Sobaco ilustrado

Un tipo entra en una pajarería dispuesto a comprar un loro. Es recibido por un dependiente que lleva tres encima, uno en cada hombro y otro en la cabeza. De entrada le gusta el loro que está acomodado en el hombro derecho. Pregunta por su precio:

Cuanto vale ese loro? (señalándolo)

1.500 euros, caballero.

Jooder, ¿qué tiene de especial?

Verá, señor, este loro maneja una jerga de 200 palabras.

¿Y el que tiene en el hombro izquierdo?

Este es un poco más caro, sale por 2.500 euros.

Coño, por ese precio mantendrá una conversación, digo…

No señor, la diferencia es que el léxico de este ejemplar alcanza las 500 palabras y es capaz de pronunciarlas en alemán, español e inglés

 Ya intrigado, el comprador quiere conocer el precio del tercero

 Y el que tiene en la cabeza ¿por cuánto sale?

10.000 euros, caballero.

La viirgen, me muero por saber qué cojones sabe hacer este…

Pues no sabe hacer nada, pero los demás le llaman JEFE

 Me acuerdo de este viejo chiste con frecuencia cuando repaso mi trayectoria laboral, intentando rescatar algún aprendizaje útil de los superiores que he tenido, o de los superiores de mis superiores con los que he despachado. Durante mis primeros años, 1977 en adelante, alterné puestos de vendedor o comercial en diferentes empresas de distintos sectores, era fácil elegir trabajo en aquellos tiempos de crecimiento y escasas exigencias. La habilidad más requerida era tener “pico, y si acompañaba la “presencia”, mejor. En alguna entrevista me preguntaron si era honesto – SI –, honrado – SI – y trabajador – SI. Qué coño ibas a responder aunque no fuera cierto. A quien me la hizo le devolví esta misma reflexión preguntándole ¿qué esperaba usted que le respondiera? Y obtuve como respuesta “aquí, las preguntas las hago yo”. Estupendo, pensé, mientras sean todas así…Por cierto, fui seleccionado.

(Que conste que como comprador soy un gilipollas y hago también este tipo de pregunta cerrada en cualquier tienda, super, restaurante, etc. al que acudo a comprar un producto o disfrutar de un servicio. ¿Qué tal este plato?, estupendo, señor. ¿Qué tal sale este chorizo?, muy rico, caballero. Salgo riéndome de mi propia simplicidad, ¡qué coño me iban a decir!, me digo. Pero sigo haciendo lo mismo).

Una vez seleccionado conviví con dos jefes, uno que era un dandy en el vestir y en las formas, aunque estaba supuestamente liado con la secretaria. El segundo, que acabaron imponiéndole como jefe al dandy, y por lo tanto a mi, era un pedante redomado, un político hablando (afiliado al recién nacido PSOE), grandilocuencia estéril, nada de lo que decía era trascendental, tangible, válido. Comía y cenaba en un famoso restaurante, que era de su padre, a mantel puesto, no daba un palo al agua pero cagaba sentencias como si se hubiese ganado un sitio en la Historia. Caca de la vaca. Cuando el padre murió, se apuntó a vivir de su hijo. Lo que aprendí fue “vive de tu padre mientras no puedas vivir de tu hijo”, que hubiera jurado que salió de su propia boca. Yo lo hubiese tenido muy jodido.

Antes había recalado en una comercial de vehículos industriales. Me acuerdo de las peleas que tenía con el jefe de contabilidad a la hora de liquidar los gastos de viajes (dietas, kilometraje). Si me salían 75 kilómetros ahí estaba él, escudriñando mapas, hasta que en uno de ellos descubría que no eran 75 sino 74, y la liaba, yo alucinaba. A mi jefe, sin embargo, lo pillaron en un desfalco y lo largaron. El tema de las liquidaciones de gastos siempre era vista con envidia por los administrativos encargados de pagármelos, en casi todas las empresas en las que estuve. Si había un ticket de una invitación al cliente entraban en el detalle de lo que había costado el marisco, el pulpo o el Albariño. Al final, para “tranquilizarlos”, les decía “tu no sabes la cantidad de marisco que tiene que comer un comercial para ganarse el garbanzo”, era verdad, pero no les gustaba. También me he visto incluido en facturas de buen vivir en las que no he participado pero en las que algún jefe me incluía para justificar el montante.

Poco después tuve otro jefe sobre el que no me voy a extender porque ya lo he descrito en los dos primeros párrafos de La mentira absoluta. Más tarde uno que esquilmó la caja de la empresa por su adicción a los bingos, entre otras. Modificaba facturas para poder pagar lo que iba sisando. Era una pesadilla de vida la suya, envuelto en una espiral que era incapaz de romper. En otra empresa de alquiler de vehículos, como la del binguero, en la que fui director de sucursal – chico para todo – le insinué un aumento de sueldo al mismísimo director general, un italiano enorme, campechano y que era muy cercano con el personal de las delegaciones que visitaba, lo que me dio pie a planteárselo, con la misma dosis de humor que de respeto, en una de las visitas que giró por mi tierra.

Su respuesta vino a decir que si no ganaba más era porque no quería. Tenía un salario fijo por todos los conceptos. La forma de ganar más era acometer chanchullos que podían resultar indetectables si no había excesivo control, como era el caso. Por ejemplo, alquilabas un coche por una semana y cuando el cliente lo devolvía cerrabas el contrato con fecha de tres días antes, esto en caso de que pagara al contado y no quisiera llevarse copia de nada, con lo que ganabas tres días de facturación. O negociar comisiones con los talleres a los que llevabas a reparar los vehículos, y más tretas. Nada de eso hice pero que mi jefe daba por descontado que podría haber hecho, por tal motivo fijaba unos salarios contenidos. Ahora entiendo por qué el director regional parecía que vivía “por encima de sus posibilidades”

En otra de las que estuve pagaban el 40% del salario en “B”, en un sobre, si tu sueldo era, por ejemplo, 200.000 pesetas, le tenías que recordar todos los meses a tu jefe que te debía 75.000 y aguantar una serie de improperios hasta que metía la mano en el bolsillo sacaba esa cantidad y te la daba a regañadientes, y así hasta otro mes, sintiéndote un mendigo porque parte de tu trabajo era recordarle esa deuda. En la nómina figuraba 125.000, claro está. Por aquella empresa de telecomunicaciones circulaban clientes VIP que salían con un presunto regalo y una sonrisa de oreja a oreja; políticos, altos cargos de la administración y fauna de ese estilo. En la actualidad ese ex jefe es un presunto defraudador, vía una de las mayores estafas de IVA comunitario descubiertas por Hacienda en Galicia, que ha llevado al fisco a rastrear su fortuna y para el que la fiscalía pide una condena de 12 años de prisión y multa de casi 6 millones de euros.

También tuve uno muy sencillote, de tez rubicunda, posiblemente forjada por las pitanzas y los buenos caldos. Una de sus tareas era “engrasar” los departamentos de compras con los que despachábamos. Agendas y cestas de navidad, normal, pero luego venían los sobres que contenían otro “cariño”. O un ordenador o equipo de música para aquellos que te lo pedían abiertamente, es decir, que te facilitaban la tarea. Este jefe paseaba diariamente por distintos departamentos de la empresa para recabar información acerca de consultas del cliente que debíamos satisfacer. Llevaba siempre un fajo de papeles debajo del sobaco. En mi pueblo había un señor que sujetaba el periódico del mismo modo, paseando con el de un lado a otro y le quedó “sobaco ilustrado”.  Con este jefe mantenía a veces discusiones “semánticas” a la hora de redactar una oferta. Me la leía y yo le daba mi opinión. En una ocasión una de ellas empezaba así: “Tras un somero análisis de la documentación que nos ha facilitado…” Coño, fulano – le dije – querrás decir minucioso, profundo, detenido, pero somero es superficial. El erre que erre que no, hasta que lo consultábamos en el diccionario y se apeaba, por eso me consultaba las redacciones. Tampoco tomaba nunca nota de nada, por muy larga y técnica que fuera la reunión a la que acudía. Decía que no le hacía falta, hasta que la edad lo empezó a traicionar y otro directivo le dijo “vale más un lápiz corto que una memoria larga”. Plaff.

He vivido muchas historias de estas, por eso, cuando leo o escucho las noticias que a diario destapan un nuevo caso de fraude, corrupción, malversación, cohecho, falsificación documental y todo el diccionario hispánico de la picaresca no me pilla tan de sorpresa, lo que no atenúa mi rabia. Las especies de rapiña se han convertido en una plaga con el paso de los años, plaga difícilmente combatible por el ejecutivo de turno que, lejos de hacerlo, la declara especie protegida, vía amnistía fiscal, connivencia del fiscal general e incluso el indulto si todo esto no es suficiente. Será porque el ADN moral de quienes gobiernan es similar al de muchos jefes que he vivido.

La empresa puede gestionar sus beneficios como le salga del potorro, pero los autores de todos estos desmanes – solo conocemos la punta del iceberg – nunca han arriesgado su patrimonio personal sino que han expoliado los recursos públicos y el mensaje que pretenden colarnos es que la culpa de todo la tienen los funcionarios y la especie desprotegida que cobra subsidios de mierda. He estado en una empresa que nunca ha tenido beneficios y sus directivos han vivido y siguen viviendo de espanto gracias a las enormes subvenciones recibidas, no saben competir ni les importa. Las deudas contraídas con la banca les han obligado a entregar instalaciones industriales, despedir plantillas y especializarse en ERE’s. Así hay miles y miles de empresas con directivos subvencionados que lo único que han tenido es una ambición insana e incontenible y que cierran las puertas a una ingente cantidad de profesionales que podrían cambiar el panorama, en unos cuantos años, pero que carecen de ese ADN.

7 comentarios en “Sobaco ilustrado

  1. Esa primera parte autobiográfica es de escalofrío. Mare mía, no poder decir que has tenido un solo jefe honrado… dice tanto de este país. A veces pienso que la corrupción es algo imposible de erradicar, por lo extendida que está y por el coste que los llaneros solitarios asumen por intentarlo. ¿Cómo no tener rabia? Y luego se extrañan de lo que pasa en las calles. ¿Qué esperan?

    1. El mundo se mueve así, está claro. Las “atenciones” son una parte esencial del juego y no debe extrañarnos, el problema es cuando se convierte en un “impuesto” institucionalizado porque la ventaja será para los poderosos. Tengo un amigo que estuvo muchos años vinculado al mundo del ladrillo y es impresionante escuchar su experiencia sobre las imprescindibles “mordidas”. Como se daban por hechas, la cuestión era saber a quien había que llegar y tener el “privilegio” de acceder a él, ahí no se habla de presupuestos, de caro o barato, se paga la mordida y listo. Las comisiones, los sobres, son un veneno, una adicción, una vez que has recibido una y tu conciencia no sufre, la ética desaparece. El dinero fácil ya deja de ser dinero para convertirse en una droga, su poder es inmenso, se pierde cualquier perspectiva moral.

    2. Dios… entonces la única posibilidad es no aceptar el primero, para no quedarse enganchado. Y pensar que si todo ese dinero no se perdiese en la catacumbas todos podríamos vivir mejor.
      Luego se sorprenden de que la gente rompa los escaparates de los bancos.

      1. Pues yo entiendo que no es lo mismo recibir unas botellas, una comida (las atenciones) que una pluma Mont Blanc (caso Pokémon) un mechero de oro, un viaje de lujo con los gastos pagados o las “señoritas” que te envían al hotel o al apartamento…Ahí, pienso, has traspasado la linea y ambas partes lo saben. ¿Por qué crees que no caen todos estos políticos implicados en los escándalos de cada día? Porque es un castillo de naipes; ayer fué por uno y anteayer por otro y todos saben cositas de los demas, es una red, si cae uno y canta pueden caer muchos, de ahí toda la maquinaria de influencias que se despliega en un caso de esos para salir lo más indemne posible, para pactar indultos o estancias cortas en la cárcel, a cambio, seguro de que sus cuentas y patrimonio sigan ahí a su salida, etc. La justicia es para los pobres.

  2. Gracias, Xosé, puñetera claúsula, con lo bien que me vendrían las historias ajenas, si tal me la cuentas y la disfrazamos con el anonimato, yo en ningún caso quiero personalizar, sino describir cosas pasadas que, por lo visto, no son tan pasadas.

  3. El tema candente y magnífico. Podría aportar algun detalle si no fuese por la cláusula de confidencialidad…

    El estilo sigue pareciéndome de lo mejor que he leido, ¡Coño! si hasta llegoa aver cosas, situaciones…

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