La manada

Freire apretó el bote de kétchup y dirigió el espeso chorro a la hamburguesa, ocultando las huellas de sus dentelladas. Hizo un lapsus para limpiarse la grasa, repartiéndola entre la misma boca, la traslúcida servilleta de papel y la mayoría de los dedos. Abrió la carpeta que tenía delante. Extrajo unas fotos y las esparció por la mesa como si repartiera cartas en una partida de póquer.

Otro jodido asesinato. Siempre en el momento más inoportuno, pensó. El que estaba atravesando lo era. Una separación atascada en negociaciones ridículas y una amenaza de retirada de placa con la correspondiente suspensión de empleo y sueldo por sus últimos abusos de autoridad. La paciencia había dejado de ser una virtud para convertirse en una pérdida de tiempo. Sobre todo cuando se enfrentaba a un hijo puta integral. Joder, nunca le hicieron falta los buenos modales, –se decía. La policía se estaba convirtiendo en una panda de nenazas. Un par de hostias bien dadas suelta las lenguas más resistentes. No suele fallar. Además de relajar la tensión en momentos duros, tan abundantes en su trabajo. Para ser sincero debía reconocer que más de uno de aquellos golpes iba dirigido mentalmente a la zorra de su mujer. Si con ellos ayudaba a arrancar una declaración “favorable” los daba por bien empleados.

Bárbara. Ama de casa. 37 tacos. Rayaba en el sobrepeso pero iba bien con en aquel cuerpo duro que exhibía bellas geometrías. Los rasgos más sobresalientes, nunca mejor dicho, eras unas prominentes tetas y unos glúteos poderosos. Un pedazo de culo. De buena gana se la follaría. Empezando por detrás. Realmente le echaría unos cuantos. Llevaba casi un año en un secano sexual. Bárbara. El nombre hacía justicia a aquella hembra. Se llevó la mano al paquete y se la notó morcillona. Si estuviese solo en el local se haría una paja en su honor. Nunca se sintió un depravado por estas ideas. Tal vez al principio. Había decidido ver su oficio de otra manera. Reconocer una belleza aunque estuviera tumbada en el carro de una morgue. Qué cojones. De qué iba si no todo ese rollo de ser positivo. Cuando le caía un fiambre como aquel pensaba que en el fondo a la muerta le agradaría ser deseada hasta ese extremo. A buen seguro que ella satisfaría cualquier impuesto sexual por volver a la vida. Qué mejor forma de restarle protagonismo a la muerte que admirando un cuerpo como aquel antes de que fuera un catering para los gusanos.

Freire había escudriñado el escenario del crimen nada más recibir el aviso, una semana atrás. Varios vecinos escucharon un grito agudo. Después, el chirrido frenético de unos neumáticos sobre un asfalto aun caliente. El jefe le había adjudicado el caso aunque no le correspondiera, era un experto eficaz en este tipo de crímenes. A cambio le pasaba por alto algunas cosillas. Una moral con caja B presidía el departamento.

Homicidio limpio, podría decirse. Sin balazos o espantosas cuchilladas. Sin sangre sobre paredes que parecen cuadros impresionistas sin terminar. Ni moquetas encharcadas o camas ensangrentadas. El morbo queda huérfano sin color rojo. A cada extremo del sofá del salón había sendas prendas que formaban parte de un conjunto de lencería, ambas rotas, como arrancadas a la fuerza. En una mesa centro paticorta varios vasos desperdigados, con distintas bebidas y diferentes niveles de llenado. Había, a cambio, un olor espeso y penetrante. Mezcla de semen fluidos vaginales y orina, anticipó la policía científica. El cadáver estaba desnudo y en posición genopectoral; apoyado sobre las rodillas, culo hacia arriba, pechos en suelo, brazos extendidos como si quisieran alcanzar los tobillos. Se conoce también como posición Mahometana. La imagen recuerda la maqueta de un monte en el que el culo fuera la cumbre. Vistas espectaculares, menudo guateque se montó el pájaro, se dijo Freire. Con él hubiese tenido un final feliz –pensó de inmediato para atenuar ese sentimiento. Una primera inspección ocular confirmó una fiesta del esperma: estaba presente, ya reseco, en boca, pechos, pelo, vagina, ano y nalgas. Hematomas en distintas partes y pequeños restos de sangre coagulada en los orificios genital y anal.

Ningún indicio de robo. Nada forzado ni cajones revueltos. En el bolso de la víctima una cartera que contenía carnés, tarjetas de crédito y unos cuantos billetes. Extrañaron la ausencia de teléfono móvil, raro, en estos tiempos. El agresor no se molestó en crear pistas falsas. Podía significar que no era un profesional. Tal vez un imprevisto le hizo abandonar precipitadamente la casa. Una situación que se le pudo ir de las manos, convirtiendo ese homicidio en su ópera prima. Mientras hacía estas cavilaciones Freire se dirigió a un teléfono inalámbrico situado sobre el recibidor. Había un mensaje en el contestador: “mamá, en unos minutos estoy ahí para recoger algunas cosas que necesito. Voy con un amigo. Ciao”. Eran las 21:20, solo media hora antes de que llegara él. En el exterior, el murmullo de un grupo de curiosos. Vecinos y gente de la prensa.


Segunda parte (de tres) pinchando aquí

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22 comentarios en “La manada

  1. Pingback: La manada. Final – Icástico

  2. Joder, qué rapidez publicando. Intriga a tope, voy a por la segunda parte. Por ponerte una pega, que tengo que ponerla, echo a faltar alguna foto de Bárbara y de su culazo, ahora me lo tengo que imaginar todo…Es una pega de broma. Brillantes frases, como ésa de la ausencia de morbo sin el rojo y otras…

    1. Rapidez (producción) porque son relatos que ya tenía hechos como actividades de un taller literario, con algún retoque. Yo casi prefiero no tener una foto de Bárbara o Freire iba a parecer un mojigato a mi lado 🙂

  3. Pingback: La manada (2/3) – Icástico

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