antes de su llegada. Es increíble la cantidad de cosas que le suceden a estos tipos para justificar sus continuas demoras, y lo peor es tener que escuchar excusas, envueltas en el inconfundible aroma de la mentira. Digo que era el mejor turno porque de una a tres del mediodía quedabas solo y cobrabas los servicios de lavado, quedándote con la propina, con independencia de quien hubiese lavado el coche. Era la norma. Al acabar estos turnos intensivos tenías que hacer caja con el encargado y ponerlo al día de las incidencias si las hubiera, incluidos los cotilleos, que en muchas ocasiones daban para unas risas. Otro turno era de tres de la tarde a diez de la noche y, finalmente, de “sereno”, de diez a las siete de la mañana. Este también me gustaba, era muy tranquilo, aunque te mantenía algo en vilo porque las puertas no se cerraban y en alguna ocasión recibías alguna visita inoportuna que no acertaba a justificar qué quería y por qué entraba, a esas intempestivas horas, en un local con el que nada tenía que ver. A veces se desarrollaba una charla. Se accedía desde la calle por un callejón que bajaba hasta el garaje, unos 40 metros. Desde la garita – oficina – no tenías una visión completa del acceso y esto obligaba a estar muy pendiente. En los últimos años la empresa decidió cerrar el portal desde las doce de la noche hasta el relevo debido a sucesos ocurridos en otros locales de servicio nocturno: gasolineras y establecimientos similares al nuestro. El que quisiera acceder debería llamar al timbre. Esto posibilitó que pudieras echar una cabezada, pero, ¡qué pronto nos acostumbramos a lo bueno!, cuando eso ocurría liberabas un exabrupto dirigido al dueño del dedo porque el timbrazo era descomunal, te sacaba traumáticamente del duermevela, y hasta que no resucitabas no sabías si eras un bombero de guardia a punto de acometer un pavoroso incendio o una llamada a evacuar el local con urgencia, tal sonoridad tenía aquel odioso timbre. Esto solía ocurrir los fines de semana y en verano. Normal, la gente salía por ahí, normalmente los jóvenes, algunos a tumba abierta, y llegaban cuando hubieran tramitado la noche. Unos iban derechos a su plaza y a otros te ofrecías aparcar su vehículo y esto daba lugar, ocasionalmente, para interesantes charlas con clientes que se interesaban por mi vida y circunstancias, porque, en algunos casos, eran compañeros de estudio del colegio.

Si, cuando se comenzó a cerrar de noche fue otra historia. Repasabas tu vida, leías, estudiabas, pensabas, dabas vueltas por el garaje, hacías alguna tarea que podías dejar pendiente para esas horas. O una misión que te encomendara Mario. El recuerdo de una de estas, en especial, me persiguió muchos años y me viene a la cabeza de vez en cuando. A las instalaciones accedían con facilidad gatos callejeros que buscando su confort se introducían en los coches, a modo de hotel; era frecuente, las ventanillas solían quedar abiertas. Dejaban pelos, marcaban el territorio y hasta, en un curioso caso, convertían los automóviles en provisionales hospitales para su camada. En una ocasión, ante la reclamación de uno de los clientes fijos, el encargado me ofreció una gratificación por cada gato que eliminara. Me quedó mal cuerpo pero acabé haciéndome con una escopeta de balines, de esas de barraca de tiro de feria, utilizadas para romper la cinta de papel de la que colgaba el premio que habías elegido obtener, normalmente para fardar delante de los amigotes o de la chica a la que querías apabullar. Otra modalidad era la de la foto; si acertabas a darle a un diminuto botón frente a ti se accionaba el disparador de una cámara, con flash incluido, y ahí salías tu, todo ufano, si conseguías haber mantenido un careto de triunfador, porque en alguna foto sacabas uno bárbaro, con toda la pinta de estar gestionando una ventosidad urgente, o conteniendo un apretón. Si tenías poca puntería y mucho orgullo, o estaba trucada la carabina, normal, dejabas una pasta en balines y podías enterrar la imagen de héroe de feria que pretendías trasmitir, cuidao. Era típico que una barraca exhibiera fotos de famosos conseguidas en ellas, de cantantes, toreros y personajes conocidos de la época, como reclamo, “si lo hizo el cordobés a ver porque no lo voy a hacer yo”, te decías.

Me llevó unos días estudiar los hábitos del felino. Doy con uno de ellos, le apunto y ¡zas!, pega un brinco. Le pierdo la pista. Con cierto temor (el garage y su toque a mazmorra ayuda), celoso y cuidado, rebusco en posibles escondites, miedo ante la presumible reacción furiosa de un animal herido, pendiente de un repentino salto. Nada. Bueno, muchos remordimientos y un arrepentimiento enorme por lo que había hecho. Un par de noches después, acurrucado yo en una desvencijada butaca utilizada también para la siesta nocturna, me encuentro de frente con sus ojos fijos clavados en los míos, uno de ellos, herido. Me cagué de miedo en la penumbra de aquel lóbrego confinamiento. Desde el techo acristalado de la garita divisaba las escaleras que accedían a la planta superior desde la inferior, a pie mismo de la oficina. En uno de sus peldaños descansaba el gato, vientre a tierra, con sus patas delanteras cruzadas bajo su pecho, manteniendo mi mirada, desde arriba. Y el miedo me tuvo en jaque en mis turnos de noche durante una temporada, aunque no volví a verlo porque se acababan las vacaciones y regresaba a mis estudios.

La posición de la cabina también permitía ver las piernas de las clientas desde una interesante perspectiva, desconozco si ellas eran conocedoras de esta circunstancia, lo dudo porque no se apreciaban muestras de recato, tampoco de descaro por nuestra parte, coincidía y coincidía, todo muy natural, aunque algunos, entre ellos Mario, tenían controladas a unas cuantas. Cuando una nueva clienta, despampanante, llegaba para aparcar en la planta superior, acudía raudo al observatorio y nos reíamos a rabiar, sabíamos por qué. Imperaba la minifalda.

Si el cliente recogía el vehículo en horario de quien lo había lavado era este quien recibía la propina, si la había. Podía ser el cliente quien directamente se la diera al trabajador o dejársela a Mario o a quien le cobrara y este se la daba a su destinatario; “Antonio, toma, del Seat 127 amarillo”, y listo. Pero, aparte del sueldo, había una prima de productividad, cuantos más coches lavaras, mejor. Los albaranes eran verdes y en ellos se anotaba la matrícula del coche, marca, modelo, hora de llegada y servicio realizado (guardería, lavado, petroleado, etc). En la esquina superior izquierda había tres cuadrados iguales, alineados, con precortes para poder extraerlos mejor. A, B y C. El A correspondía a coches pequeños, tipo Seat 600 o Seat 127, el B a medianos, Seat 124 o 1430, y el C grandes, como el Dodge Dart (el de Carrero Blanco). Un ticket A dejaba 19 pesetas, el B, 24 y el C, 25. Juntabas todos los comprobantes y a final de mes te los pagaban, en verano podía suponer unas 6.000 pesetas, más o menos. En mis comienzos me negué a cobrar propinas, no estaba acostumbrado, no las digería bien. Los compañeros lo veían extraño, pero como se quedaban con ellas no discutían mi decisión. Su comportamiento me obligó a cambiar de actitud. Lo cuento en la siguiente entrega, observo que con este ejercicio van aflorando los recuerdos. Me gusta.

6 comentarios en “Historias de garaje (II)

  1. A mí tambien me gusta el ejercicio.
    He visto la caja estrellarse contra tu pie helado, a tí jurando en arameo; y me ha dado gustito salir del turno de noche directa a la cafetería, a través de tus líneas. Incluso he oído perfectamente el timbre intempestivo y como sufrías la sacudida de las theta interruptus.

    Te leo con agrado.

  2. He leído libros afamados y loados de muchísimo menopr interés y indudable menor estilo.
    Ahora recuerdo que de chico odiaba las series en las que los capítulos terminaban en el siguiente….

    1. Jajaj, si, yo he visto muy pocas series por ese motivo. Tienes razón, imaginaba algo así, por dejar tanto tiempo entre un relato y otro, pero te doy mi palabra de que el siguiente va de inmediato y remata el episodio del garaje, aunque te aseguro que podría alargarlo sin problema. Ocurre que temo lanzar artículos muy extensos, que se puedan hacer pesados y, por otro lado, tengo episodios como para escribir un libro, pero mal organizados en mi mente, difusos, y al escribir renacen con fuerza. Pero un seguidor como tu no me lo quiero cargar ni de coña, y menos por recordarle un “pequeño trauma” infantil, ya no terminarán mis capítulos como dices. Jajaj!

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