Ciao, Mateo

A veces la Parca arremete contra la vida a dentelladas, de improviso, con urgencia, llevándose un buen bocado. Como si quisiera reivindicarse, como si no fuera suficientemente temida. Esta vez vino a por ti, Mateo. Con nocturnidad. Manjar irresistible. Estabas en racha, encaramado a un éxito más que merecido, pero ese lugar parece tener malos anclajes, resultar resbaladizo. La muerte te vio ahí arriba, tan guapo, tan feliz, y no pudo resistir semejante provocación. La felicidad debería ser un secreto. No conviene publicitarla porque tiene muchos enemigos. Eras un eumés querido, cosa fácil, por otro lado. Allanabas los corazones con una sencillez pasmosa, un lujo de ratero, ¿cómo resistirse a tus sonrisas tus miradas y tu compromiso con todo el pueblo?

A la Dama Oscura no le gusta la luz y tu brillabas demasiado, de día, de noche. Brillabas sirviendo copas en los bares de Pontedeume antes de acabar brillando como actor, porque también sabías asaltar los sueños. Ahora nos quedarán tus personajes. Y tu persona, esa nunca se irá porque hacen falta referentes para los que quedamos aquí un rato más. Nos hace falta tu ejemplo. El de un luchador incansable que se ha reído de los reveses. He visto muchas almas tocadas y encharcadas en lágrimas a las puertas del cementerio. Llantos ingobernables. He visto narices de payaso, de varios colores, como esa que llevabas en el bolsillo y te colocabas cuando había que levantar el ánimo del amigo desanimado. He visto el fruto de tu cosecha de amor, salpicando tus cenizas. Ciao, bambino, aunque deberías haber sido de los últimos en abandonar el barco. Te haré una visita de vez en cuando.

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Foto: Pixabay

Hasta siempre, Manolita

Hay silencios majestuosos, solemnes. Son hermosa partitura cuando fallan las palabras. O no es que fallen, es miedo de no saber convocar a las mejores y que se presenten todas a coro, sin desafinos. Aquellas que definan certeramente a una persona que ha alcanzado la categoría de (saber) ser humano. Ser Humano. Como tú, Señora. Como tú, Manuela Elena Guntín López. Manola. Manolita para los cercanos. Aunque no consiga estar a tu altura intentaré dedicarte algunas. Sé que me perdonarás si me quedo a mitad de camino porque es marca de la casa y porque nunca fuiste dada a las alturas ni a las personas que se empeñan en morar en ellas a toda costa, por mucho que quiera elevarte yo a los reinos de los cielos. Y más allá. También sé que tu alergia a boatos y alharacas me hubiesen impedido incluso iniciarlo pero soy tan cobarde que ahora que te has ido te llevaré por una vez la contraria. Ahora que remataron las exequias del tránsito y que la soledad resulta buen bálsamo contra el dolor –ambos se hacen arrumacos– estoy un rato contigo para cantarte las cuarenta.

Jamás imaginé cuanto puede enriquecer la humildad hasta que tuve la fortuna de conocerte y tratarte. Tampoco sabía todo el sentimiento que puede albergar una lagrima en su vientre mientras hace su brillante y triste peregrinación de despedida. Ni tenía idea, como la tengo ahora, de que la ausencia tuviera de verdad volumen y que pudiera ser tan grande, ya lo creo. Sí, fuiste algo muy difícil de ser: sencilla y humilde.

Fuiste maestra secreta, sin horarios. Enseñabas cuando hablabas, cuando estabas en silencio o por medio de una mirada. El tiempo siempre te dio la razón y firmaba cada una de las corazonadas que pronunciabas –hijas de la experiencia y la intuición– que se acababan haciendo realidad. Tan hija, tan madre, tan abuela, tan loba. Tan esposa, tan compañera, tan amiga. La coherencia te ponía de continuo como ejemplo. Sabiduría en fascículos. No había comida cena o reunión en la que no te robara yo una “perla” sin que lo supieras y que para si quisieran muchos gurús y coach de la oportunidad.

Suegra me parecía una palabra fea pero me convertiste en orgulloso de exhibirla, de ser yerno. La “roja” más cristiana que he conocido, la más buena generosa y discreta. Nunca una mano supo lo que hizo la otra. No había jefes ni lacayos. No había galones. Todas eran iguales. Fuiste sin duda la envidia de quienes se pasan la vida llevando la mano a un pecho vacío de arrepentimiento, sin un gramo de persona, se les nota a la legua, no hay disfraz que las camufle. Tú sola eras toda una estirpe del bien y la bondad. He confirmado que para mi no existen cristos ni dioses, solo Manolitas desde el momento que marchaste. Lo juro por Manolita, diré, no habrá pluma ni papel firmado con más valor. A veces creo que Dios te castigó con tanto dolor por hacerle la competencia.

Aunque en vida despertabas y te acostabas con las “gracias” en la boca –por cualquier cosa– dirigidas a toda la gente que entraba en tu entorno aprovecho para hacerme eco de nuevo de ellas, a mi manera. Gracias a la familia que fue familia. Gracias a los amigos y compañeras de trabajo que me asesoraron, me soportaron y me animaron. A las alumnas que hicieron lo mismo. Gracias a las cuidadoras de sus últimos meses, en especial a Pili, que la trataron como a una madre y acabaron siendo hijas, llorando junto a las que lloraron. Pero, sobre todo, enhorabuena a la gente que tuvo la fortuna de saber escucharte. Eso será un legado.

En mis paseos por el muelle, tu antigua y querida morada, notaré que los barcos salen sin rumbo y la marea echa de menos tu presencia. Seguro que te dedicarán alguna ola. Te enterraron el día de mi cumpleaños, es imposible llevarte más dentro y estar más dichoso de esta confabulación de fechas.

Claro que tenías manías y tozudeces. Por supuesto que no eras perfecta. Pero fuiste la mejor imperfecta que conocí. Es un poco tarde para cambiar, pero te prometo que haré un esfuerzo por recorrer el último tramo a lo Manolita.

PD.: Manolita, te fuiste sin los bombones, los estamos tomando a tu salud. Un beso eterno.

Intocable presencia

Ay, no duermes amor
te arrullaría con mis latidos
aunque parezcan chirridos
por ser viejo el corazón
y te desvelen sus ruidos.
Todavía estás despierta
si tuviera valor
te diría que fuiste real
y ahora eres un sueño
porque cuando estás
no te tengo
como antes
intocable presencia.
Me gustan los te quiero
tanto como tus caricias
que aún erizan mi vello
porque todavía te siento.
Tomaré un bus al pasado
me bajaré donde te vi
aquella primera vez
y romperé el billete
para anular el regreso.

(imagen Pixabay)

“The wall”

El maestro del taller literario me ha obligado a asaltar los muros de Zuckerland tras los que se parapetan compañeros de letras. A pesar de mi incipiente artrosis y de los años que hace que no dejo las rodillas en tales empeños. Ahora que soy un señor mayor tirando a eremita me he visto forzado a solicitarles amistad en FB antes de poder asaltar la confianza, con esta tardía gamberrada, de quien me la conceda. Así, sin conocerlos de nada, a pelo. Como si sobraran amigos. Por ser un buen propósito, obedezco. Llevé muchas hostias en la vida (repartidas entre casa, la escuela y ya luego por ahí fuera) para aprender acatamiento. Soy ahora sumiso caballero parlante que se vale únicamente de la humilde palabra.

Facebook no es todo ni vive todo el mundo ahí, aunque acabaremos perteneciendo a esos nuevos países GAFA: Google, Apple, Facebook y Amazon. Un contrasentido, por la vista de la que hacen gala. El mio, con águila o gaviota, no puede competir con ellos por mucha bandera y demás trapos que ventile en las corrientes de orgullo. Aprovecho por lo tanto para optimizar mi esfuerzo y esparcir deseos luminosos por el firmamento humano. A todas las personas que me siguen y a las que sigo, ¡qué sería de esta vida sin huellas que perseguir!, aunque muchas nos guíen al precipicio.

Que encontréis vuestra LUZ, busquéis lo que busquéis. 

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Lady wordpress

Las Musas me han dado permiso para hacer horas extra. “Siempre que persigas algo bello”, pusieron como condición. “Aún cuando no lo alcances, Tucho, porque la belleza empieza por la voluntad”. Así que, sin dar más rodeos, marché directo hacia la bruma en busca de una dama que ahí habita. La humildad le exige ser tenue. Sutil. Vaporosa. La más elegante dama de wordpress, me han dicho. Miss wordpress. Herida de envidia, confesó que moría de ella. El daño le fue causado por un precioso homenaje, dijo. Y por encargo voy a su encuentro. Soy mercenario de la vida. La ninfa que vino a mi orilla me pidió otra ofrenda para lady y así curar su agonía. No quiero que se haga tarde.

Entré en la niebla. Vencida la vista por su espesura recurrí a la voz para encontrar a la señora. Aunque te refugies aquí eres cálida brisa —dije contemplando el vaho de mi aliento, dibujando mis palabras—, mar en calma dentro de esta bruma, soplo de otoño levantando las hojas caídas de su sueño frío en el suelo, eres música y eres vino a pie de una cálida chimenea…

Otra voz sonó en la etérea opacidad de aquella atmósfera: ¿Quien eres tú?, ¿Qué buscas?, ¿Con quién hablas?…Tras las preguntas emergió una bellísima mujer. Su presencia sus gestos sus maneras, quilates de dulzura. Me invadió una paz instantánea. Entonces supe que era bella también por dentro. Soy un pescador de sirenas extraviado en la calima –respondí. Sin duda te busco a ti, lady, ahora lo sé. Traigo este homenaje para sanar tus males. Y aquella voz tembló, emocionada.


Para María Jesús Beristain, dueña de apuntes de salitre. He tomado prestadas unas descripciones de nuestra común amiga Ana Fernández, sin ellas hubiese sido imposible fotografiar a MJ en su bruma.

En tu orilla me quedo

Desde el salón de mi casa vi incrédulo una sirena pasar. Me pareció sedosa. Cada vez que emergía lo hacía con tanta fuerza que su pelo se secaba con el aire que desprendía. Su melena competía con el sol. Deslumbraba, ayudada por sus escamas de mujer. Su cola emitía un lenguaje que enseguida entendí. Tenía su propio Braille. Baja, ven –decía agitando el agua. Y mi ser. Supe leer la espuma. Bajé al muelle corriendo a pedir una red prestada. Parecí un loco ante las miradas de los rudos marineros. Nervioso comencé a correr entre las rocas intuyendo que ella me observaba y seguía mi caminar. Busque una cala tranquila al amparo de varias rocas y la esperé. En cuanto me ubicó se acercó y me espumó sus palabras:

Echa las redes para que no pase de largo.

Abre tus brazos

Recógeme despacio…

Y allí en tu orilla me quedo

Por siempre.

Mientras seguía su consejos notó en mi mirada que tuve miedo. Que no sabría como cuidarla…

Tú ya sabes los cuidados que requiere una sirena, Tucho –me aleteó.


Dedicado a Ana Fernández, que lo inspiró.

Foto Pixabay (gracias siempre)

Irlanda: paisaje y paisanaje

Iba dispuesto a ver Dublín. De nuevo, con ganas. Ya habíamos paseado Lourdes y yo sus calles y puentes más famosos en 2006 de la mano de un cicerone de lujo, mi hijo Borja, que ahora está en Alemania, país que no me pone nada, si acaso de mala leche; tantos seres de luz me ciegan. Según me cuenta, los alemanes no entienden el sarcasmo y la ironía. Así que paso, ambas cosas son mi segunda lengua (viperina), no quiero importunarlos. Allá ellos con su perfección. Como si no cagaran, con perdón. Yo te espero en España, hijo, que es despendole cósmico para bien o para mal, con tendencia a lo segundo. Sí, iba dispuesto a ver de nuevo Dublín y vi media Irlanda. Mi guía cambió de sexo en esta ocasión. Mi hija Xandra. Casi ná. Le encantan las sorpresas que hacen feliz a la gente querida porque en ellas encuentra una forma de vivir. Nos tenía preparada una. Se sumaba al regalo de los billetes para volar a su lado. Nunca nos arrancábamos por miedo crónico a surcar los aires. Sabía, sin embargo, que el deseo de ir lo teníamos bien volado. Con ella también aprende uno a no negarse. Seguir leyendo “Irlanda: paisaje y paisanaje”