El gobierno de los Fernández

En ocasiones intento asociar viejos chistes de mi época más pretérita a determinadas situaciones actuales que rayan en lo patético. Digo viejos chistes porque ya he perdido totalmente el interés por los nuevos. En mi caso – imagino que el de mucha gente – he asistido a reuniones de la pandilla que se acababan convirtiendo en auténticos maratones del chiste de todos los sabores y colores, de todas las sensibilidades, y que daban lugar a los exabruptos de rechazo o celebración correspondientes, especialmente adjudicados a los inevitables – y diría que imprescindibles – chistes verdes. Mucho antes de que existieran las redes sociales, cuando el “me gusta” lo decías a la cara.

Normalmente solía haber en estos grupos un chistoso oficial, con “o” de hombre, que era lo habitual, pienso, y que a menudo capitalizaba las audiencias. Por muy buenos que fueran los cuentos llegaba un momento en el que era necesario cambiar de tercio, pero el protagonista, cegado por el éxito, seguía y seguía, ajeno a las señales de aburrimiento que pudieran asomarse al rostro de alguno de los presentes. O se veía obligado a realizar “bises” a petición de los oyentes. Yo fui un chistoso, aunque creo que muy exigente conmigo y con “mi público”; seleccionaba bien el material y la cantidad, estando muy atento a las expresiones que pudieran denotar el más mínimo tedio. La “profesión” venía de lejos. Siendo yo un capullín, en todos los aspectos, cuando acudía desde Vigo a casa de mis abuelos, que era también la de mis tías, tíos y demás familia, en Pontevedra capital, mi ciudad natal, me reclamaban de inmediato para estos menesteres y me acababan dando un “duro” al despedirme de ellos, cinco pesetas, ¡tres céntimos de euro!, y que era la hostia allá por mediados de los sesenta del pasado siglo. También le encantaban “los verdes”, de cuya verdadera dimensión no era yo consciente, creo, a tenor de las carcajadas que se me antojaban pelín exageradas entonces. Mi repertorio eran los chistes del colegio. Más adelante, de mayorcito, los comprendí y les adjudiqué, en soledad con mis recuerdos, las carcajadas que se merecían, con intereses.

El caso – que me estoy perdiendo – es que me harté de ese rol porque comprobé que, fuera a donde fuese, sólo se esperaba eso de mi, y cuando intenté revertir la situación, alejándome poco a poco de los focos, el comentario más escuchado era “Antonio, ¿te pasa algo?, es que te veo bajo”. Bajo era no contar chistes. Mi actividad comercial propiciaba también este tipo de situaciones, y cuando decidí romper con ellas no hacía más que encontrarme chistosos en todos los hoteles, hostales, bares y restaurantes en los que paraba, a veces auténticos botarates. Desde entonces se puede decir que aborrezco la temática, con contables y puntuales excepciones. Uno de aquellos viejos chistes trata de un recluta que estaba haciendo la mili cuando muere su madre. Había que darle la noticia con el mayor tacto posible. Se apunta como voluntario el sargento Fernández:

  • Recluta Rodríguez, ¡acérquese!
  • Diga, mi sargento.
  • Tengo que darle una mala noticia…
  • Le escucho, mi sargento.
  • Verá, su familia se precipitó con el coche por un barranco. Desgraciadamente, su padre, su madre y su hermano han muerto en el accidente.
  • ¡Oh, dios mío, dios mio, dios mio! ¡Qué tragedia! ¡Qué va a ser de mi!
  • Que nooo, recluta, que noo, ¡solo ha muerto su madre, y en casa, tranquilamente!

 Con la “Ley Fernández”, el ministro del interior, tengo parecidas sensaciones. Igual que con las que promulgan sus compañeros de gobierno. La futura Ley para la Protección de la Seguridad Ciudadana, cuyo único fin es la suya, La Seguridad del Gobierno. Los Fernández del gobierno están hasta lo huevos de tanta “fiesta”, tanto escrache, tanta manifestación y tanto abucheo, por muchas razones que asistan a los vociferantes. Utilizan la ley en su propio beneficio y en el del partido que los arropa, como si fuera una prostituta con tarifa plana. Se la “tiran” a discreción, sin piedad, del primero al último, y la preñan de leyes con malformaciones, que al final acabamos atendiendo todos los ciudadanos menos ellos, clarostá.

 La estrategia de esta gente es siempre la misma y siempre chapucera, a nuestra vista, también clarostá. Primero deciden recortar un derecho que todos tenemos pero que a ellos les molesta. Entonces lanzan el globo sonda anunciando su intención de sacar una “Ley para la Regulación y Control de lo Mio”. Esbozan la “hoja de ruta” con los supuestos puntos calientes – que son todos – y esperan a que la gente reaccione. La opinión de Europa les importa un carallo, mientras atiendan las exigencias de sus hipócritas colegas: pagar la deuda, recortar más los salarios y las pensiones y, en general todo lo que suene a austeridad. Acto seguido empiezan con las rebajas para meternos con calzador algo que antes no entraba. Es decir, amenazan con hacer todo para conseguir la mitad, que es lo que se pretende. La cuestión es sicológica: nos meten el miedo en el cuerpo diciendo que nos van a violar a todas y todos y al final acaban diciendo que solo nos van a tocar las tetas y los cojones, y lo triste es que todo cristo queda tranquilo, porque de lo que podía ser a lo que realmente será, hay un abismo. Lo han hecho con la ley del aborto de Gallardón y del supuesto bien nacido Wert con su LOMCE, entre otras.

Las rebajas de Fernández están en ese plano sicológico mencionado, lo que antes era muy grave – gravísimo – lo pasan a grave y en lugar de recetarte 300.000 € te recetan 30.000, y así, en esa línea. A mucha gente le dará lo mismo esos límites, para el que no tiene un duro todo lo que pase de 1000 € es ciencia ficción. Tendrán que ir pensando en una ley para los que no tienen nada, para los desesperados, esos si que pueden resultar peligrosos, y a buen seguro que a lo máximo que aspiran es a una cárcel medianamente decente, tres platos de comida y un colchón. Cuando no se tiene más que hambre, la libertad puede ser un estorbo.

 Para los que tengan algo, aparte de rabia, que se cuiden, a partir de ahora, de quemar contenedores, ir encapuchados a una manifestación, sacarle una foto con “ánimo de mofa” al dueño de la porra que te abre una ceja o al de una pelota de goma que te quita un ojo, cuidadin también con insultarlo. No acudir a un escrache. Ni de coña manifestarte ante el congreso. Las denuncias de los policías tienen presunción de veracidad y, por tanto, es el denunciado quien deberá demostrar que lo dicho por los agentes es inveraz. Las multas que van a poner no tienen ningún control judicial y por tanto es más caro  presentar recurso. No, el enemigo no son los corruptos, inductores colaterales de tanto malestar, son los que protestan, que pasarán a estar criminalizados por ir en contra de leyes que atentan contra derechos fundamentales como la libertad de expresión, plagadas de muchas medidas presuntamente anticonstitucionales.

Si te quieres desahogar, vete a un estadio de futbol y le llamas hijoputa al árbitro, que es el escape nacional de miles de fenómenos. Ahí de momento no está previsto entrar a por multas, aunque el gobierno bien podría apoyar a los “trencillas”, habida cuenta de lo mucho que el deporte rey papanatiza y distrae a la gente de los verdaderos problemas.

A los que hacen estas leyes les da igual si te han quitado la casa y tu nuevo hogar esté debajo de un puente, que la policía vaya con la cara tapada y sin número de identificación visible, así podrá cagarse en todos tus muertos cuando surja y provocarte sin que una mala cámara registre esa evidencia. Les da igual mantener el blindaje del Congreso que lleva año y medio ahí, no debe afectar a la marca España, pero eso no, eso no es basura. No tienen intención de aumentar el tiempo de prescripción de una pena de corrupción, en lugar de dejarla en los cinco años actuales. No pasa nada si la hija de papá Fabra grita “que se jodan” en el congreso. No es un insulto un programa electoral infestado de mentiras con el único propósito de obtener el poder, a partir de ahí ¿qué se puede esperar? Pues recortes “sin declarar” que se aprueban en el Congreso con la mayoría absoluta de la mentira. En definitiva, para estos, los derechos son un “pret a porter”, una moda que cambia en función de quien gobierne.

gallardon-mano-dura

7 comentarios en “El gobierno de los Fernández

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  3. ¡Haaalaaaa! ¡cinco pesetas, cotizabas bien!

    Un enfoque original para hablar de mordazas, a lo chistosO. Bueno, pues hale me lo llevo al feisbu y a un par de sitios más. A ver si nos reímos todos. Que falta nos hace, con la que está cayendo.
    Un abrazo.

    1. Gracias, Maje, que conste que lo de las cinco pesetas me costó ponerlo, por coquetería, ya da la impresión de que este blog pertenece a un anciano, y realmente ya pocos años me quedan para alcanzar ese estado. Si, cinco pesetas bien administradas daban para unos chuches o un buen pastel. Yo me compraba una “cristina” rellena de nata. Hoy vale unas doscientas pesetas.

  4. Una cosa que no han previsto es que contrariamente a lo que piensan (si es que poseen esa capacidad) en realidad perjudican a la policía que dicen quere proteger, porque así entre nosotros, si me van a arruinar la vida no solo no me dejaré cojer, además haré lo que haga falta para impedirlo y el que caiga en la batalla pues que se le va a hacer, que reclame a Gallardón, pero vivo no me pillan.
    Vamos, que lo de la resistencia pasiva y dejarse detener va a ser cosa del pasado. total poco más te va a costar reventar a alguien que hacerle una foto…

    Si es que más tontos no se puede…

    1. Justo, Xosé, Volveremos a las épocas de los “grises”, que imagino no has vivido, por tu edad. Están empeñados en llevarnos a la España del blanco y negro, a la del nodo, a la del miedo.

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