Hasta siempre, Manolita

Hay silencios majestuosos, solemnes. Son hermosa partitura cuando fallan las palabras. O no es que fallen, es miedo de no saber convocar a las mejores y que se presenten todas a coro, sin desafinos. Aquellas que definan certeramente a una persona que ha alcanzado la categoría de (saber) ser humano. Ser Humano. Como tú, Señora. Como tú, Manuela Elena Guntín López. Manola. Manolita para los cercanos. Aunque no consiga estar a tu altura intentaré dedicarte algunas. Sé que me perdonarás si me quedo a mitad de camino porque es marca de la casa y porque nunca fuiste dada a las alturas ni a las personas que se empeñan en morar en ellas a toda costa, por mucho que quiera elevarte yo a los reinos de los cielos. Y más allá. También sé que tu alergia a boatos y alharacas me hubiesen impedido incluso iniciarlo pero soy tan cobarde que ahora que te has ido te llevaré por una vez la contraria. Ahora que remataron las exequias del tránsito y que la soledad resulta buen bálsamo contra el dolor –ambos se hacen arrumacos– estoy un rato contigo para cantarte las cuarenta.

Jamás imaginé cuanto puede enriquecer la humildad hasta que tuve la fortuna de conocerte y tratarte. Tampoco sabía todo el sentimiento que puede albergar una lagrima en su vientre mientras hace su brillante y triste peregrinación de despedida. Ni tenía idea, como la tengo ahora, de que la ausencia tuviera de verdad volumen y que pudiera ser tan grande, ya lo creo. Sí, fuiste algo muy difícil de ser: sencilla y humilde.

Fuiste maestra secreta, sin horarios. Enseñabas cuando hablabas, cuando estabas en silencio o por medio de una mirada. El tiempo siempre te dio la razón y firmaba cada una de las corazonadas que pronunciabas –hijas de la experiencia y la intuición– que se acababan haciendo realidad. Tan hija, tan madre, tan abuela, tan loba. Tan esposa, tan compañera, tan amiga. La coherencia te ponía de continuo como ejemplo. Sabiduría en fascículos. No había comida cena o reunión en la que no te robara yo una “perla” sin que lo supieras y que para si quisieran muchos gurús y coach de la oportunidad.

Suegra me parecía una palabra fea pero me convertiste en orgulloso de exhibirla, de ser yerno. La “roja” más cristiana que he conocido, la más buena generosa y discreta. Nunca una mano supo lo que hizo la otra. No había jefes ni lacayos. No había galones. Todas eran iguales. Fuiste sin duda la envidia de quienes se pasan la vida llevando la mano a un pecho vacío de arrepentimiento, sin un gramo de persona, se les nota a la legua, no hay disfraz que las camufle. Tú sola eras toda una estirpe del bien y la bondad. He confirmado que para mi no existen cristos ni dioses, solo Manolitas desde el momento que marchaste. Lo juro por Manolita, diré, no habrá pluma ni papel firmado con más valor. A veces creo que Dios te castigó con tanto dolor por hacerle la competencia.

Aunque en vida despertabas y te acostabas con las “gracias” en la boca –por cualquier cosa– dirigidas a toda la gente que entraba en tu entorno aprovecho para hacerme eco de nuevo de ellas, a mi manera. Gracias a la familia que fue familia. Gracias a los amigos y compañeras de trabajo que me asesoraron, me soportaron y me animaron. A las alumnas que hicieron lo mismo. Gracias a las cuidadoras de sus últimos meses, en especial a Pili, que la trataron como a una madre y acabaron siendo hijas, llorando junto a las que lloraron. Pero, sobre todo, enhorabuena a la gente que tuvo la fortuna de saber escucharte. Eso será un legado.

En mis paseos por el muelle, tu antigua y querida morada, notaré que los barcos salen sin rumbo y la marea echa de menos tu presencia. Seguro que te dedicarán alguna ola. Te enterraron el día de mi cumpleaños, es imposible llevarte más dentro y estar más dichoso de esta confabulación de fechas.

Claro que tenías manías y tozudeces. Por supuesto que no eras perfecta. Pero fuiste la mejor imperfecta que conocí. Es un poco tarde para cambiar, pero te prometo que haré un esfuerzo por recorrer el último tramo a lo Manolita.

PD.: Manolita, te fuiste sin los bombones, los estamos tomando a tu salud. Un beso eterno.

20 comentarios en “Hasta siempre, Manolita

  1. Preciosa despedida, e imagino tu enorme satisfacción de haber tenido en tu vida a una persona de semejante calidad humana, pues se supone que es lo normal, pero todos sabemos que no es así. Un enorme abrazo!, que no consuela pero ayuda.

  2. Stella

    Las Manolitas dejan huella, de esas que pocos las transitan. Se va sonriendo, cuando un Yerno, Un hijo Político, la recuerda, con ese amor profundo, que es desgarro y ausencia a mismo tiempo.

  3. Tus sentidas palabras amigo icástico te dignifican. Solo quien siente puede hacer una loa como la que tu has plasmado aquí. Lágrimas de honor, letras de mármol, para una vida ejemplar. Las vidas de esas personas son las que nos hacen sentirnos orgullosos de nuestro paso terrenal, querido amigo. Sentimiento, el más profundo, yo ya pasé por él y también la quise tanto como a mi propia Madre.
    Un abrazo sentido

  4. Bellísimo texto de despedida. Has forzado mi sentimiento hasta un límite dificil de llegar. Quizás ella era excepcional y tú merecías su presencia en tu vida. Un abrazo para tí y para tu mujer.

  5. Mariano

    Antonio. Antes que nada a la distancia un abrazo. No es fácil sobrellevar ese oxímoron terrible de la absoluta y rotunda presencia de las ausencias. Las buenas personas, al irse, nos dejan un vértigo en el estómago, fruto de tener que mirar el vacío insoldable del hueco que nos dejan. Y uno -hablo por mí- que ha sido ateo desde Dios sabe cuándo, termina deseando que haya un Cielo para reencontrarlos, para poder vivir la eternidad sin las molestias cotidianas, para vivir en domingo y de almuerzo familiar en una larga mesa con todos los seres amados que han partido.

    Inútil es intentar mitigar el dolor, no hay forma, es una necedad como pretender que un tajo en la carne se cure por pura decisión. De aquí hasta que dure tu vida habrás de sorprenderte evocándola emocionado en aquellos sitios que te traigan su nombre a tu boca. Envejecer, de este modo, ha de ser el ejercicio y el cansancio de las despedidas: calculo que no hay más viejo que aquel que se ha quedado sin sus afectos de toda la vida. Esa es la parte agria del vivir.

    Por lo demás, en lo que a escritura se refiere, me saco el sombrero ante esta demostración de la belleza que existe latente en el idioma castellano y que vos has rescatado limando y engarzando palabras para construir un responso maravillosamente triste.

  6. Cuando te leía recordaba alguna Manolita que he conocido, humildes y siempre dispuestas a echar una mano a cualquiera, y me he emocionado. Es triste que se vayan de este mundo en silencio y poco reconocidas, pero por otra parte uno entiende que no puede ser de otra forma. Precioso el texto, Antonio, cargado de sentimiento.

  7. Que suerte tenías tener al lado la persona que era así…”.Fuiste maestra secreta, sin horarios.” Ella no se fue…estará para siempre con vosotros, ya veras…de ahi va a ayudaros.

  8. Antonio

    Querido Antonio, joderrr, que abuso de belleza y sentimiento en tus palabras.
    He tenido que secar las lágrimas y los mocos para poder teclear en medio de una visión borrosa.
    Seguro que Manolita sonríe, humilde, pero orgullosa de que alguien la recuerde y quiera así como tu has hecho, haces y harás.
    Seguro que ya en vida le has hecho ese reconocimiento, aunque ella no lo sintiera merecido, por humilde.
    Que suerte y honor haber podido conocer, aprender, admirar y querer a un ser humano que produce esos sentimientos. Tu escrito la honra y te honra, pero sobre todo me confirma que el ser humano, por humano, es capaz de reconocer/se en otros al respetarse/los.
    Compruebo que Manolita, la “roja” más cristiana, alcanzó el ser la mejor entre las imperfectas y esa definición no tiene límite en su grandeza, entre los humanos humildes, por la condición y naturaleza de imperfectos, se les mire como se les mire.
    Un fuerte, fuerte abrazo y el recuerdo respetuoso para Manolita a quién me hubiese fascinado conocer.
    Apertas republicanas.

  9. Majelola

    Mi sentido pésame, Tucho. Es tan hermoso lo que has escrito, que para qué añadir nada. Sólo un abrazo extensible a la hija de Manolita, tu amor.

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