Cardenales

Cuando estudiaba en un colegio jesuita, allá por finales de los sesenta del pasado siglo, a mis once o doce años, la hostia descomunal de un cura o hermano o sacerdote – siempre me he montado un lío con los rangos de la sotana – me provocó un tatuaje temporal, cruzado en mi rostro de adolescente incrédulo. Mi pecado fue pisarle un pie, posiblemente compartido por algún callo o juanete, a modo de okupa, a juzgar por su reacción. Eso si, lo pise con toda la fuerza que concentra un pie que intenta evitar una caída.

El conductor de aquel viejo autobús escolar, una especie de guagua verde y crema con el típico morro alargado que oculta un motor, frenó bruscamente, tanto que ya me veía yo empotrado contra algo o alguien. Fue en ese intento de eludir la tarascada cuando asenté mi pinrel con energía, no contra el suelo sino contra el de aquel representante de Cristo en la tierra. Perdón, perdón, imploré de inmediato, pero no fue suficiente. Me arreó tamaña hostia que me vi nuevamente tambaleado.

La reacción de mi padre no se hizo esperar. Era la hora de comer. Al verme entrar en casa con aquel retrato de la agresión, chivada por mi rostro, empezó el interrogatorio. Le conté con detalle y me preguntó si era cierto todo lo narrado. Me reafirmé. No quiso esperar a comer, le urgía encontrar al autor. Intenté calmarlo, aplazar lo inevitable, le dije que no iba a dar con él hasta la tarde, en el colegio. Esperó. Nos presentamos allí entonces y no paró hasta dar con el sujeto, quien no tuvo más remedio que pedirme perdón, tal como reclamaba mi padre. Antes escuchó el “glosario” de un padre enfurecido por tan irracional comportamiento. Casi hubiese preferido haber puesto la otra mejilla.

Por supuesto nunca le conté nada de ese otro cura o hermano o sacerdote que en sus clases me llamaba a veces, como a otros, para leer la lección en alto desde el estrado. Encima de la tarima se ubicaba una mesa grande y maciza, que me ocultaba de cintura para debajo de las miradas del resto. Mientras yo leía, el cura o hermano o sacerdote acariciaba y apretaba mi prieto culito. Nunca conté nada porque en mi inocencia no apreciaba yo que hubiese nada que contar, pero que ahora, con la perspectiva de la madurez y las desmesuradas lupas que sobre estos asuntos se han levantado, podría resultar, cuando menos, digno de analizar. Igual debería haber estado traumatizado, pero no me he sentido así. Posiblemente mi conciencia adjudicó la paternidad de aquellas carantoñas culeras al cariño y afecto que un maestro puede profesar por sus alumnos. Cuando no se tienen elementos de juicio suficientes la realidad puede jugar en tu contra, materializando un daño años más tarde si la razón rebusca obsesivamente en tus recuerdos. Seguro que en la actualidad podría haber constituido carne de titulares.

Poco después, mi padre, que era un jornalero de la carretera – representante – decide cambiarnos de colegio. Mete a sus hijos e hijas en dos colegios del Opus, uno para cada sexo. He llegado a concluir que para codearnos con la crema y nata de la ciudad, supongo, y que por entonces constituía la seña de identidad de aquellos centros. No me gustó nada la decisión, por las amistades truncadas que arrastró, aunque los escasísimos amigos que conservo de aquella época son de los jesuitas.

En mi nuevo colegio del Opus tuve un tutor que me citó un día a su despacho. Tras repasar mis notas, mediocres, dice “bueno, ya veo que de estudios más o menos bien, pasemos a asuntos más interesantes: ¿te tocas el pipí?”. Si, para mear, contesté. Le hice notar mi incomodidad con la charla, lo que equivalía a convertirte en un elemento proscrito. En otra ocasión me apuntaron a unos ejercicios espirituales en un bonito pazo, en Sanxenxo. Previamente, el confesor del centro pasaba por las aulas a comunicar que estaba a disposición de aquellos que acudirían a los ejercicios. Como quiera que mis pecados eran compatibles con mi conciencia, hice caso omiso. Hasta que el confesor se dirigió directamente a mi con una orden: “pasa a confesarte”. Le dije que ya lo había hecho con el cura de la parroquia.

Estaba harto de las confesiones obsesas de ese tipo, en ellas me preguntaba si había visto a mis padres hacer “cochinadas” o si tenía relaciones con hombres. En el centro femenino, el clérigo se empeñaba en querer saber dónde ponía mi hermana su mano cuando dormía. Cosas de la vida y de la naturaleza humana, a mi confesor acabaron por descubrirle una relación que mantenía con la mujer del que venía siendo el conserje del colegio, y que habitaba una vivienda situada en el recinto escolar. Esos eran los rumores. Lo cierto es que colgó los hábitos y más tarde se casó.

Al acabar sexto hicimos un viaje de fin de curso a Italia. Primera noche en Burgos. Me había tocado compartir habitación con un compañero, que ya era un miembro del Opus. Era un poco obeso y se marcó la guasa de intentar acceder a su cama haciendo un Fosbury, por los pies de la cama. Los pies otra vez. La partió. El estruendo despertó de inmediato la curiosidad de los demás compañeros de viaje, alojados en habitaciones aledañas. Al conocer la versión y ver lo ocurrido se partían el culo. En esto aparece uno de los dos profesores adjudicados al viaje, otro miembro, y, no me preguntéis cómo, todo dios se evaporó, imaginando su ira (era conocido por una gran vena que sobresalía en una de las entradas de su no menos grande cabeza, vena que se hinchaba ante cualquier contrariedad; en ocasiones alguien hacía la caricatura con detalle en la pizarra y lo alteraba a morir). Allí nos quedamos solos los dos Antonios, así se llamaba mi compa también, el atleta. Antes siquiera de permitir explicación alguna por parte de nadie decidió que el culpable era yo y me mandó otra soberana hostia, de esas que tan bien sabe dar esta gente, no me explico tal habilidad. Tremenda, tremenda. Este “hombre” se ordenó sacerdote, del Opus, años después.

A contactar con mi casa esa noche, pongo a mi padre en antecedentes, medida preventiva por si se acababa enterando por otros canales. Me dice que regrese, que abandone el viaje, pero lo convenzo de que me deje continuar. Coño, me lo había currado lo suyo desde un año antes, vendiendo rifas, donuts en el cole y “croasanes” a domicilio los domingos, madrugando. Eran otros tiempos. Al día siguiente por la mañana se me acerca el agresor, a pie de Catedral, intentando pedir perdón y le devolví la ira, es posible que hasta una parte de aquella agresión jesuita. Le llamé de todo, gritando como un poseso, “que te den por ahí”, tal y cual, y otros exabruptos.

En el curso siguiente, COU, fue mi profe de Física, y se vengó como un niño caprichoso. Me sacaba a la pizarra y me ridiculizaba ante todos, hasta que me dijo: “excusas de venir a clase, para mi estás suspenso”. Y fue la única asignatura que suspendí. Hasta que medió mi progenitor, a quien recordé – tras exigirme justificación por el cate – el episodio de Burgos y la amenaza de suspenso. Allí se va. Le dice, “mira, Fulano, me cuesta mucho trabajo, sacrificio y dinero tener a mis hijos en este colegio, si crees, en conciencia, que merece suspender, adelante, pero como descubra que hay otros motivos vamos a tener un problema”. Aprobé, es más, creo que tuve un notable. Y seguro que podría tener un problema.

Un año o dos antes, mi padre nos había “suspendido unilateralmente las clases”, nos retiró a todos del cole, una temporadita en casa. El motivo no era un deficiente desempeño académico o mal comportamiento. No, un hermano mío tenía una conducta “endemoniada, es más, diría que está poseído por el demonio”, le soltó el director. Fue apoteósica la reacción de mi padre, escuchada en distintas aulas, incontenible, y nos sacó de allí. Tras tiras y aflojas entre la dirección y él acabó recapacitando y volvimos. Marcó un hito. Hubiese sido otro buen titular. Un escandalito.

Ese hermano tenía un expediente brillantísimo y un gran magnetismo personal. Cualidades ambas que te convertían en una presa a batir por las huestes reclutadoras de nuevas generaciones del Opus. Primero indagaban sobre tus gustos, aficiones, etc. y después te invitaban a eventos o actividades que cumplían tus expectativas de ocio. Un partido de futbol o baloncesto, por ejemplo. Al acabar uno de esos, cuando mi hermano se disponía a marchar, le dicen: “no, ahora no te puedes ir que viene la plática”. En la plática te hablaban de la virgen maría. Después de unas pláticas pasabas al siguiente estadio – los círculos – hasta que “pitabas”, que en el argot era entrar a formar parte de la organización de forma activa.

Las reuniones se desarrollaban en unos pisos francos “ad hoc” en los que te seguían hablando de la virgen y a los que también iban los profesores, miembros, que impartían las diferentes asignaturas en el colegio, entre ellos el venao que me zurró. Los alumnos de la organización no faltaban, y obtenían buenas notas porque en esos pisos se trabajaba sobre las lecciones que al día siguiente se iban a impartir en las aulas. La cuestión es que mi hermano les vino a decir “mira, a mi me habéis hablado de un partido de baloncesto y punto, si me decís que es un partido más una plática y otras gaitas ya os hubiese dicho que no, así que me piro”. Eso era estar endemoniado. Menjesús.

También guardo un “grato” recuerdo de otro representante de cristo al que mi madre llamaba “el legionario”. Tenía cara de pocos amigos, ocultaba su mirada tras unas gafas retro de cristales verdes. A ella, cuando comulgaba y se recogía en el reclinatorio con su amado cuerpo de cristo recién tragado, el legionario le decía “vamos, señora, dese prisa”. Paraba en un bar cercano a su iglesia y que era frecuentado por adolescentes ávidos por jugar en aquellas hechizadoras “máquinas flipper”. Algunos se podían permitir “el duro” que costaba la partida y otros esperaban a que alguno de los clientes enrollados que por allí circulaban le dejaran disfrutar de las partidas gratis que hacían y que no tenían tiempo de acabar, con lo que se ahorraban el duro y con suerte hacían sus partidas gratis de las que el grupo disfrutaba. El legionario nos veía ahí, a cinco o seis mozalbetes, siguiendo sus evoluciones y éxitos, arremolinados en torno al aparato. Cuando llegaba la hora de irse borraba todas las partidas, una por una, a pesar de haber escrutado nuestras silenciosas miradas implorantes. Nunca nos dejó una mísera partida. ¡Vaya forma de hacer apostolado!

Hubiera podido creer en Dios en algún momento de mi vida, pero sus representantes se han cargado cualquier tipo de acercamiento. Parecen ostentar una vida justo enfrente de la predicada en la Biblia. Conforman un catálogo con todo aquello que combatiría su mismísimo Jesús crucificado. Cuando de verdad conoces alguno digno de “dejarlo todo y seguirlo”, como me ha ocurrido, es su propia congregación la que lo entierra bajo mentiras y descrédito, e incluso posiblemente la envidia, hasta que el olvido y la soledad acaben con sus huesos. Unos mártires vivientes, los que de verdad contribuyen a que la FE pueda seguir teniendo este nombre, porque son los peones de la FE. Lo mismo que pasa con la política, con la justicia, con la banca, con las patronales de empresarios, etc.

6 comentarios en “Cardenales

  1. Pingback: Dejad que los niños se alejen | Icástico

  2. Yo estuve interna en un colegio de monjas. Todavía existen, Oblatas de Carabanchel, muy cerca de la antigua prisión. Eran lo mismo. La familia de Eugenia de Montijo cedió el palacio y los terrenos a las monjas para que acogieran a las “chicas descarriadas” como las llamaban, esas eran de 16 años para arriba. Con el tiempo hicieron otro sector para huérfanas pequeñas, de esa edad para abajo. Ahí entraba yo por ser huérfana de padre. Estuve 4 años, de los 9 a los 13, y todavía no he podido escribir sobre aquello porque se me abren las carnes. Cómo sería el nivel de aislamiento que no me enteré de la existencia de The Beatles hasta que no salí. Allí dentro pasaban cosas que no tienen nombre. El último año que estuve abrieron el colegio a externas de pago, y se forraron, supongo. Pero en las mismas aulas había diferente trato para las internas.

    Me han dado palos hasta aburrir, he pasado hambre, explotación laboral, malos tratos psíquicos, por descontado, adoctrinamiento. Desde estar trabajando la mayor parte del día hasta hacerte desatascar los váteres con las manos desnudas, comerte un vómito o estar de rodillas en el suelo durante horas. Eran crueles e insensibles. Alguna habría más amable, pero nunca sacó la cara por una interna. Iban a lo suyo.

    Recien salida, con la autoestima completamente destrozada, aún tenían que sujetarme si veía un velo por la calle. La verdad, no sé cómo no he salido drogadicta, o algo por estilo. No habían acabado ahí mis males, al volver a casa me esperaba algo todavía peor: mi señora abuela, pero esa es otra historia… Me asombra haber conservado la cordura, entre unas y otras se las ingeniaron para destrozarme la vida.

    Tocaba decir esto, corroborar tu experiencia con la mía, pero no voy de víctima. Me considero una mujer afortunada. Algo me ha salvado siempre: no conformarme, no dejar que los demás marcaran mi destino, mi forma de ser. He trabajado mucho para ello. Y he sabido rodearme de buenos amigos, que también ayuda.

    Disculpa la extensión del comentario, pero has dado en la diana de una vieja historia que todavía no he sido capaz de contar, no por miedo ni por dejación, ni por consideración hacia las inmisericordes monjas, sino por evitarme tener que revivir todo aquello. Te felicito a ti por haberlo contado y con la soltura que te caracteriza. Un fuerte abrazo.

    1. Acabas de destrozar mi post, lo has convertido en una anécdota, comparado con tu experiencia. Jooder, yo hice un resumen de lo que se repetía en mi etapa, pero está claro que a las mujeres SIEMPRE os han reservado un trato mucho peor. Tu respuesta ha sido otro post, como recientemente te ha ocurrido con uno de tu blog. Cuando reunas el valor, no lo escribas, habla con un director de cine, lo mismo resuelves la vida, poniendo un beneficioso final a lo que siempre fue una película, tu vida, por lo conocido a través de los “flashes” de tu tinta. Un abrazo.

  3. Suerte tuviste con un padre tan juicioso. El mío era creyente también, por obligación (por miedo), siempre nos prohibía hablar de política y religión. Me acuerdo del mediocre nivel del profesorado, así las medias de aprobados en la selectividad eran inferiores a la de la pública. Estaban obsesionados con la virgen maría. Yo viví bastante episodios grotescos, y ojo que tuve compañeros del Opus muy buenos. Pero lo que dices es muy cierto, vivimos en un estado ACONFESIONAL pero este pais es un reducto del catolicismo más ultra. Y el papa Francisco mucho raja y poco acomete. Me anoto la peli, y si la veo espero poderme controlar tan bien como tú. Gracias.

  4. Antonio Núñez Torron

    Nada me sorprende de cuanto nos cuentas. Siempre estudié en la escuela pública, pues nuestro padre, creyente, poco o nada confiaba en esas instituciones.
    Tambien tuve un “compañero” que nos invitó a unos locales en la Calle Pi y Margall “a estudiar”. Se convirtió en unos ejercicios espirituales y rezos.
    Recuerdo el día previo a mi primera comunión en que mi padre nos llevó a confesar a un convento de monjes en Sarria. Durante el acto de confesión el impresentable que me atendía me cogía las manos y me tocaba los hombros. Era un meapilas rubito con ademanes de …
    También perdí la “Fe” si es que alguna vez fui realmente consciente de lo que era eso. Pero los méritos de una u otra religión para hacer proselitismo y captar adeptos son efectivamente escasos o nulos. No predican, ni promueven un mundo de seres humanos. No se dan cuenta que lo divino choca directamente con nuestra naturaleza. Somos de carne y hueso, con lo que ello comporta.
    Ayer viendo la película “Philomene” me invadió de nuevo esa ira que solo la educación que mis padres me inculcaron impide que salga a la calle a repartir hostias a todo bicho vestido de hábitos de cualquier religión. Y cuando escucho a Gallardón o al ministro Fernández hablar de la Virgen, es decir cargando de tintes y matices ideológicos y de creencias la normativa que ha de regular la vida de TODOS los Españoles vuelvo a preguntarme ¿como no ha habido linchamientos públicos de ciertos personajes.
    En fin … País ….

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