Historias de garaje (y III)

El personal se peleaba por el cliente maniático, ese que tiene el coche más limpio que su calzoncillo aun en tiempos de testosterona hiperactiva. Un coche así lo limpias en un periquete – antes incluso que los sufridos gayumbos – un manguerazo integral, una pasada con esponja y jabón, otro chorro y a secar, lo ideal era dejarlo escurrir algo y a continuación emplear la gamuza para alcanzar algún pequeño espacio que hubiese escapado al avance de la esponja. Aspirar, acabar con salpicaderos, molduras y cristales. Niquelao. Alguno venía tan inmaculado que te ahorrabas el aspirado, que era un coñazo, aunque lo cobrabas igual. Normalmente eran vehículos nuevos que durante un tiempo gozaban del amor de sus dueños, dejando a un lado los casos de manía crónica y fidelidad a las cosas, que los había.

En el otro extremo estaba el cliente que cubre la horquilla abandonado – guarro, vamos a llamarlo así, ese que le da más importancia a las personas que a las cosas, para el que su vehículo es un objeto de transporte y no de esclavitud, con un coche ya amortizado, descolorido, mate, en el que se agarra el polvo, la grasa y la suciedad con el ahínco propio de la porquería, algunos venían con la leyenda “lávame, puerco” escrita sobre la chapa o una luna con el dedo del gamberro de turno, y que acababa por convertirse en una orden. Los cristales marcados de vahos, humo de tabaco, manos, dibujos infantiles, cagadas resecas de todos los tamaños procedentes de la fauna volátil – gaviotazos – y estratos de los múltiples cambios de tiempo. Las alfombras de un centímetro de espesor que cubrían el dedo hasta la primera falange, con polvo, grava, tierra, arena, papeles, chicles y otros agentes invasores. Los neumáticos, discos y guardabarros con pegotes y estalactitas formadas por cacas de perro, gatos, vacas, fango de territorios explorados, de charcos violados. Casi un tatuaje. Eran más propios de un estudio antropológico que de un lavado. El CSI ese de Miami podía hacer un capítulo con él. Cuando lo lavabas tenías la sensación de estar acabando con una vida, o destruyendo un montón de pruebas, todo mientras te cagabas en ese perfil de cliente. Un coche así te comía una hora, como mínimo, había que lavarlo dos veces, utilizar desengrasantes, estropajos, y, lo peor, sus dueños eran los más proclives a la protesta porque una mácula en el faro había sobrevivido a la purificación, tenías que morderte la lengua. Ojo que había el típico cliente que después del lavado te decía “este no puede ser mi coche, parece nuevo”, y eso reconfortaba lo suyo.

Mario, el encargado, repartía los coches de forma ecuánime, eso procuraba, pero no siempre estaba presente y cuando faltaba la “autoritas” se imponía la veteranía, o la jeta, hasta la fuerza, incluso, que amenazas de hostias no faltaban, sobre todo por parte de un tal Manolo. Yo, como trabajador eventual y estudiante, era objeto de vacile, no disponía de galones, aunque intentaba ejercer la razón en un ambiente embrutecido, con escasos resultados, y me caían los coches mierda, hasta que me cansé. Mis compañeros acaparaban automóviles limpios y los situaban en su demarcación, para que no lo pillaran otros, y te daban un grito si te acercabas: “¡neeenoo, ese coche es mío, no me jodas”. Eran padres de familia, su trabajo estaba allí, fijos en plantilla. Había uno, gordo gordo, redondo, calvo, de unos 50 años, un tipo excelente, sano, divertido, risueño, optimista, que era de Arbo, una aldea conocida por su exquisita lamprea y sus buenos vinos, cosas ambas que he catado “in situ” con fruición – por eso quizás su volumen – que vivía en una pensión en Vigo e iba a su tierra los fines de semana porque no le ponían guardias. Y por eso tragaba, me consideraba un privilegiado, mi casa estaba a diez minutos andando, en la calle Canceleiro. Acabada la eventualidad regresaría a mi vida de estudiante y eso me daba una visión diferente, me daba seguridad, y algunas protestas que llevé a cabo entonces sé que en muchos momentos de mi vida no las hubiese iniciado, y no digo ya en la actualidad.

En una ocasión uno de los varios dueños del negocio, que también llevaban el consulado de Portugal, hermanos todos, pertenecientes a una conocidísima familia de Vigo y con su aportación a la propia historia de esta ciudad, entró a por su coche – muchos de la familia y descendientes lo guardaban allí – y al no verme – estaba solo de guardia – comenzó a silbar, pero a silbar con pitidos entrecortados y muy repetidos, como un fuelle que aviva las llamas de un incipiente fuego, lo hacía bien. Me buscaba, yo le oía y le veía – el local era grande – pero hacía caso omiso, pasaba. Me ubiqué en su campo visual, para darle facilidades, y continuó silbando. Cuando estuvo cerca me dijo: ¡eh, oiga!, ¿no ve que le estoy llamando? Le respondí, “no, usted está llamando a un perro y yo no lo soy, no estoy acostumbrado a acudir a los silbidos, mi nombre es Antonio, pero si usted lo prefiere puede llamarme mozo o chico e igualmente le atenderé” Fui a por su coche y se lo entregué. Al día siguiente viene Mario, tal como imaginaba, y me dice: A ver, Antonio, coño, joder ¿qué cojones le hiciste a Don salvador? Y le conté el asunto tal cual, y allí seguí, quizás me veneró por unos segundos o envidió ese atrevimiento inconsciente tan propio de aquella edad mía que a buen seguro, posiblemente, le hubiese gustado poner en práctica hacia sus propios jefes en más de un momento, don Salvador entre ellos. Pasado aquel trance de tensión, llegó un día don Salvador al garaje, de regreso de la playa, y el coche, un Citröen 2 CV verde claro, presentaba un aspecto polvoriento y le dije, coooño, poor faaavor, don Salvador, un hombre de su posición y categoría no puede ir por ahí con el coche en ese estado – realmente estaba limpio pero había acumulado polvo del ambiente playero –, tiene razón, pásele un agua, me contestó con guasa. No sé cuántos silbidos hubiese aguantado en la actualidad para retener un puesto de trabajo, a buen seguro que alguno si, aunque manteniendo vigilada la frontera de la ofensa, de la dignidad. Un silbido antes que emigrar. Más cabrones son los gobernantes a la hora de comprometer nuestro pan, con pasmosa frivolidad, el silbido ha pasado a ser pecata minuta, ahora la gente traga, sin masticar.

En el garaje habitaban, en horario laboral, una gama de personajes propia de un casting mezcla de Almodóvar y Santiago Segura, y algún diablillo existía que podría bordar el papel de uno de los personajes de El Señor de los Anillos, ese que se parece al ministro Montoro cuando pone cara de habernos jodido a todos. Era uno de los tres choferes en la nómina de la familia Barreras, atentos a sus requerimientos cuando la ocasión lo demandara. Era un elemento simple, con un traje negro y estrecha corbata a juego, del mismo color, el nudo, descentrado, parecía un coleóptero negro de excursión por su cuello, bajito, uno cincuenta y poco, calvo, piernas arqueadas, toda la carne de su cuerpo había ido a parar a un picudo vientre. Tenía gran cantidad de sangre en el torrente alcohólico, su aliento te forzaba a una cata de diferentes licores, distorsionado por el olor a tumba gástrica, ya de buena mañana. Sabía de todo y de todo opinaba, se indignaba: “nos hundimos, esto es el final”, decía por la crisis del petróleo de 1973. Era nuestro trending topic del chisme, que recaudaba por las esquinas a las que trasladaba a su jefe y en los “contactos” de su nivel que en ellas tenía. Yo me reía a morir con todo el cuadro. Los choferes echaban una mano circunstancialmente, pero se dedicaban a los coches de sus amos, lavaban, reparaban, cambiaban el aceite, hacían recados, llevaban a las “amas” e hijos al mercado y colegio, los recogían, etc., etc. También hacían guardias los fines de semana, hablaba bastante con ellos para completar mi puzzle.

Cuando me cansé de ver cómo usurpaban los coches – limpios – que me tocaban por orden de entrada me planté. Comencé a cobrar las propinas y directamente fui a por los autos que me correspondían a mi, fueran sucios o no, encarándome al tal Manolo, que veía amenazado su vasallaje y el “negocio” que le reportaba. Él decidió pasarse al insulto, “la mula Francis”, me llamó, creo que por la prominencia de mi nariz, de mis napias, apodo, por otro lado, con el que conviví mal durante los años de mocedad que tan mal soportan estas dudosas distinciones, me lo colocaron en los Jesuitas y llegaba a casa ofuscado. Mi madre le restaba importancia y se cansó de repetirme una frase atribuida a Napoleón a la hora de elegir a sus generales “Detrás de una gran nariz hay un gran hombre”, que no calmaba en exceso mis tribulaciones, no tenía pensado ir a ninguna guerra. Con el tiempo fui comprobando que, en efecto, los generales del gran Bonaparte la tenían grande, con perdón. La mula Francis fue una película o serie de televisión de los 50 que a mi me quedaba lejos, pero como se suponía que debía ofenderme aproveché para entrar al trapo: “veo que eres de los que juzgan a la gente por su apariencia física y no por su intelecto, por eso este agujero te viene hasta grande, yo, sin embargo, aún puedo elegir el mío” o “a ver si aprendes a arreglar las cosas con la razón en lugar de la fuerza, que esta se acaba” y cosas en esa línea, casi llegamos a las manos, pero acabamos siendo buenos compañeros, de verdad, y sintió mi marcha en el 77, nunca me volvió a putear. A todos estos litigios, y otros, asistía Mario, bien personalmente o porque le llegaba la onda, e intercambiábamos impresiones. Creo que a pesar de mi edad e inexperiencia le resulté de apoyo en algunas cuestiones que tenía enquistadas o mal resueltas.

Normalizada la situación comprobé cuan ingrato resulta a veces ser eficaz o eficiente. Me entregaba al trabajo, era escrupuloso, meticuloso en la tarea, ya que había que hacerla pues hacerla bien, de tal forma que heredé unos cuantos clientes puercos de coche, que no de humanidad, y que me adjudicaron su vehículo “Mario, que me lo lave Antonio, o aquel chico” decían refiriéndose a mi. En el fondo era un piropo, había que verlo así, sino te amargabas. Por eso Mario contaba conmigo año tras año en las épocas de más demanda, que coincidía con mis vacaciones. El premio por resolver marrones suele consistir en que te adjudiquen más marrones. Este celo laboral se producía en días de poco trabajo en los que te recreabas en hacer bien el poco que tenías; cuando había producción era el propio encargado el que azuzaba e inducía, en cierto modo, a abandonar el perfeccionismo.

La picaresca funcionaba, como en todo, España es una potencia en pillos, cucos y otros pajarracos. Si algún compañero estaba a punto de acabar una faena y veía entrar un coche basura, alargaba hasta el infinito la que tenía entre manos, realizaba filigranas en los cristales, en los faros, frotaba y refrotaba, iba a por más gamuzas, o a mear, a lo que fuera, hasta que comprobaba que le había caído “el gordo” a otro. Lo de las propinas era otro frente de guerra, hay una ecuación que se solía cumplir: coche de alta gama igual a cliente distinguido igual a poco polvo igual a propinaza, y nos abalanzábamos hacia él como su fuera un ídolo de masas. Era un ticket “A” que dejaba 25 pesetas y propina en poco tiempo, una tajada de satisfacción que era necesaria cada cierto tiempo para el ego. En realidad aunque no hubiese gratificación compensaba ya que el poco esfuerzo realizado lucía mucho y sacabas dos coches de estos por uno sucio.

En aquel garaje había una isla de discriminación positiva cuya dueña era Adela, una empleada más. Los demás le llamaban “la encargada”, pero tan bien acompañada de gestos y tonos iba la descripción, con tanto retintín, que resultaba inevitable concluir que había alcanzado tal categoría por “méritos” extra laborales más relacionados con asuntos de las ingles gestionados al alimón entre ella misma y el propio Mario. De ahí todas las supuestas prebendas, privilegios y logros que le achacaban, que culminaban con un piso presumiblemente pagado por el mismísimo Mario. En mi condición de temporal poco tiempo tenía yo, y poca curiosidad, para consolidar la teoría con la búsqueda de pruebas y hechos que refutara la tesis de mis compañeros, me daba igual como se lo montaran los “encargados” siempre y cuando el respeto se mantuviera y no alterara mi “karma” laboral. Adela venía siendo una mujer resultona, andaría por los 40 tacos, casada y con hijos, media melena rubia, no puedo precisar si teñida, estrecha y menuda de arriba abajo, pero bien proporcionada, ojos verdes – creo recordar – y un carácter que hacía notar cuando procedía, y necesario para sobrevivir en un territorio plagado de hienas envidiosas. Tenía un lavadero propio que era sagrado, en muy raras ocasiones se podía utilizar por otros, todo muy pulcro y organizado, impoluto, se notaba la mano de la mujer en su feudo. En honor a la verdad debo decir que pocos coches sucios le vi atacar y por el contrario muchos clientes “vips”. Tenía, además, una cartera de clientes propios, residentes, que querían tener su vehículo permanentemente inmaculado, sin rastro de polvo. No sé cómo cobraba aquello o si era pactado con el encargado, el caso es que en su horario de trabajo atendía esos deberes y a la peña le molestaba, pero era de los tiempos muertos de donde sacaba el suficiente para pasar rápidamente una gamuza y de esta forma mantenía su parque muy controlado y pulcro. Supongo que el resto sentía envidia. Muchas cosas desagradables tuve que escuchar de ella. Su turno siempre era el partido, no hacía fines de semana, ni ningún tipo de guardia, y eso que no existía conciliación, pero el progreso consiste a veces en saber bautizar adecuadamente cosas que se hacían en el pasado, y si es con un anglicismo queda de puta madre, como los spots de televisión, que la mitad son en inglés.

Pasa el tiempo, más de lo mismo y sus variantes durante cuatro años – en los períodos vacacionales – y me planto en 1977. En aquel marzo cumplí 21 tacos y había decidido irme de casa por motivos cuya exposición ocuparían varios blogs. La mayoría de edad para poder hacerlo estaba situada en esa frontera, no en 18 años, como ahora. Entonces cursaba estudios para Maquinista Naval en la Escuela Oficial de Naútica de la Coruña, un destino reservado para mi, no sin mal criterio. No era lo mío, pero yo me iba a donde fuera con tal de estar lejos de casa. Mi padre insistía mucho en tener un hijo cura, aunque creo que lo decía de coña por la forma de argumentarlo, a toro muy pasado recuerdo ahora sus recomendaciones y no hubiese estado mal haberme detenido un poco a reflexionar: “Hijo, estudia para cura y no te faltará de nada, los feligreses te vienen con el jamón, el vino y otras atenciones, te dan una casa estupenda y mujeres no te van a faltar con ese cuerpo, y si tienes un despiste le llamas sobrino, que todos los sacerdotes tienen uno y eso da hasta categoría”, que bien orientado iba el jodido. Decía que a esta palabra le habían puesto la Sociedad Anónima al principio y que realmente el colectivo debía llamarse cerdotes, s.a. Total, el segundo año en mis nuevos estudios fue en blanco y tuve que regresar a casa, una huelga nacional por parte de los estudiantes mantuvo la escuela cerrada un año. Las reivindicaciones eran de calado y tenían su lógica por cuanto, a partir de la futura ley que originó el conflicto, las condiciones del marino mercante cambiaban de forma radical. El marino español tenía mucha fama y preparación y cotizaba mucho en navieras con pabellón extranjero que pagaban mejor y ofrecían más vacaciones. El resultado era que el país formaba a los marinos y estos eran reclutados por el exterior quedándonos aquí sin profesionales del mar, un país – España – con tanta costa y tan dependiente de ella. Vamos, lo que ocurre hoy con nuestros licenciados, que tienen que aprender alemán a toda leche para ponerse a los pies de la Merkel, solo que al gobierno español le trae al pairo y una cateta ministerial le llama movilidad exterior. Parece que hasta les viene bien y le importa un carallo que nos quiten el talento a precio de mini job. O sea, al revés que en aquella ocasión, ahora se legisla para que escape la gente y queden solo los mangantes y los mangados, pero si no tienes nada, mejor fuera, que hacen mucho barullo.

Empecé mi tercer año, en realidad el segundo, por la huelga reseñada, totalmente desmotivado porque si antes no me gustaba, con la nueva ley directamente no me interesaba. Llegué a casa en junio del 77 con termodinámica y física cateada. Mi padre, que ya nunca felicitaba ni motivaba aunque tuvieses un nueve, porque “seguro que hubo alguien que tuvo un diez”, decía, al ver aquello desató la tormenta visceral adobada con todo tipo de improperios que yo esperaba y cuya inercia aproveché, como tenía planeado, para poner punto final a mi estancia en la casa paterna ante el asombro y la estupefacción de todos, empezando por él, siguiendo por mi madre y con el júbilo de mis hermanos, para los que acababa de convertirme en ídolo. Dio comienzo mi vida, antes nunca me había pertenecido.

En esa tesitura, ya fuera del hogar, alojado provisionalmente en casa de un amigo, el garaje Compostela se convirtió en un trabajo de verdad. Había puesto a Mario al corriente del todo y contaba con eso, él ya tenía pinceladas de mi escenario familiar aportadas en mi convivencia desde el año 1973. Desde entonces entregaba todo el salario en casa, era una ley, de nada me sirvió ponerme a currar para “saber lo que cuesta ganar una peseta”, yo me quedaba con los tickets que era una pasta gansa, esto lo desconocía mi padre, de lo contrario quedaría confiscado ese montante, y vivía de puta madre, además estaban las propinas, que era lo que él daba por bueno para mi exiguas necesidades, aunque ya tenía “novia” de tres años atrás.

En mi nueva vida, en julio del 77, estaba yo lavando un coche cuando entra mi padre con el suyo y se dirige a Mario, que flipó y sudó con intensidad, casi taquicardia tuvo:

  • Vengo a lavar el coche (nunca había lavado allí)
  • Pues déjelo ahí y venga dentro de una hora.
  • Quiero que me lo lave ese mozo (por mi)
  • Bueno, si le toca así se hará.
  • No, quiero que lo lave él.
  • No puedo prometerle nada, en todo caso se lo comentaré.

 Quiso la casualidad que me tocara lavarlo a mi, ante la expectación creada en todos mis compañeros, no se iban a perder aquello por nada del mundo. Procedo a lavar, bien, era un cliente, sabía lo que podía pasar – ya lo había lavado muchas veces en plena calle, en el centro de Vigo, estaba más cómodo ahora – y lo aparco. Con la puntualidad propia de mi progenitor, una de sus virtudes, aparece a la hora exacta. Se dirige a pagar y deja una propina para el mozo. Mario, que disfrutaba como un enano le dice: “désela usted”, el muy cabrito. Dicho y hecho. “Gracias, señor”

 Mi novia se iba para Cáceres a comenzar sus estudios de Derecho y decidí irme con ella y buscarme la vida allí, pero antes quería despedirme de unos cuantos clientes a los que me había unido la estima. Uno de ellos era Don Federico, padre de Federico, que fue compañero en el Colegio Montecastelo cuando inicié mi relación con el garaje. Era un hombre regio, con un aire a Tierno Galván, quien fuera alcalde de Madrid en los 80, extremadamente correcto, gestos concisos y medidos, sin apegos materiales. Ya entonces a Don Federico le emocionó mi actitud, decía que me honraba mucho lo que hacía, y manteníamos una relación coloquial, de hecho fue uno de los que me adjudicó su coche para lavar, y me reventó, porque era un Renault Gordini beige, ya un clásico entonces, un coche al que se le pegaba la grasa y no lucía el lavado por su pintura ajada por el tiempo. Mi último día en el garaje apareció por allí y me dijo: “Antonio, yo no sé cómo tratar estos asuntos, pero bajo ningún concepto quiero que se moleste, tenía la intención de traerle un cariño, pero no me imagino qué le puede gustar a usted, así que, por favor, acepte esto” Y me entregó un sobre. Tres mil pesetas. Por mucho que me negué no conseguí rechazarlo. Me emocioné muchísimo y le di un cálido abrazo.

8 comentarios en “Historias de garaje (y III)

  1. Bueno, qué forma de contar los grados de guarrez, me parto.
    Oye, lo de Gollum cierto. Y fabulosa descripción del elemento simple con coleóptero adosado.
    No solo haces reir, también escapan sonrisas tristes de asentimiento, las cosas tristemente universales que resuenan. Pero manejas el bien el drama. Sazonas con humor de altura las estampas más patéticas, y alcanzas la fibra de las cosas en el recoveco menos pensado.

    1. Uff, Mariaje, menos mal que queda por escrito todo lo que sé hacer, a tus ojos, que es bastante más que a los míos. Tu sigue describiéndome que si algún día doy el salto a asuntos mayores me queda la ficha hecha, y el nombre de mi benefactora.

  2. Solo me pregunto, si sabemos que “El premio por resolver marrones suele consistir en que te adjudiquen más marrones.” ¿Por qué coño resolvemos los marrones que además suelen ser de otros?.

    1. Xosé, respóndeme tú, que te tengo por un tipo muy serio en las duras lides que has afrontado, ¡que te hablen a tí de marrones! Normalmente se resuelven por una cuestión de credibilidad, pero para gente como tu “lo difícil es bello”, aunque tenga el color marrón. Los marroneros siempre son los elegidos, no todo el mundo puede decir lo mismo.

  3. Isa

    No puedo comentártelo en Post porque mi PC no me permite leerlo allí. Me encanta la manera tan entretenida que tenés para describir tus recuerdos. Disfruto con ellos y me es muy sencillo visualizar cada situación. ¡Muy bueno, Tucho! Gracias

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