Sin palabras (II)

Llegó a mis ojos un artículo sobre palabras moribundas. Muchas veces he pensado en ellas sin saber cuantas son ni cuales las que sucumben sin darnos cuenta. El lenguaje económico (ahorrar letras, puntos, comas, uves y bes para acotar tiempo, espacio y maquillar carencias) se impone en los chats. Imágenes, emoticonos, stickers, etc. son la puntilla. Lapidan la palabra. Lenguas seculares con dos simples pulgares acorraladas. Somos poco creadores, vagos hasta para escribir. O pensar. El mensaje queda herido, lacerado. Queda apolillado. Vamos al encefalograma plano, véase el auge de trumps y lepenes, personajes de cómic dirigiendo nuestros destinos o a punto de hacerlo. Quizás el problema sea, precisamente, que nos conformamos con pocas palabras. Ellos saben cuales son y las manosean de continuo.

Asi que he decidido hacer un homenaje a algunas de las caídas en el camino y que extiendo a todas las afectadas por el olvido y la modernidad. Boca a boca a unas cuantas palabras o palabros que he recogido de ese desierto de amnesia. Una fibrilación. Allá vamos.

Hace poco me hice con un trastero, inesperadamente. Una herencia. Viejo deseo, ahora cumplido. El precio, de momento, es la salud. Entre vaciarlo, limpiarlo y rellenarlo con otros archiperres que me acosaban silenciosamente en casa empleé decenas de viajes. Muchos trastos fueron a parar al punto limpio, ahora menos limpio. Triste es no alcanzar ni el derecho a okupar un trastero. De todos me he acordado de noche, de día o cada vez que me movía. Bueno, me lo recordaron los huesos, los riñones, espalda, piernas, brazos manos, muñecas; miembros que interactuaron en el desahucio. Escalera arriba, peldaños abajo. En cajas, sacos, cubos y variados continentes contenedores. Cómo sería la cosa que resucité también mi viejo repertorio de tacos, no dejan de ser palabras. Alguno podría herir esos sentimientos religiosos (y otros) a flor de piel de los que hace gala esa tropa beata y ñoña sin más relleno que la religión. Tan fácil de herir con chorradas. Ostia. Si fuera un aviador, de aquellos que surcaban los aires en arriesgadas misiones, arrojaría sobre ella paquetes de cordura y algún otro repleto de sus propias contradicciones. Gente que reza mientras crucifica.

Cumplida la misión me iría de cuchipanda con los amigotes para celebrar la gesta. Me vestiría y acicalaría como un dandi, perfume incluido, lo que gusta a la beatería rancia: la falsa apariencia. Actuaría como tal. Se iban a partir los ijares de la risa (esta palabra es posible que haya muerto; la esquela pudo pasarme desapercibida). No me cortaría un pelo, ni dos, como buen descocado que soy, o por tal me tengo. Lo íbamos a pasar fetén, lo juro por las viudas de Lugo.

Cuando era un parvulito de pantalón corto, glúteos prietos, ingenuo e inocente, delicatessen para curas –alguno octogenario– adictos al sexo de niños sumisos y silenciosos amenazados de pecado mortal si hablan (el del sacerdote que sodomiza mientras amenaza es oculto o ignorado y por lo tanto venial hasta el punto que puede seguir repartiendo el cuerpo de cristo sin remordimientos), cuando era un niño, decía, me enviaba mi madre a la lechería del barrio a por la leche del día. Venía en una bolsa que se introducía en una jarra y se cortaban las esquinas para verterla en la taza como me vertía yo en la efervescencia haciendo la zambomba. Y no me quedé ciego, aunque reconozco que tengo una presbicia galopante, poca para tanto solitario como hice, dios mio. Tras el recado subía en el artrósico ascensor. Rodeado de señoras pías que no paraban de recordar ante cualquier asunto que lo importante era la salud, cosa a la que ahora me sumo sin reparo pero que entonces me parecía una pesadilla. Alabado sea dios, decían, tras interrogarme sobre lo que les parecía bien. En alguna ocasión que hablé de política le fueron con el parte a mi señor padre, las muy. Unas collejas de penitencia me reportaron, en aquella época del tardofranquismo. Mojigatas.

Quien realmente me explotaba era mi viejo. Me convirtió en su ganapán. Ni becario ni pollas. Su esclavo full time. A veces, cuando veníamos de la calle, al pasar por el estanco, le preguntaba si tenía tabaco. En un acto casi reflejo palpaba el bolsillo de la chaqueta y decía que si. Nada más llegar a casa me enviaba a por un paquete de Ducados, “papá, te acabo de preguntar si tenías tabaco y dijiste que si” –-soltaba yo, ¿qué pasa, muchacho, es que te molesta hacer un recado a tu padre? Chantajeaba él. Si solo fuera uno, pero me pasaba la vida en la calle, de paje de su majestad (esto me lo callaba). Murió de diabetes –o sus complicaciones– recién jubilado, a los 66, RIP. Podría decirse que la trabajó gramo a gramo. Tenía una dulcería favorita para los días de fiesta. Se comía los pasteles, dosificados y casi prohibidos para sus ocho hijos. Una tortura. Zamparse alguno a escondidas traía complicaciones. El problema es que yo, por ejemplo, metía uno pensando que pasaría desapercibido. Lo malo es que los otros siete pensaban lo mismo, a pesar de ser menores. El muy tal los contaba antes de enviarlos a la nevera.

En aquella época cualquier película le bastaba para ponerse cachondo. En cuanto veía una enagua, especie de tienda de campaña que llevaba la mujer bajo la falda, nos mandaba salir de su habitación, que era como un teleclub casero en el que se ubicaba la única tele –entonces un lujo– y ya se podía preparar mi vieja. Un pololo le valía, dado el caso. Fuera de la habitación.

Y de mi, qué puedo decir. Me independicé. Me fui de casa a la edad en que la ley lo permitía. No quise ser un gallofero y vivir del cuento ni de chistes. Antes de irme practicaba el pseudo pijismo, nunca lo entenderé, intentando disfrutar de las pocas libertades que me quedaban como hijo objeto. En realidad era un sucedáneo de pijo, imagino que en imitación de los verdaderos, aquellos con los que mi padre me obligó a convivir en colegios del Opus (los peores cuando aún estás por moldear) y niños repletos de pasta, la misma de la que carecíamos en casa. Por ahí iba yo de guaperas, con gafas de sol bastardas, ni Ray ni Ban, tipo policía. Y mi niqui. Con tal pinta entraba en las discotecas de moda sin percatarme de la guisa que portaba. Pardiez, ¡qué vida! Luego sí que me encontré con la Vida de verdad. Ahora no me importaría ser un zorrocloco como mi presidente «Hombre tardo en sus acciones y que parece bobo, pero que no se descuida en su utilidad y provecho» (DRAE). Así, desapercibidamente.

Otra entrada Sin palabras (I)


Memorias de Logan

Goendios, las 06:45. Solo a mi se me ocurre poner kikiriki como alarma del móvil. Y eso que me acuerdo del domicilio rural en el que estuve alquilado una temporada. Accedía a mi casita vertical por un patio que a su vez daba a un corral habitado por pollos gallinas conejos y un puto gallo que se creía Pavarotti. El muy cabrón ¡estaba afónico! Para mayor inri carecía de horarios. Empezaba a las cuatro o cinco de la mañana con la serenata y se alargaba casi hasta el medio día, con descansos, todo hay que decirlo pero a los que no les pillaba el truco porque tampoco estaban programados. En lugar de reloj internó tenía toda una relojería. Fines de semana incluidos. Cuando fui consciente de esto último palidecí. Me mudé a la campiña buscando tranquilidad y como soy un paleto de ciudad no calculé los daños colaterales. Juro que la primera vez que pasó por mi cabeza un flash de sicópata fue allí. Gallicida en serie, o en serio. Me pregunto por qué cojones cantan tanto. No creo que las gallinas estén en celo eterno, eso tiene que agotar la de dios. Si hay algún aldeano 2.0 –con todos mis respetos– leyendo esto, que me lo explique, porfa. La dueña del emporio (empollo) tenía predilección por aquel tenor. Yo le argumentaba que tanto amor se debía a que su casa estaba a cien metros y no se enteraba. Hay casos en los que la distancia une. Con la confianza adquirida le pregunté entre sonrisas si valía para un caldo y tal y cual pero no se daba por aludida, con otra risita, la muy cabrona. Era como de la familia.

Pillo los gayumbos que están enrollados a un lado de la mesilla y me los calzo a la pata coja, alternando pierna con cierta agilidad. Trastabillo un par de veces, poniendo en peligro la tele. Como son oscuros no me paro a ver la firma. Si fueran claros estoy seguro de que la nicotina sería una metástasis visible sobre el textil taparrabos. Cada color tiene sus ventajas. A mi me gustan los sufridos. Ay, ¡el Oxi Action no tiene precio! Un poquito por aquí, frotas con la bolita, un cacito y a la lavadora. A ver cuando me toca contar mi truquito en la tele, ando apurado de pelas. Ya aburren con tanta ropa de niño, que si manchada de tierra helado o chocolate. ¡Ja!

Echo mano a los calcetines. Cada uno a tomar por culo del otro. Los huelo. Aun aguantan un par de días, por lo menos, si el olfato no me falla y me respeta el catarro. Eso si, los cambio de pie porque me molestan los tomates. Por donde asoma el gordo se empeña en colarse también el compañero y eso perjudica a ambos, que se pasan el día estrangulados. Esa presión me llega al cerebro y no me centro. Es un alivio llegar a casa y poner fin a ese martirio. En cambio el pequeño no alcanza a asomarse al exterior y así duran un montón. Es que no soporto ir de compras. Si algún día tengo un accidente espero no llevar encima la documentación para no comprometer a la familia.

Me saco las pelotillas resecas de la nariz. A veces dan guerra. Se fusionan con los pelos, hay que andar a modo o tirar de la mata con decisión, a lo sumo una lagrimilla y listo, en caso de apuro. Meto el meñique en el oído y rebaño unas virutas. Si coincide que pica, me recreo en el gusto que da. No es la primera vez que saco una tamaño pasa de Corinto. La contemplo extasiado. Luego debo acordarme de limpiar bien la uña con el palillo del recibidor para no ir con restos de membrillo de un lado para otro, medio de luto, como ha pasado alguna vez; hay gente muy repugnante a la que todo le da grima, pone unos caretos que dan asco.

Voy a la cocina y preparo el desayuno. En el trayecto libero un par de gases impacientes. No me gusta que el apuro me pille en ese tramo por el eco que forman, y por mis vecinos cotillas a los que no se les escapa nada. Mira, ¡que se jodan!, estoy de su perrito chillón hasta la polla, creo que se mea a la puerta de casa, ya he visto varias veces un charco que no tiene mucha explicación. Así que incontinencia por incontinencia es mas humana la mía. Como sigan apareciendo los oasis perrunos, lo del gallo no va a ser nada. Les voy a dedicar un área de “Il Pedorreta Sostenuta”, un altro Vicino.

Me tomo el zumo y suelto un eructo sonoro. Será por escapatorias. No hay como un buen mantenimiento. Meto la mano por el calzoncillo y acomodo la huevada –apretujada– en un gesto mecánico y cotidiano. Me viene de golpe una flema como una gominola. La lanzo sobre el plato de los espaguetis a la carbonara de la cena que espera su turno junto a otros cacharros. Rebota y cae fuera del fregadero, detrás del grifo mono mando. Ahí se queda, no se extravía, es verde y contrasta con el blanco grisáceo de la encimera. Paso la mano por la boca. Caliento medio café con leche que sobró de ayer, el vaso estaba pegado a la mesa de la cocina, otro círculo más, tengo el logo de las olimpiadas por media casa. A ver si se me pega también el rollo deportivo. Lo acabo mientras visualizo la jornada que se presenta.

¡Joder! ¿En qué coño se ha ido el tiempo? Aun tengo que giñar. Lo intento. La prisa no es buena compañía así que desisto. Acabo de arreglarme y atuso el pelo a toda leche. Ya cagaré donde mande el apretón. Echo un cigarro rápido, le doy unas caladas sostenidas que se comen un centímetro de pitillo cada una. La ceniza cae al suelo y la piso sin querer. Pillo el coche. Al poco rato un retortijón de tripas. La virgen, tenía que haberlo hecho en casa.

Regulo el malestar soltando un pedo. Hostia, mal control, sale con burbuja, caliente, caldoso. Abro la ventanilla para que se busque la vida. Mi pituitaria lo agradece. Cualquiera diría que estoy podrido. Quedo nuevo. Doy unas vueltas a la manzana de la oficina a ver si tengo suerte y me ahorro el parking, pero toca pagar.

Entro al curro y voy derecho a mi puesto, surfeando saludos, miradas rápidas, alguna huidiza. La de la Toñi es una de ellas. Por más que exhiba mis mejores galas no consigo derribar su muro, se sabe todo el manual del escaqueo, la muy jodida. La verdad es que echo de menos una compañera, día y noche, sobre todo lo segundo. Ya tengo callo en la mano de tanta paja. Si algún día pillo una hembra tengo miedo de agitarla en lugar de acariciarla. Por cierto, a ver si mudo la cama de una jodida vez.

Comí en el burguer de la esquina y vuelta al tajo. Otra cosa que tengo que buscar. Pasa la tarde lentamente, con artrosis. Al salir hago escala en un bareto cutre cercano a casa, con ambiente de putiferio. En la barra hay dos jamonas, siempre suele haber alguna. Pago, me voy, llego, enciendo el ordenata. ¡Siii!, han contestado a mi anuncio en una página de contactos. ¡Una página seria! Nada de tías puercas.


Esta vez, la actividad en el taller literario trataba de escribir un diario íntimo, o el extracto de uno.

Pétalos

Si No. Me quiere No me quiere

Si No. Me miente No me miente

Si No. Le creo No le creo

Si No. Me engaño o No me engaño

Me mata o me muero…

La manada. Final

Sara se detuvo. Posó los ojos inmóviles en el suelo, sumergidos en lágrimas. Freire se acercó de inmediato y le dijo que harían un descanso al tiempo que le frotaba los brazos paternalmente. Le preguntó si quería tomar algo. Ante su silencio optó por traer un zumo de frutas de la máquina de vending –no había mucha variedad. Se lo puso en la mano, ya abierto. Sara comenzó a beber. Al rato continuó…

—Grité como una histérica. Empecé a girar sobre mi misma. No sabía qué hacer. De pronto vi un par de móviles sobre la mesa, al lado de unos vasos. Uno era de mi madre, lo reconocí por la funda. Cogí los dos y salí corriendo. Dani me esperaba en el coche. Le pedí que saliera a toda hostia. Por el camino le conté. ¡Tenemos que llamar a la policía! –chilló asustado. Le dije que no, que necesitaba tiempo para asimilar aquello pero prometí que lo haría. Durante varias horas examiné los whatsapps cruzados entre mi madre y otros, así como el de esos otros entre ellos. Lo que descubrí me paralizó. Un grupo llamado “chocholoco” se rotaba a mi madre. Lo formaban cuatro tipos. Uno participaba solo de vez en cuando añadiendo un emoji y un comentario guarro. Estaban bien coordinados. Sabían cómo entrarle para rendirla. Perfeccionaban la técnica con cada “traspaso”. Conocían su clave sentimental. Su password emocional. Le hacían creer que era un flechazo sin cura, definitivo. Se contaban con todo detalle cómo les había ido con el putón de Bárbara, con la guarra viciosa come pollas, en esa línea. Me estremecí al saber que anulaban su voluntad con burundanga. Mi sudor frío se congeló al descubrir que habían preparado una orgía para mi. “Ya es hora de reventarle el coño a esa putita que va de estrecha” –decía el mensaje que desencadenó la acción. En el frigorífico había habitualmente un bote de Sunny que yo trasegaba a diario. Solo tuvieron que esperar. Cuando hizo efecto llamaron al resto para que acudieran. Mi madre, infeliz, solo sabía de uno. El de turno. De golpe comprendí un montón de cosas que en su día eran inexplicables. Las molestias y dolores que tuve en vientre y ano, un flujo asqueroso y maloliente que no sabía de dónde procedía. Supe por los mensajes que ella amenazó a su compañero con denunciarlo a la policía si me volvía a tocar un pelo –la relación ya estaba agonizando. La manada decidió escarmentarla. Imagino que no contaban con aquel final. No quiero pensar la cantidad de veces que montaron la misma juerga. Con una o con otra. O con las dos a la vez.

Sara hizo otra parada. Escuchó un “hijosdeputa” cargado de odio salido de la boca del comisario. Este la abrazó y se le humedecieron los ojos. Freire prometió que esos bastardos lo iban a pagar caro en cuanto diera con ellos, ¡a tomar por culo la jodida placa!

—Sin perder un minuto –continuó con su relato Sara, busqué “burundanga” en google. Por medio de contactos de Dani me hice con un frasco. Le dije que me lo había pedido una conocida, no es un delito, –añadí para tranquilizarlo. Hablé con unas pilinguis muy cachondas que conocí un Día del Orgullo Gay y con las que sintonicé desde el principio. Les conté con detalle mi calvario y mi plan. Se prestaron al juego. Les hablé del bar en el que se citaba el grupo casi todos los días. Se las ingeniaron para liarlos. Con sus buenas artes invitaron a chocholoco a un botellón que supuestamente se iba a celebrar en la casa abandonada de una parcela cercana –ofreciéndoles mas detalles. Se presentaron puntualmente. Brindaron con cubata de litrona servido por Dunia en vasos de plástico mientras Jamila y Roxana bailaban sensualmente e informaban, falsamente, de que un grupo de veinte se acoplaría enseguida para animar el sarao. Fue lo último que recordó la manada. Ellas se retiraron dejándome el terreno libre. Esos hijos de perra se desnudaron, muy obedientes, y se pusieron de rodillas, a cuatro patas. Como les ordené. Por el culo les metí una porra que tenía en casa para autodefensa. La empujé con fuerza, y con rabia. Corté sus pollas con mi navaja y se las hice tragar, ayudada del mismo garrote. No recuerdo si cada una se comió la suya. ¡Qué, pollaslocas!, ¿lo estáis pasando bien?, gritaba mientras lo hacía, frenética, poseida. Los muy bastardos murieron desangrados como cerdos en el matadero. No sabía cuál de los tres era el padre de la criatura que llevo dentro. No podía permitirme el lujo de errar, comisario. Aquí tiene los móviles. Los mios ya los conoce –remató con un juego de palabras que buscaba complicidad.


Este relato es mi respuesta a una actividad de flemingLAB, taller literario. El tema: la novela negra, el relato de un crimen. Me he inspirado en las fechorías de unos cazadores sexuales españoles bautizados por la prensa como la manada. No me va el ojo por ojo, pero un final similar al descrito no me hubiese sorprendido. La justicia poética necesita referentes.

Capítulo 1 pinchando aquí

Capítulo 2 pinchnado aquí

La manada (2/3)

Los hechos se produjeron en una vivienda de una urbanización barata, a las afueras de una ciudad dormitorio. Casas clonadas, repartidas en decenas de parcelas cuadradas, rectangulares; desde el aire parecería un laberinto, la pesadilla de un cartero. Pura monotonía. Tras algunos interrogatorios a pie de escenario obtuvo información de distinto interés. La víctima llevaba residiendo ahí cinco años. Una mujer introvertida pero correcta. Amable en el trato. Hacía un par de años que estaba separada. Desde entonces la frecuentaron diferentes varones, de aspecto poco tranquilizador, coincidían los vecinos. Al poco de instalarse en el domicilio el tipo de turno se reproducía la misma secuencia: gritos, golpes, objetos rotos. Vivía con una hija de 15 años. Últimamente desaparecía con frecuencia. Hubo quien emitió un juicio más elaborado según el cual Bárbara era una de esas mujeres que se niegan a reconocer la realidad. La primera hostia que reciben las desconcierta tanto que piensan que trata de un accidente. Creen que el amor que sienten por el agresor será suficiente para convertir sus golpes en caricias. Se empeñan en ser heroínas. El David que acaba con el Goliat del maltrato. No se dan cuenta de que el enemigo es implacable, que no se rinde hasta ver el terror en un ojo de su amada y sumisión total en el otro.

La relación que Sara, la hija, mantenía con la madre era muy tensa. Compañeras de clase en el IES Virgen de la Esperanza, la notaban rara. Había experimentado un cambio considerable. Se volvió hermética, triste. Hablaba poco. Estaba harta de su madre y sus parejas. Carecía de intimidad, “no puedo estar en bragas en mi propia casa”, confesó en una ocasión resumiendo su situación a una amiga. Le habría gustado ir a vivir con su padre, decía, pero había rehecho su vida con otra mujer y no le apetecía colarse en su luna de miel.

Durante las pesquisas, el comisario había descartado varios sospechosos, incluido al padre, conocido hombre de negocios. Tenía una coartada perfecta. Pasó aquella noche cenando con su nueva compañera, a 200 kilómetros de allí. Tanto el restaurante como el hotel en el que pernoctaron podrían confirmar los datos. Por su parte mostró recibos de la Visa Oro con la que pagó en ambos locales, disipando cualquier duda. Dijo no tener noticias de su hija desde hacía algún tiempo. Las pocas que le suministraba de su convivencia con la madre no le gustaban. Intentó ponerse en contacto con ella tras enterarse de la trágica noticia, sin éxito, el móvil parecía estar apagado.

Estaba liquidando el último bocado de su Burger Especial cuando sonó el móvil.

—Dime, Pablo –era su ayudante.

—Freire, ¡acaba de entrar por la puerta la hija de Bárbara! Está muy nerviosa. Para tranquilizarla le hemos dicho que la persona que lleva el caso está en camino y llegará pronto.

—Muy bien, en unos minutos estoy ahí, ¡no la dejéis marchar!.

De camino hacia la comisaría volvió a llamar Pablo.

—Acabamos de recibir el informe policial. Creí oportuno comentarte los detalles antes de que hables con Sara. El forense sitúa la hora de la muerte entre las 09:00 y 09:30 de la noche de autos. El semen pertenece a tres hombres diferentes…

—Suponía algo así –interrumpió a Pablo, en cuanto a la hora de la muerte…

—Espera, falta algo que no te sorprenderá, en una de las consumiciones han hallado escopolamina, ya sabes, la droga de los violadores que tantos problemas está causando.

—Gracias. Empiezan a encajar las piezas. Nos vemos.

Entró directo en la sala de Sara y se interesó por su estado. Intentó relajarla, “lo único que quiero es ayudarte, podrías estar en peligro”. La chica comenzó a declarar a bocajarro, sin preámbulo alguno:

—Desde que mi padre nos dejó todo se fue a la mierda. Mamá no supo encajarlo. Rellenaba su vida con hombres a granel para olvidarlo. Al poco de conocerlos los metía en casa sin importarle mi opinión, ya le había manifestado cuál era. Un par de aquellos cabrones empezó a prestarme más atención a mi que a ella. Me manoseaban a la menor ocasión a pesar de mis quejas de rechazo y asco. Lejos de ayudarme, me acusó de provocarlos. Comencé a ausentarme de casa a menudo. Deseaba desaparecer para siempre. Pretextaba trabajos escolares, excursiones, cumpleaños. No le importaba. Hace 6 meses conocí a un chico con una experiencia parecida a la mía. Enseguida conectamos. Tiene 18 años. Cuida de su abuela impedida a la que solo le queda él. Es un friki de la red. Se gana la vida con negocios online, básicamente, eso dijo para abreviar al percibir mi ignorancia. Lo puse al día de mi situación. Me ofreció ir a vivir con él, así tendría ayuda y compañía, dijo para convencerme. No lo dudé. Se lo comenté a mi madre y estuvo de acuerdo. Me hubiese dado igual lo contrario. Mi decisión era irrevocable. Se quitaba un problema de encima, ¡y una competidora!, no pude evitar pensar con dolor que esto último allanó el camino. La noche que la mataron le pedí a Dani que me acercara a recoger algunas cosas. Al llegar me crucé con tres hombres que parecían salir del domicilio, alterados. La puerta estaba entreabierta. Entré en el salón y me encontré con una escena que tardaré en olvidar…

La manada (1/3) y el final pinchando aquí

La manada

Freire apretó el bote de kétchup y dirigió el espeso chorro a la hamburguesa, ocultando las huellas de sus dentelladas. Hizo un lapsus para limpiarse la grasa, repartiéndola entre la misma boca, la traslúcida servilleta de papel y la mayoría de los dedos. Abrió la carpeta que tenía delante. Extrajo unas fotos y las esparció por la mesa como si repartiera cartas en una partida de póquer.

Otro jodido asesinato. Siempre en el momento más inoportuno, pensó. El que estaba atravesando lo era. Una separación atascada en negociaciones ridículas y una amenaza de retirada de placa con la correspondiente suspensión de empleo y sueldo por sus últimos abusos de autoridad. La paciencia había dejado de ser una virtud para convertirse en una pérdida de tiempo. Sobre todo cuando se enfrentaba a un hijo puta integral. Joder, nunca le hicieron falta los buenos modales, –se decía. La policía se estaba convirtiendo en una panda de nenazas. Un par de hostias bien dadas suelta las lenguas más resistentes. No suele fallar. Además de relajar la tensión en momentos duros, tan abundantes en su trabajo. Para ser sincero debía reconocer que más de uno de aquellos golpes iba dirigido mentalmente a la zorra de su mujer. Si con ellos ayudaba a arrancar una declaración “favorable” los daba por bien empleados.

Bárbara. Ama de casa. 37 tacos. Rayaba en el sobrepeso pero iba bien con en aquel cuerpo duro que exhibía bellas geometrías. Los rasgos más sobresalientes, nunca mejor dicho, eras unas prominentes tetas y unos glúteos poderosos. Un pedazo de culo. De buena gana se la follaría. Empezando por detrás. Realmente le echaría unos cuantos. Llevaba casi un año en un secano sexual. Bárbara. El nombre hacía justicia a aquella hembra. Se llevó la mano al paquete y se la notó morcillona. Si estuviese solo en el local se haría una paja en su honor. Nunca se sintió un depravado por estas ideas. Tal vez al principio. Había decidido ver su oficio de otra manera. Reconocer una belleza aunque estuviera tumbada en el carro de una morgue. Qué cojones. De qué iba si no todo ese rollo de ser positivo. Cuando le caía un fiambre como aquel pensaba que en el fondo a la muerta le agradaría ser deseada hasta ese extremo. A buen seguro que ella satisfaría cualquier impuesto sexual por volver a la vida. Qué mejor forma de restarle protagonismo a la muerte que admirando un cuerpo como aquel antes de que fuera un catering para los gusanos.

Freire había escudriñado el escenario del crimen nada más recibir el aviso, una semana atrás. Varios vecinos escucharon un grito agudo. Después, el chirrido frenético de unos neumáticos sobre un asfalto aun caliente. El jefe le había adjudicado el caso aunque no le correspondiera, era un experto eficaz en este tipo de crímenes. A cambio le pasaba por alto algunas cosillas. Una moral con caja B presidía el departamento.

Homicidio limpio, podría decirse. Sin balazos o espantosas cuchilladas. Sin sangre sobre paredes que parecen cuadros impresionistas sin terminar. Ni moquetas encharcadas o camas ensangrentadas. El morbo queda huérfano sin color rojo. A cada extremo del sofá del salón había sendas prendas que formaban parte de un conjunto de lencería, ambas rotas, como arrancadas a la fuerza. En una mesa centro paticorta varios vasos desperdigados, con distintas bebidas y diferentes niveles de llenado. Había, a cambio, un olor espeso y penetrante. Mezcla de semen fluidos vaginales y orina, anticipó la policía científica. El cadáver estaba desnudo y en posición genopectoral; apoyado sobre las rodillas, culo hacia arriba, pechos en suelo, brazos extendidos como si quisieran alcanzar los tobillos. Se conoce también como posición Mahometana. La imagen recuerda la maqueta de un monte en el que el culo fuera la cumbre. Vistas espectaculares, menudo guateque se montó el pájaro, se dijo Freire. Con él hubiese tenido un final feliz –pensó de inmediato para atenuar ese sentimiento. Una primera inspección ocular confirmó una fiesta del esperma: estaba presente, ya reseco, en boca, pechos, pelo, vagina, ano y nalgas. Hematomas en distintas partes y pequeños restos de sangre coagulada en los orificios genital y anal.

Ningún indicio de robo. Nada forzado ni cajones revueltos. En el bolso de la víctima una cartera que contenía carnés, tarjetas de crédito y unos cuantos billetes. Extrañaron la ausencia de teléfono móvil, raro, en estos tiempos. El agresor no se molestó en crear pistas falsas. Podía significar que no era un profesional. Tal vez un imprevisto le hizo abandonar precipitadamente la casa. Una situación que se le pudo ir de las manos, convirtiendo ese homicidio en su ópera prima. Mientras hacía estas cavilaciones Freire se dirigió a un teléfono inalámbrico situado sobre el recibidor. Había un mensaje en el contestador: “mamá, en unos minutos estoy ahí para recoger algunas cosas que necesito. Voy con un amigo. Ciao”. Eran las 21:20, solo media hora antes de que llegara él. En el exterior, el murmullo de un grupo de curiosos. Vecinos y gente de la prensa.


Segunda parte (de tres) pinchando aquí

El Meca. Uno contra todos

Menudo cabrón. El Meca. Le llamaban así, abreviadamente, porque había sufrido la polio cuando era pequeño y balanceaba ruidosamente su pierna encarcelada en una prótesis hecha de hierros y correas que recordaba a una de las muchas construcciones que se podían hacer con un juego de moda de la época: Mecano. Una pierna esquelética. Era una auténtica alarma ambulante. Macabro. El tinglado que lo sostenía era como un gigantesco cascabel de gato que avisa del inminente peligro. Un “Eduardo pierna-tijeras”. Para más inri tenía una cabeza desproporcionada, famélica, en la que se marcaban con nitidez los huesos y de la que salían con ganas los ojos, como queriendo huir a un lugar más placentero. Parecía un excelente recurso didáctico para impartir una clase de anatomía. Capítulo “Cráneo”.

Por esa condición era el protegido de casi todos los maestros. El Meca sabía bien como explotar aquella pena para obtener de ellos la bula a sus múltiples fechorías. Porque era un puto acosador, un tirano, que quede claro. De frágil nada. Los débiles imponen su propia dictadura cuando les dejan. La compasión desmedida es una fábrica de déspotas. Que el Supremo nos libre de ellos. Débiles eran aquellos que tenían la desgracia de caer bajo su inquina, nutrida principalmente por la envidia que le ocasionaba cualquier poseedor de un físico normal, con piernas y cabezas normales. Débiles, porque a ver quien era el guapo que le largaba una patada como dios manda y derrumbaba aquel montón de chatarra humana. Si a la normalidad anatómica se añadía alguna habilidad que hiciera descollar a su titular, acaparando la atención de los compañeros, se estaba gestando un enemigo acérrimo del Meca.

El mote se lo colocó una víctima que un día, harto, decidió que le daba todo igual. No aguantaba más. Raúl no halló, como tampoco los demás maltratados, amparo o piedad entre los amigos del acosador. Ni entre los suyos. Ni siquiera entre el profesorado, al que acudía cuando estaba desesperado por lo que ahora llaman bullying y en los sesenta del pasado siglo gamberrada, que era el genérico para los atropellos en una España huérfana hasta de anglicismos. Y lo que resultó definitivo: ni en su propio padre encontró apoyo. Este ya le había dicho que le partiera los dientes a aquel remedo de ser humano y listo. Raúl no sabía cómo gestionar el consejo, no se veía capaz, no por falta de ganas, y lo peor es que el padre solía rematarlo con un cobarde, gallina. Hasta que no llegara a casa con un premolar de aquel cabrón en su mano ensangrentada no sería un verdadero hombre. Casi deseaba formar parte de la legión de tullidos que arropaban cada una de las acciones del indiscutible jefe y líder. Cegatos con gafas culo-botella, bizcos, cojos engaña charcos, chepas y demás desafortunados con su carrocería. Vivían tranquilos sin que nadie los molestara, ¡pobre de quien lo hiciera! Hubiese dado un cacho de oreja o diez grados de verticalidad.

Le dolía a Raúl especialmente la actitud del padre. Le dolía porque en el cole también le llamaban gallinita cobarde. Por no defenderse, a pesar de que no era la única gallinita cobarde que rehusaba hacerlo. Aquel día no le partió la boca al Mecano, pero ante la enésima vejación, cuando le “robó” el trompo de boj, su favorito, el más deseado de los trompos que bailaban en la arena del patio durante los recreos, se lo arrancó a su vez de las manos y morado de ira le gritó: ¡Mecano, que eres un Mecano, prefiero a una cobarde gallina que a un despojo de metal como tú. La próxima vez que te acerques a mi te clavo la punta de este trompo en la cara, baboso, y si tienes alguna duda, inténtalo! La amenaza surtió un efecto inmediato, además de un “sonoro” silencio. Fue una tregua tácita, unilateral y definitiva. Raúl era un artista tuneando trompos, le extraía la punta original y la sustituía por otra modelada por él, bien afilada, larga, de unos tres centímetros. Un auténtico espolón. Su gallo de pelea. Pero lo que hacía a la perfección Raúl era lanzarlo. Lo soltaba de la cuerda de un trallazo, un latigazo, para conseguir una inercia imparable. Conseguía meterlo dentro del círculo dibujado en la tierra y en el que bailaban otros trompos, muchos de ellos de humilde pino. Era frecuente que alcanzara a alguno de lleno y lo partiera en dos, como lo hubiera hecho un rayo, y al mismo tiempo bailar el suyo como si nada hubiese pasado. En eso consistía el juego. Quizás el Meca imaginó la peonza aterrizando sobre su rostro, desfigurándolo todavía más. De hecho se sabía de percances por malos lanzamientos, de trompos que fueron a parar a cabezas ajenas al corro y que necesitaron algún punto de sutura. Fue suficiente para el Meca.

Acababa de nacer un héroe. Sin pretenderlo, Raúl fue sumando a su causa un goteo de adeptos amedrentados por el común maltratador. Así como iban llegando lo ponían al corriente de las experiencias vividas. Insultos, escupitajos, zancadillas, hurtos. Todo le resultaba familiar al nuevo ídolo. Realmente no había ninguna “Causa” pero tampoco tenía motivos para rechazar a esa gente, por lo menos no quería hacerlo. Eso le proporcionaba un nuevo sentido a su existencia. Y qué menos que disfrutar de sensaciones tan desconocidas hasta entonces para él. Afecto, cariño. Aunque fuesen interesados. Casi sin darse cuenta, poco a poco, se fue agregando alguno de los tuertos y otros “defectuosos”. Fueron aceptados sin rencor. Notaba cómo le reconfortaba que así fuera. Pasado el tiempo se incorporó el Meca. Sin rencor. Si, cosas de héroes.