Sin palabras (II)

Llegó a mis ojos un artículo sobre palabras moribundas. Muchas veces he pensado en ellas sin saber cuantas son ni cuales las que sucumben sin darnos cuenta. El lenguaje económico (ahorrar letras, puntos, comas, uves y bes para acotar tiempo, espacio y maquillar carencias) se impone en los chats. Imágenes, emoticonos, stickers, etc. son la puntilla. Lapidan la palabra. Lenguas seculares con dos simples pulgares acorraladas. Somos poco creadores, vagos hasta para escribir. O pensar. El mensaje queda herido, lacerado. Queda apolillado. Vamos al encefalograma plano, véase el auge de trumps y lepenes, personajes de cómic dirigiendo nuestros destinos o a punto de hacerlo. Quizás el problema sea, precisamente, que nos conformamos con pocas palabras. Ellos saben cuales son y las manosean de continuo.

Asi que he decidido hacer un homenaje a algunas de las caídas en el camino y que extiendo a todas las afectadas por el olvido y la modernidad. Boca a boca a unas cuantas palabras o palabros que he recogido de ese desierto de amnesia. Una fibrilación. Allá vamos.

Hace poco me hice con un trastero, inesperadamente. Una herencia. Viejo deseo, ahora cumplido. El precio, de momento, es la salud. Entre vaciarlo, limpiarlo y rellenarlo con otros archiperres que me acosaban silenciosamente en casa empleé decenas de viajes. Muchos trastos fueron a parar al punto limpio, ahora menos limpio. Triste es no alcanzar ni el derecho a okupar un trastero. De todos me he acordado de noche, de día o cada vez que me movía. Bueno, me lo recordaron los huesos, los riñones, espalda, piernas, brazos manos, muñecas; miembros que interactuaron en el desahucio. Escalera arriba, peldaños abajo. En cajas, sacos, cubos y variados continentes contenedores. Cómo sería la cosa que resucité también mi viejo repertorio de tacos, no dejan de ser palabras. Alguno podría herir esos sentimientos religiosos (y otros) a flor de piel de los que hace gala esa tropa beata y ñoña sin más relleno que la religión. Tan fácil de herir con chorradas. Ostia. Si fuera un aviador, de aquellos que surcaban los aires en arriesgadas misiones, arrojaría sobre ella paquetes de cordura y algún otro repleto de sus propias contradicciones. Gente que reza mientras crucifica.

Cumplida la misión me iría de cuchipanda con los amigotes para celebrar la gesta. Me vestiría y acicalaría como un dandi, perfume incluido, lo que gusta a la beatería rancia: la falsa apariencia. Actuaría como tal. Se iban a partir los ijares de la risa (esta palabra es posible que haya muerto; la esquela pudo pasarme desapercibida). No me cortaría un pelo, ni dos, como buen descocado que soy, o por tal me tengo. Lo íbamos a pasar fetén, lo juro por las viudas de Lugo.

Cuando era un parvulito de pantalón corto, glúteos prietos, ingenuo e inocente, delicatessen para curas –alguno octogenario– adictos al sexo de niños sumisos y silenciosos amenazados de pecado mortal si hablan (el del sacerdote que sodomiza mientras amenaza es oculto o ignorado y por lo tanto venial hasta el punto que puede seguir repartiendo el cuerpo de cristo sin remordimientos), cuando era un niño, decía, me enviaba mi madre a la lechería del barrio a por la leche del día. Venía en una bolsa que se introducía en una jarra y se cortaban las esquinas para verterla en la taza como me vertía yo en la efervescencia haciendo la zambomba. Y no me quedé ciego, aunque reconozco que tengo una presbicia galopante, poca para tanto solitario como hice, dios mio. Tras el recado subía en el artrósico ascensor. Rodeado de señoras pías que no paraban de recordar ante cualquier asunto que lo importante era la salud, cosa a la que ahora me sumo sin reparo pero que entonces me parecía una pesadilla. Alabado sea dios, decían, tras interrogarme sobre lo que les parecía bien. En alguna ocasión que hablé de política le fueron con el parte a mi señor padre, las muy. Unas collejas de penitencia me reportaron, en aquella época del tardofranquismo. Mojigatas.

Quien realmente me explotaba era mi viejo. Me convirtió en su ganapán. Ni becario ni pollas. Su esclavo full time. A veces, cuando veníamos de la calle, al pasar por el estanco, le preguntaba si tenía tabaco. En un acto casi reflejo palpaba el bolsillo de la chaqueta y decía que si. Nada más llegar a casa me enviaba a por un paquete de Ducados, “papá, te acabo de preguntar si tenías tabaco y dijiste que si” –-soltaba yo, ¿qué pasa, muchacho, es que te molesta hacer un recado a tu padre? Chantajeaba él. Si solo fuera uno, pero me pasaba la vida en la calle, de paje de su majestad (esto me lo callaba). Murió de diabetes –o sus complicaciones– recién jubilado, a los 66, RIP. Podría decirse que la trabajó gramo a gramo. Tenía una dulcería favorita para los días de fiesta. Se comía los pasteles, dosificados y casi prohibidos para sus ocho hijos. Una tortura. Zamparse alguno a escondidas traía complicaciones. El problema es que yo, por ejemplo, metía uno pensando que pasaría desapercibido. Lo malo es que los otros siete pensaban lo mismo, a pesar de ser menores. El muy tal los contaba antes de enviarlos a la nevera.

En aquella época cualquier película le bastaba para ponerse cachondo. En cuanto veía una enagua, especie de tienda de campaña que llevaba la mujer bajo la falda, nos mandaba salir de su habitación, que era como un teleclub casero en el que se ubicaba la única tele –entonces un lujo– y ya se podía preparar mi vieja. Un pololo le valía, dado el caso. Fuera de la habitación.

Y de mi, qué puedo decir. Me independicé. Me fui de casa a la edad en que la ley lo permitía. No quise ser un gallofero y vivir del cuento ni de chistes. Antes de irme practicaba el pseudo pijismo, nunca lo entenderé, intentando disfrutar de las pocas libertades que me quedaban como hijo objeto. En realidad era un sucedáneo de pijo, imagino que en imitación de los verdaderos, aquellos con los que mi padre me obligó a convivir en colegios del Opus (los peores cuando aún estás por moldear) y niños repletos de pasta, la misma de la que carecíamos en casa. Por ahí iba yo de guaperas, con gafas de sol bastardas, ni Ray ni Ban, tipo policía. Y mi niqui. Con tal pinta entraba en las discotecas de moda sin percatarme de la guisa que portaba. Pardiez, ¡qué vida! Luego sí que me encontré con la Vida de verdad. Ahora no me importaría ser un zorrocloco como mi presidente «Hombre tardo en sus acciones y que parece bobo, pero que no se descuida en su utilidad y provecho» (DRAE). Así, desapercibidamente.

Otra entrada Sin palabras (I)


36 comentarios en “Sin palabras (II)

  1. Hola, Antonio. Me había perdido esta entrada tuya pero What me la enlazó y me alegro porque es muy buena.
    Dicen que el pensamiento va unido al lenguaje y que sin este no se piensa. Si reducimos el vocabulario pensamos menos. O peor.
    Me gusta como cuentas cosas de tu vida a través de esas palabras en desuso. Algunas no las conocía pero muchas otras sí.
    Besos!!!

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    1. Paloma, me gustaría poder contar más cosas de mi vida pero la memoria no me deja hacerlo. A veces, cuando me junto con hermanos o amigos de la infancia me sacan un ¿te acuerdas cuando papá, mamá, tú (o el que sea)…? y seguidamente me alimentan con detalles que consiguen darle vida nuevamente a un recuerdo olvidado. Me da miedo haber perdidos tantos, por eso, cuando me viene alguno con nitidez suelo atraparlo, lo ato a un post para que no se escape nunca más y queden incluso testigos de él, que sois vosotr@s. Agradezco el detalle de what por enlazarte hasta aquí y, por supuesto, que te guste seguir llegando, aunque las ganas de escribir (los motivos) me estén también abandonando, aunque luche.
      Besos!!!

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  2. ¡Qué bueno! He tenido que buscar un par de palabras en el diccionario, así que hoy soy un poco más sabia, ¡gracias por tu artículo! Es cierto que la mayoría de las palabras que resaltas las he leído en novelas, pero jamás las he oído pronunciar, es una pena.

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  3. Nacho

    Gracias por el post Antonio. Alguna nueva palabra aprendida con él . Incluso es difícil encontrar en prensa pseudo-sería vocablos de esta índole. Salvo algunos periodistas como Iñaki Gabilondo o escritores como Javier Reverte , en sus libros de viajes, o Juanjo Millás (que me hizo recordarte cuando hace poco lei su libro El Mundo, debido a alguna de sus vivencias familiares, que tu a veces compartes en tus posts), no es fácil tomarnos con palabras así. Hay que salirse de los “best-sellers”. Pero hay esperanza….. el otro día, hablando con mi hija pequeña (por especificar, pues ya son 30 años), me sorprendió en una conversación, acerca de una mujer que era una CASQUIVIANA…… La de tiempo que hacia que no oía esa palabra……. Felicidades por lo escrito!!.

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    1. Nacho, permíteme una corrección, seguro que se te fue el dedo: CASQUIVANA. Ya que estamos resucitando palabras por lo menos que salga bien la cosa. Es que es un vocablo muy leído y escuchado, mi padre lo pronunciaba con relativa frecuencia, en aqullas épocas era fácil que cualquier mujer pudiera ser acreedora a tal término, con tanto puritanismo (e hipocresía) como había. Gracias, Nacho (si que es raro escucharla en boca de gente joven)
      Hay una palabra que siempre que podía hacía por sacarla: Tumefacto/a. Quienes me conocían ya sabían de esta manía y se reían cada vez que se cumplía la ocasión.

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  4. Antonio

    Querido Antonio, coincido contigo en que se están cargando el lenguaje, con lo que ellos significa.
    Cada día más disfruto de las conversaciones y/o escritos de aquellos que utilizan el término preciso o aportan aquel ya en el olvido pero que refleja con precisión y puntualidad el sentido y el ánimo de lo que se pretende expresar.
    Recuerdo “lacazán”, expresión que utilizaba mi padre para referirse cariñosamente al que escurría el bulto cuando había curre para todos.
    Petímetre para identificar a los que no pintaban nada a pesar de pretender figurar cuando era lo menos oportuno.
    “Zascandil” para identificar cariñosamente a los más jóvenes que iban y venían sin comprometerse en nada.
    !Que tiempos! No los añoro porque sí, simplemente representan unos momentos en que estábamos todos, especialmente él, con quién fue un placer convivir y quién se esforzó todos los días en enseñarnos a ser mejores. Afortunados que fuimos entonces, y ahora, al escuchar y leer lo que otros contáis. Si, afortunados.
    Amigo, los tiempos que corren no ayudan a nada, pero estoy convencido de que no nos moverán. No, no nos moverán, aunque ganen elecciones. No seremos testigos vencidos. No seremos vencedores, pero nuestra capacidad de crítica y de no callar seguirá ahí sin desmayo, aunque aparentemente no tenga frutos.
    Un abrazo de esos que hacen sentir calor que cura, para tu recuperación, que es y será la de los que te leemos y disfrutamos de tu “cordura”.
    Apertas Republicanas.

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    1. Querido tocayo, estoy en plan corrector, ya lo hice con Nacho, creo que es petimetre, sin acento. Y que lacazán no es castellana (supongo que gallega). Pero todas ellas las he leído con frecuencia. Petimetre me recuerda a Pérez Galdós, no porque me lo parezca él, sino porque me transporta a sus novelas, a sus Episodios Nacionales. Hay palabras tan rotundas que es una pena dejarlas morir. Otro abrazo.
      Apertas Republicanas

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  5. Gallego del alma, cuando leí el título de tu entrada en mi email, me dije: “¿El gallego sin palabras?”. Imposible, claro. Me has hecho reír con tu entrada. Genial. Ay, ay, ay, que mencionaste al trumpo. De ese ni me quisiera acordar.

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    1. Zorrocloco tampoco la conocía yo, en cuanto la leí en el DRAE (entre comillas puse la definición que ahí viene) se me vino el mismísimo Rajoy a la cabeza, me pareció el ejemplo ideal.
      Otro abrazo.

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  6. Muy bueno, cuantas palabras que no he extrañado, y me ha sorprendido que alguien lo haga, como dandi (Muy bueno el enlace al varón, jejeje) o lechería!
    En cuanto a las ofensas a los sentimientos, parece que solo tengan valor los de una religión en concreto, me entristece que tengan más valor unos sentimientos que otros, tan legítimos como los primeros. Cuando oímos lo que predican algunos miembros de la Iglesia sobre la mujer, el aborto, o la igualdad de sexos, que claramente atentan contra los principios democráticos y constitucionales, ¿no debemos sentirnos ofendidos? ¿deberiamos aplaudir a los que se muestran nostálgicos del dictador? ¿habría que denunciarlo todo? Para reflexionar, o buscando palabras de hace un tiempo….para mear y no echar gota, permitidme la expresión.
    Saludos!!

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