Yo viví la ley mordaza

Conozco la ley mordaza. La sufrí desde niño con mi padre. Y la ley del cinturón. En varias ocasiones he visto con terror cómo lo liberaba de las trabillas de su pantalón, con parsimonia, y cómo lo blandía en el aire antes de sentir su chasquido sobre mi piel. Lo hacía por mi bien, decía. He visto cómo una hermana se meaba encima segundos antes de sentir lo mismo, y lo recibía con saña añadida por ser una meona, así le llamaba mientras la azotaba. Lo hacía por su bien. Ese día en concreto me rebelé, en un acceso de ira añeja le grité ¡dale, dale más, mátala, cobarde! No se lo esperaba, quedó desconcertado, cinto en el regazo, mientras jadeada con el esfuerzo de su educación barata, cómoda, miserable; poco me importaba el castigo al que me enfrentara. Algo vio en mis ojos, porque no llegó a consumarlo.

No éramos ningunos delincuentes, no sabíamos ni el significado de la palabra. Éramos alevines. Nuestro crimen fue desobedecer alguna de las muchas normas que nos imponía, casi todas absurdas a nuestra infantil forma de verlas. Nunca nos explicaba el porqué de ellas. Las dictaba y se ejecutaban. Hubiésemos sido 10 hermanos de vivir todos los nacidos, pero el destino se citó muy pronto con dos, de cruel forma. Uno murió por una inyección, equivocadamente puesta por nuestro vecino de puerta, que era farmacéutico, o por lo menos dueño de la farmacia del barrio. Un amigo de mi padre. Presenciaron su agonía sin aire, nadie sabía a qué se debía. Llamó al médico para comunicarle los síntomas, pero el hombre ya tenía su traje de gala puesto para acudir a una cena, así lo dijo, no le vino bien en aquel momento salvar una vida, “será un catarro, Don Antonio, a la vuelta me paso por ahí”. A la vuelta, Alberto estaba morado. Llegó a tiempo de confirmar su muerte. No había cumplido el año.

Otro desapareció en un parque público de Vigo en agosto de 1961 y nunca se supo nada más de él. La chacha que nos cuidada esa tarde a cinco hermanos, presunta cómplice, fue a la cárcel y salió bajo fianza. Se casó y tuvo al menos un hijo, lo sé, manda cojones. Al comisario que llevaba el caso lo destituyeron de forma fulminante. Las pistas murieron, o las hicieron morir. Si vive, Carlos Javier tendrá hoy 57 años, uno menos que yo. A partir de ahí, mi padre se obsesionó con más normas y consejos. Tantas y tantos que uno por uno de todos los hijos e hijas marcharon de casa al cumplir la mayoría de edad. En mi época era a los 21. Mi edad del renacimiento. Mi madre decidió vivir en su planeta, no sabemos cuál es, pero uno bastante irreal. Su edad y su estado mental le impiden ahora regresar, si es que alguna vez quiso hacerlo. A veces he fantaseado con la posibilidad de haber sido yo el raptado. ¿Dónde estás, Carlos?

No podíamos hablar de política ni de religión (ni de lo que pasaba en casa). Era el tardofranquismo con sus grises, esos que no te quitaban un ojo con una pelota de goma, te quitaban la vida con una bala de metal. Un día infringí esa norma en una charla de ascensor y el receptor de mi comentario, no recuerdo cuál, un vecino a buen seguro fiel perro del régimen, lo juzgó lo suficientemente inadecuado como para ir con el queo a mi viejo. Nuevamente lo pagó mi pellejo, al grito de ¡qué te dije yo! Aquel cinturón estuvo bien amortizado. “Mientras estés bajo mi techo haces lo que yo quiera”, era su mantra. Cuando cambié de techo y acudía a casa por petición expresa de mi madre todos los encuentros acababan en desencuentro, pero ya sin correazos, eso sí, con exabruptos rabiosos de mi procreador que solían culminar con un ¡fuera de mi vista, mamarracho! Era incapaz de cumplir el consejo que mi madre me daba nada más franquear la entrada, “hijo, tengamos la fiesta en paz”, “ya sabes cómo es tu padre”. La tendremos si él quiere, respondía yo, ahora no vivo bajo su techo y soy incapaz de aguantarle humillaciones, sí, ya sé cómo es, en efecto, pero no permito que lo siga siendo conmigo, entiéndeme. No lo entendía.

En mis visitas al viejo hogar cualquier conversación la llevaba mi padre al ninguneo y la descalificación, a la provocación, supongo que inconsciente, “hijo, siempre fuiste un pusilánime, o un cobarde, o lo que fuera”. Y tu un mal padre, le devolvía, reflexiona un poco, podrá salirte torcido un hijo, como dices, pero que los ocho se vayan de casa…Y ya no podía acabar la frase, la respuesta es conocida, ¡fuera de mi vista, mamarracho! Hay quien prefiere una patada en el escroto que una verdad. El dolor de huevos pasa, pero un orgullo herido no deja vivir si no se quiere aprender. Hasta el carné de conducir lo obtuve a golpe de collejas, me sentaba al volante de su coche y al rato me preguntaba cuál era el que venía detrás, yo miraba por el retrovisor y decía, “un seat 600”. Cachete, en todo momento debía saber de qué vehículo se trataba. Como aprendiz bastante tenía con ver la carretera y ajustar velocidad y distancia, aspecto por el que también escuchaba sus gritos: ¡frena!, ¡frena!, ¡no ves que te echas encima del que está delante! Al tercer golpe me orillé en un arcén, bajé y le dije que la máxima en estos asuntos era “prohibido molestar al conductor”. Todo esto es un resumen del resumen, de uno solo de sus hijos.

Año 2014. De nuevo me enfrento a unos cobardes. De lo más peligrosos. Obsesionados con la vida por llegar, con las vírgenes, los cristos, con todos los santos, pero quieren a los ciudadanos de su país mudos, ciegos y crucificados como al rey de su credos al que tanto veneran. He conocido curas o “padres” por los que hubiese valido la pena ser un orgulloso cristiano. En su día los arrinconaron. Nunca iban por la vida con sobredosis místicas como los visionarios que nos gobiernan, no, ellos sufrían la sobredosis humana. Se hubiesen interpuesto entre una bala y un indignado, ya fuera ateo o católico, inmigrante o residente, rico o pobre.

¿A qué viene tanta ley del silencio cuando no hacen más que presumir de la mayoría silenciosa que no acude a las manifestaciones defensoras de derechos? Mi cinturón se llama Ley en esta ocasión. Los cobardes abusan de ella hasta el absolutismo. Ley a ley se puede crear un campo de concentración, ni la miseria ni el miedo permite mucho radio de acción, no hay dinero ni valor para alejarse en exceso de casa. Para imponer el temor no han necesitado de pactos, tan imprescindible en la lucha contra la corrupción, al parecer. Su coherencia es como el Guadiana. No sacaron adelante la ley del aborto aduciendo que era tontería hacerlo para que al minuto siguiente fuera derogada. ¿Qué creen que va a pasar con su mordaza un segundo después de perder la mayoría absoluta? Todos los grupos de la oposición dejaron claro que así sería. Estos tipejos piensan amortizar su Ley de Seguridad Ciudadana en diez u once meses, el tiempo que falta para su presumible caída, a la que se resisten como jabalíes heridos, quieren las calles limpias, a los desahuciados mansos y a la rabia sumisa, es su última baza, luego, poco les importa que sea derogada o la tumbe el Constitucional en el siglo XXII. Sacaron una ley para estar tranquilos ante las provocaciones que aún nos tienen reservadas.

Esta tropa no sabe negociar si no tiene rodillo parlamentario. Apisonar es su estilo. Eso tiene un nombre muy feo. Somos los bufones de Europa. La marca España es una marca blanca; en la etiqueta se lee que puede contener trazas de libertad. Si quieren mártires los tendrán, pero por otras causas. Si nos han declarado enemigos, enemigos seremos; coherencia ante todo. Miradnos a los ojos.

13 comentarios en “Yo viví la ley mordaza

  1. ¡Tiempos aquellos! No puedo decir que me hayas metido en el tunel del tiempo porque ya me han metido en él los amigos del Mariano Pinocho que nos gobierna. Vaya gentuza, eh. Y soy de los que puede comparar -como tú, amigo- porque también viví las excelencias del nacional catolicismo (por eso, aunque catalán soy, cada vez que me encuentro a un adorador de banderas y patrias, desconfío… sino vomito). En fin, lo dicho: vaya gentuza estos de la derechona heredera del generalísismo. Lo único que les ha faltado es recuperar el nombre verdadero de esa ley: si, hombre, la de Vagos y Maleantes (¿son vagos y maleantes los maricones y los opositores rojillos?, pues sí, aunque sean ricos o curren 10 horas todos los días) Les molesta la opinión. Ellos son los que nos quieren súbditos para siempre del Jefe de Estado vitalicio que nombró Franco, ese hijo de su madre que nos jodió 40 años. En fin, es que se me calienta la pluma y se me alarga la lengua. Que venía, en el fondo, a agradecerte que te pasaras por mi blog; pero leyendo tu estupendo artículo sobre el rodillo y la ley esa que derogaremos dentro de un año -por mucho que se cabree la virgen de Torreciudad- me he quedado prendado de tu prosa y me hago seguidor de ella. Un saludo de uno que tiene un años más de los que tendría ese hermano del que cuentas se perdió… Josep Turu.

    1. Josep, espero que el túnel del tiempo tenga palanca de ir y volver, porque si fuera por Marianico le sobraba una marcha, ya sabes cuál. Curioso, que los vagos y maleantes seamos los que sustentamos sobre nuestros hombros (y bolsillos) la pesada carga de tanto inútil para nuestra causa. Tranquilo, yo normalmente escribo con la pluma caliente para contrarrestar la tinta fría con que redactan los tiranos sus leyes. Mal país aquel en el que los que llegan al poder tienen como prioritaria tarea derribar las leyes que hicieron quienes le precedieron y así sucesivamente.
      Gracias por tus elogios, que son recíprocos, tu prosa me gustó mucho. Salud!

  2. Querido Tucho: De la primera parte de tu artículo, por sonarme tanto, mejor dicho, resonarme, sólo puedo decir que me hermana más contigo de lo que sospecharse pudiera. Hace poco leí que unos padres tóxicos hacen básicamente dos tipos de hijos: los que se hunden en la tristeza, y los que se defienden con la rabia. Me aventuro a diagnosticar que ambos pertenecemos a esta segunda clase. Normalmente la rabia te hace remontar. A mi hermano le pudo la tristeza, y sigue en la cuneta.

    Este salto desde tu biografía a la situación actual es una elipsis eficaz para reducir los hechos a lo esencial. Antaño resucitando para desenmascarar a Hogaño. Justo antes del punto final he podido ver en tu rostro aquella misma mirada con la que descolocaste a tu padre.

    Conozco lo que hay en esa mirada porque la veo en mi propio espejo.
    Rabia a secas.
    Rabia.

    Hay una palabra moderna para personas como tú y yo.
    Resilientes.
    Sea.

    1. Querida hermana: Qué bien te expresas. Lo de antaño y hogaño es la primera vez que lo veo. No soy dado a la tristeza, pero no tengo claro que me defienda con rabia, solo cuando superan mis límites, y entonces puedo perder las formas; cuando esto ocurre se suele perder también la razón, aunque se tenga toda. Tampoco se si he sido un buen resiliente, pero si un buen piscis que sabe o le gusta ir contra corriente, y a veces es más conveniente dejarse arrastrar por ella, sin abusar, para no perder el espíritu de lucha.
      Me alegra que entiendas bien “esas” miradas y espero que no tengas muchas ocasiones lanzarlas. De recibirlas, no ha lugar. Siento mucho lo de tu hermano. Un abrazo.

  3. Eugenio

    Querido Antonio tu infancia y la de tus hermanos, es digna de recordar como ejemplo para no reproducirse.
    Lo de esta gente, y llamo generosamente “gente” a este gobierno,es también una señal clara de declaración de guerra contra su pueblo. Ya en el siglo XV eran mas demócratas que estos…..los castillos se construían inexpugnables para los que venían de fuera de las murallas y abiertos para el pueblo desde dentro.
    Hoy, el gobierno nos considera su enemigo, y esto provocará reacciones “cataneras”, lo contrario es una subestimación del “guerrero” español.

    1. Eugenio, el guerrero español, imagino que como el de muchos paises, ha cambiado la catana por la tablet o el smartphone, disparamos mala leche, pero hace poca pupa y encima saben dónde estamos. No necesitan castillos, nos tienen embelesados con tanto cacharrito. Valen para todo, menos para sacar fotos a la pasma rompiendo una costilla, esa aplicación va a salir muy cara, espero que por poco tiempo…a estos siempre se les va la mano.

  4. Nacho

    No es la primera vez – y supongo que no será la última – que me quedo impactado con algunos de los pasajes de tu infancia y adolescencia,que en ocasiones has ido describiendo.
    Me lleva a la reflexión de que verdaderamente, que poco sabemos de nuestras respectivas vidas. Si en otras ocasiones me quedé un poco tocado con episodios que describías sobre tu relación paterno-filial, hoy, al leerte, me he quedado bastante afectado, al conocer lo que les pasó a tus dos hermanos. El ya grave acontecimiento de tu hermano pequeño, debido a las prácticas de la época (tíos o amigos de la familia que nos ponían las inyecciones en casa) y al abandono del citado médico, se vio seguido de la desaparición de tu hermano Carlos. Si las noticias que veíamos hace un par de años sobre el secuestro de niños en las maternidades por clérigos, monjas y médicos, me ponían los pelos de punta y hacían “jurar en hebreo”, el saber que alguien que conoces ha pasado por algo parecido, me ha provocado un gran impacto y mucha pena. Entiendo mejor algunos episodios y situaciones de tu vida – de las que en alguna ocasión me hiciste partícipe – y muchas de las cosas que nos describes en tus escritos y me cuesta entender como con esas vivencias no eres aún más beligerante de lo que ya eres con estos tipos que durante decenios controlan y manejan nuestras vidas. Será quizás porque eres mejor persona de lo que yo ya pensaba. Un abrazo.

    1. Nacho, quédate con lo que pensabas antes. He perdido muchos recuerdos, o mi memoria se ha encargado de que sobrevivieran los buenos para equilibrar la balanza. Obviamente, hay algunos que son imborrables, más por lo que han marcado a otros seres que a mi mismo. Yo era pequeño en ambos sucesos. Cronológicamente fue primero el de Carlos y cuando mis padres no se habían repuesto vino el segundo. Quizás por ello puedo llegar a entender, en alguna medida, el control férreo doméstico. Y sí, podría sorprenderte muchísimas veces. Me cuesta este desnudo virtual, no creas, aprovecho para conectarlos con la realidad, normalmente. Todo está muy lejano, muy superado, aunque me dan cierta envidia las familias felices y unidas. No pretendo impactar a nadie, y menos a los que me conocen algo, pero soy consciente de que puedo generar esa emoción al contar ciertos pasajes, pero, por favor, “desimpáctate”, no añadas penas a las que ya nos provocan los desalmados que nos representan, o las que tu vida te ha enviado, que también me consta por las actualizaciones que ocasionalmente nos hemos hecho.
      Ciertamente algunas rabias o fobias reviven con fuerza cuando vuelves a encontrarlas en el presente, de otra forma, pero generando tanto daño a tanta gente. Estoy convencido de que para llevar a cabo determinadas medidas políticas, económicas, etc, para reproducir modelos tan nefastos, para esquilmar como se esquilma, hay que ser algo sicópata. Efectivamente, me cuesta reprimir la beligerancia, si lo hago en exceso quizás sea debido al recuerdo del cinturón.
      Un abrazo

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