Karma Occidental (KO)

“El segundo es el primero de los perdedores”. Esta frase se le atribuye a Ayrton Senna, para muchos el mejor piloto de la historia de la Fórmula 1, tres veces campeón del mundo, trágicamente fallecido en Imola en el ejercicio de su pasión.

La realidad es que el mundo está lleno de perdedores, de segundos, terceros, cuartos, vigésimo primeros y últimos (estos pueden ser los primeros, dicen). Lleno de obedientes y colaboradores necesarios que mantienen a líderes mediocres, de pacotilla. Dictadores, sicópatas, ladrones. Por supuesto, lleno de vencidos, también. Estoy un poco cansado del discurso Líder – Liderazgo, a la vista de los resultados. Es fácil hablar sobre líderes. Solo hay que sacar lo mejor de cada uno aunque luego nos engañe con lo peor. ¿Quién no tiene algo de líder, una migaja? (Aunque sean los famosos quince minutos de gloria). Sin contar con las posibilidades económicas o materiales imprescindibles para llegar a la cima o habitar en la cuneta, en su defecto. No es lo mismo nacer en EEUU que en Somalia.

Hay que ser líder a toda costa. Es el mantra. La matraca. Aunque no se tenga madera. Lo demás es un fracaso, con suicidios incluidos. Las empresas buscan líderes, la política también y ya vemos en que acaba todo, para ellos. Nadie pone un anuncio “necesitamos un buen segundo”, no, siempre se buscan líderes, incluso en organizaciones que están en la cola. Si todos nos convirtiéramos en líderes terminaríamos siendo el líder n.º 1, el líder n.º 2 y así hasta el líder último o el líder tontodelhaba y vuelta a empezar. De alguna forma habría que diferenciarse. Qué cansino, el rollo. De hecho, no existirían líderes si no hubiera segundos ni perdedores. ¿Alguien se imagina una carrera de Fórmula 1 o cualquier otra sin segundos ni terceros ni el que pincha o abandona siempre? Un coñazo. O que todos cruzaran la meta empatados. Aunque la máquina dictara que entre el primero y el vigésimo hay una milésima de segundo tendríamos un vencedor y 19 perdedores. No, son necesarios los segundos, los vigésimos y los “trigéminos”. Sin segundazgo no hay espectáculo, no nos engañemos. Incluso en los reálitis seleccionan de entrada al tonto sin posibilidades que hace el ridículo, del que reírse públicamente para alcanzar audiencia antes de que se peleen los talentos y nazca el nuevo líder. Véase Got Talent o Master Chef, entre otros.

Asistimos a una avalancha de gurús, coachs y demás sabios en todos los ámbitos que podamos imaginar, algunos realmente buenos y otros de copia y pega. En cuanto han hecho dos tortillas se consideran expertos tortilleros y se dedican a enseñar a quienes llevan toda la vida haciéndolas sin saber que se llamaba tortilla. Nos estresan con la competitividad pero los de arriba no compiten, colaboran, que es la clave del éxito. Las petroleras, por ejemplo, que se unen para fijar un precio que les convenga, sin hacerse daño. Si colaboráramos, todos seríamos líderes.

Luego está esa necesidad de fusionar la espiritualidad oriental con la occidental, como si vivir en el Tibet fuera lo mismo que vivir en el centro de Madrid o en Sudán y con dos mandalas y un mantra reguláramos los diferentes “estreses” y nos equiparáramos, como si trabajar en el almacén logístico de Amazon fuera lo mismo que rezar en un monasterio tibetano.

A la masa la han obligado a competir para dividirla y controlarla. Para tener un mundo de sirvientes. Uno solo alcanza cierto grado de bondad y perfección después de muerto, cuando ya no da la lata. Las alabanzas, tras la muerte, sorprenderían a muchos de los fallecidos, que a buen seguro desconocería haber tenido tantas virtudes. Lider post mortem.

Acabo de descubrir una canción que participará en Eurovisión 2017 y que resume bien el asunto (la letra). Y además es italiana, coño.

Noche Internacional de la Mujer

Harto de que la claridad no resuelva nada significativo, salvo dejar a la vista la hipocresía, propongo que la Noche Internacional de la Mujer sustituya al Día Internacional de la Mujer. A veces se ven más claras las cosas oscuridad mediante. En mis muchos años de existencia, la cantinela de la lucha y la igualdad ha pasado a ser un estribillo machacón, el resto de la letra no importa ni se la espera, aunque con sangre entre el te quiero y el te amo. He llegado a la conclusión de que igual da como da igual, o tanto da como da lo mismo. Siguen las palizas, siguen los asesinatos machistas, sigue la cosificación, sigue el techo de cristal, sigue la discriminación salarial, sigue el peso del hogar, sigue el desprecio, el ninguneo, sigue todo contra la mujer, salvo alguna cosha, como diría marianico. Evidentemente, algo se ha avanzado, quizás solo lo imprescindible para darle una tregua a la conciencia hombruna.

A ver si la oscuridad trae luz, o trae hogueras que prendan los pedestales del machismo.

Lo que siento

Una de las pocas ventajas que puede tener ser mayor es decir lo que se piensa sin temor a consecuencias, o que no importen. Un gustazo. Tanto si se le va a uno la olla como si se ejerce voluntariamente. Estoy deseando que no me importe decir lo que me pasa por la cabeza gravemente, porque en su grado leve lo digo a menudo en este blog, a veces con algo de temor. Lástima que tenga que esperar tanto. Anticipo que casi todo lo grave es políticamente incorrecto, que es como le llaman ahora a la libertad de expresión cuando molesta a la jerarquía canalla. Como se suele decir, la verdad ofende. Por cierto, si es verdadero el dicho “no ofende quien quiere sino quien puede” no entiendo por qué se muestran tan sensibles quienes mandan y legislan cuando les dirigimos nuestras opiniones, será su conciencia la que de verdad puede y por eso dictan leyes mordaza. Será que damos en el blanco.

Ojalá pudiera avisarme la médico. Que en un chequeo rutinario en el centro de salud me dijera “te queda una semana de memoria” (ya tenemos bastante confianza). Antes de perderla dejaría las mías por escrito, con nocturnidad alevosía y con mucho gusto. Con placer inmenso. Si, diría todo lo que siento. Justo antes de iniciar ese triste viaje por el vacío. Y ahora que estoy cuerdo digo, para que conste, que decir lo que siento me llevaría ante un juez y tal vez a la cárcel, bajo no sé qué acusación. O al manicomio, a un hotel de cinco estrellas por haberme hecho famoso o al hoyo porque ya estoy muerto de un tiro. En ese estado de deterioro todo y nada es real, imagino. Y las visitas me dirían ¿sabes por qué estás aquí?, y yo, sonriendo, que ni flowers. Y acto seguido me responderían: pues por decir que fulano merece esto y lo otro y de lindo gusto lo harías tú. Y le seguiría mirando con la misma sonrisa y las mismas flowers, posiblemente feliz, con cara de bobalicón.

Así que a todos los ladrones con nombre y apellidos los tengo escondidos en mi memoria para cuando toque llamarles ladrón a pecho descubierto, aunque todo el mundo sepa quienes son, hasta los mismos ladrones. Espero que llegue el día en que no tenga nada que esconder, incluidos los pensamientos, porque nada me importe. Eso debe ser la auténtica libertad, más o menos.

Un seguidor, comentarista y amigo en mi anterior post decía muchas cosas sin decir nada en concreto, con habilidad. Y entonces pensé que la ley mordaza era maquiavelicamente mejorable en ese aspecto y podrían introducir una enmienda que viniera a decir “todos aquellos que sin decir nada en concreto y de su palabras pudiera inferirse una ofensa a la honorabilidad de un cargo público y tal y cual” Él lo definió como delito de pensamiento. Es posible que no tenga que esperar a ser mayor.

Sayonara baby

En un eructo, el olvido te regurgitó sobre la acera, cuando te vi, cuando nos vimos. Frente a frente. Creíste que iba hacia ti, ¿a tu encuentro? Sonreí y me torciste el gesto, en una mueca grosera que pareció el resumen de un tiempo en común en que también retorcías mi vida sin dar tiempo al enderezo, un movimiento continuo, sin fin, circular, repetitivo, lleno de treguas que (me) nos llevaron al hastío. Sobrepasaste mis hombros, triunfadora. Negando el saludo consumabas el desprecio. A la espalda dejabas la esperada venganza, tan ansiada desde que me fui. Y te alejaste altiva, sin mirar atrás ni recoger tu derrota. Porque nunca llegaste a saber, te lo digo ahora, que lo menos necesario eran tus presentes y tu recuerdo. Allá tú, siempre tan segura, de tu inseguridad. Del pasado, ya aprendí, incluso a amar. Felices los dos. Tanta rebelión…si nunca fui tu enemigo.

Queda todo

La tajada de la vida se va. La comió el tiempo, sin hambre ni piedad. Es su trabajo. Le queda de segundo plato hueso al rico reuma, un par de caldos desaboridos enriquecidos con avecrem. Hueso seco, frágil. Adiós cuchillo jamonero, se acabaron aquellas lonchas de sabor que acunabas con cariño en tu filo, brevemente. El tiempo no tiene estómago ni paladar, por eso puede comer de todo.

Asoman pliegues en los párpados que encarcelan las miradas, cansadas, o mitigan su dureza o su vigor. Acude poco a poco la torpeza, sabia, que recela de la velocidad, “oiga usted, a su edad”. Queda el sexo arrinconado, pendiente del brote verde de un deseo, ajado, de la persona que está a su lado. Vale también de caridad, si se sabe mendigar. Quedan los nietos, si llegan. Su bullicio será el eco de un pasado que suena. Queda una guerra de recuerdos batiéndose a muerte, ojalá venzan los buenos y cuenten la batalla antes de nombrarte su nuevo rey.

Quedan citas con la médico; encuentros sin ningún amor. Son sus promesas consejos o pastillas que van matando la ilusión. Quedan paseos preventivos. Todo lo que queda, es por si acaso.

Quedan más inviernos que primaveras. Quedan miedos que se acumulan: miedo a caer y a romper, a no saber levantarse. A que no te quieran socorrer porque tu tiempo ha pasado. A ser un inútil útil, o viceversa, que viene a dar igual. Resultar para tu acompañante un lastre pesado, si no doblas antes de repente, fulminado. Que así sea amén jesús. Quedan visitas de la tristeza, que te tira los tejos porque eres una fácil presa. Cuando te pida un baile dile que te da pereza. Queda vivir de prestado.

Queda, claro, engañarse con gusto a diario, repitiendo bien alto ¡LA VIDA ES BELLA! Celebrar cada alba. Festejar cada amanecer como si nunca hubieran existido. Queda sobrevivir en ella, queda mirar y queda ver. Respirar a fondo hasta que duelan los pulmones. Hacerle una autopsia a las fragancias para ver de qué aroma han muerto. Arañar con furia la naturaleza para que salpique en tu cara su savia, como si la hubieras herido de rabia, de no querer abandonarla, quiero decir. Queda sentirlo todo…con los sentidos que queden, de guardia. Queda la rutina, de vivir. ¿Quién dijo que la rutina mata?

De oca a oca

Ahí yacen otras navidades, bajo un sudario de nieve o embutidas en un elegante traje de cristales de escarcha. Se cierra el belén por fin de temporada. Para quien no tenga estufa se presta el burro y el buey (solo para desahuciados) A juzgar por los anuncios queda España perfumada.

Se escuchan las plegarias que entonan millones de almas: ¡Vivan los carnavales! Ya le darán luego estos vela a la semana santa, en nada. Que a la vez pasará el testigo a las verbenas de cada comarca y cada pueblo para celebrar al patrón. Así sucesivamente nos lleva de fiesta en fiesta esta corriente. Conscientes inconscientes o mediopensionistas. Porque la realidad no es ninguna fiesta; no hay pregones ni pregoneros. Solo dolor sin control, sin paliativos ni condolencias por parte de quien lo provoca. La realidad tiene otros colores. Eso, ¡vivan los carnavales!

Aquellos

Aquellos que presumen de morir por ti mueren sin un rasguño, de viejos, aburridos de morir también por otras. Aquellos que sueñan con tu piel tienen pesadillas cuando se vuelve pellejo. Aquellos que naufragan en tus caricias suelen ser expertos marineros. Aquellos que te lo darían todo lo dicen como si nada. A aquellos que contigo pan y cebolla recuérdales el menú cada hora. Aquellos que proclaman que eres única, es únicamente eso. Aquellos que dicen que no quieren hacerte daño ya te lo han hecho. Aquellos que confiesan que nunca mienten es una mentira más. Aquellos que se ponen de rodillas para declararte su amor que lo hagan a continuación de pie.

Aquellos que saben lo que quieres oír no se preguntan si lo que dicen es cierto.