Estampitas

Parece que Melba, excelente escritora, y su amiga María, mujer serena y dulce, vinieron a España huyendo de ciclones tropicales esperados en su tierra natal. Ira de la naturaleza. No es así, llevaban justo un año planificando el viaje con detalle. Esos monstruos pusieron su ojo ciclópeo en Puerto Rico, Florida y Texas para dar con su paradero. Ambas tienen un hijo en aquella bonita isla. Mel, además, otros dos que viven en Estados Unidos, igual que una hija de María. En esos estados que son como tetas para los vendavales. Se nutren de los mismos países una y otra vez. Estados favoritos de la adversidad, visitados con pavorosa regularidad. No da tiempo a perderles el miedo. Texas Madrid Oviedo Gijón Betanzos Pontedeume Sada A Coruña Barcelona Madrid Texas. Avión, bus, coche. A fe que es una maniobra de despiste para marear al ciclón.

Hace años, Mel se mudó al país de las oportunidades, lo mismo que María, despejando el camino a la prole, como buena gallina clueca. Desde niña fue un volcán en activo que arroja su lava sobre las injusticias y las desigualdades. No esa nena buena y tranquila que quieren todos los padres. Tal es su fuerza que el Cosmos, celoso, le manda de vez en cuando tan temibles sicarios, para arrancarle la cabellera con las garras de los vientos. María y José son los últimos esbirros llegados a despojar la tierra de todo lo que tenga raíz o tejado y vomitando toneladas de agua salada sobre las abiertas yagas, para que escueza la herida. Difícil de imaginar. Con María y José bautizaron a los huracanes. Debe tener ‘gracia’ para los creyentes. Lo último que supe de esa pareja es que estaba en el portal de Belén, tan tranquila. Bueno, tranquila tranquila no, María con los nervios propios de una virgen que va a dar a luz un hijo del Espíritu Santo. Casi ná.

Por eso no me extrañó, o tal vez si, justo por lo mismo, que su primer encargo tras abrazarnos como habíamos prometido hacer en nuestro primer encuentro offline fuera una ristra de estampitas de la Virgen que le había pedido llevar de España su esposo, hombre devoto donde los haya, de rosario diario: la Virgen de Montserrat, de la Concepción, de los Milagros, la de Yanomeacuerdo. No entiendo la clonación de la virgen madre, multiplicación de la auténtica y genuina, por decir algo; servidor es ateo confeso. Es que aquí, donde haya un pueblo con dos casas lo primero es tener su virgencita y le sigue su capilla. María, en cambio, buscaba rosarios, con cruz pero sin okupa, sin atleta, sin clavos de cristo. Madera huérfana y pelada. Me olvidé de preguntarle por qué quería el madero desahuciado de inquilino tan famoso.

Total, me vi envuelto en una ‘encrucijada’ inesperada. Antes de darme tiempo a enfriar me lancé a las pesquisas. Fui a bibliotecas e iglesias del entorno. Pregunté a ancianas y ancianos con pinta de beatos. Nada. Entré en un despacho parroquial, el del cura, sin resultado (que Dios le perdone). El ‘caso estampita’ se convirtió en obsesión. Me acerqué a una tienda de antigüedades con intención de encontrar una virgen de ocasión, de segunda mano. Estampitas tal vez halladas en el cajón de un viejo desván y que fueran a parar allí. La tienda estaba cerrada por vacaciones, cómo no. El desafío era descomunal, una cuestión de orgullo. Me vino a la cabeza ese ex ministro del interior y esa ministra de trabajo que imponen medallas de oro a cualquier virgen (de madera) aunque anden los policías sin chalecos antibalas. Sí sí, en mi país. Me entró una rabia y una impotencia… ¿Que se van a ir sin estampitas? Ni de coña!

Quedaba un último cartucho. Luisa, otra bloguera de postín, excelente fotógrafa y coruñesa de toda la vida (CTV). Teníamos previsto verla al día siguiente de nuestro estado de abatimiento y derrota, así que la llamé al móvil para quedar. Puse manos libres para tener un ménage à trois (ella, Mel y yo). Hola, qué tal y tal? Antes de entrar en materia, Luisa, te digo que tenemos un asunto peliagudo que resolver. Le lancé el caso estampa con los obstáculos hallados. Diez segundos de silencio. ¿Pero qué me estás contando?, dice con acento de ‘no me lo puedo de creer’. Es posible que también fuera un acento ateo. Pues eso, Luisa, hay que asumirlo como un reto, con humor, en eso consiste ser un buen anfitrión. No podemos quedar como un par de fracasados incapaces de hacerse con un puñado de estampillas en un país donde la iglesia está llena de ‘cromos’. Cero credibilidad nos va a dejar. Nada más colgar se puso a ello, oye. Se acercó a una tienda de su barrio en A Coruña, se hizo con trece estampitas y dejó dicho en la tienda que mañana más (los rosarios, no nos olvidemos) Y así fue, misión cumplida. Me sentí celoso de la impecable gestión de mi colega de bitácora, claro que en mi descargo debo decir que no es lo mismo un pueblo de nueve mil habitantes que una ciudad de un cuarto de millón de almas como la de Luisa. Y aun encima nos llevó al monte de San Pedro; un empacho de vistas esplendorosas e imprescindibles para el visitante. Gracias.

Y eso fue todo, por no hablar del difícil consenso a la hora de la pitanza. María es una estupenda y estricta vegetariana radical, ni un día se salta este régimen. Ya me gustaría a mi ser tan disciplinado. Tengo prohibida la sal y a veces me la desprohibo, con gusto, si surge un imprevisto que merezca la pena. A Mel no le gustan los bichos con ‘ojitos’ (ohitos) tales como una deliciosa parrochita (xouva, sardina pequeña), cigalas, tampoco los mejillones (mehillone). Entre una cosa y otra acabamos comiendo unas lonchas jamón de recebo y croquetas también de jamón. ¡Bingo! A ver cómo coño se lo digo a mi doctora (dos días para la visita de turno), que es una talibana de pro (pero buena, que conste). Amén.

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Si quieres

Si quieres digo que eres única, que no hay otra como tú, que eres la más bella, jamás vi otra mujer igual. Te digo todo de bueno, si lo deseas escuchar. Es declaración frecuente, hecha por amante vulgar. Se lo dijo a la anterior, se lo dirá a la siguiente. Ni la única ni la primera, ni la última serás. Serás, en poco tiempo, cari, churri, mi cielo. Un amor innatural, única…mente clonado, como todos los demás. Mientras, otea el horizonte, buscando otra presa ideal. Pronto olvidará tu nombre, tesoro, no es nada personal.

O puedo decirte la verdad. Que eres mujer corriente, como el aire que respiro, como el agua de la fuente, como el sol que me calienta, como la luna en mis noches, que muere, sin hacer reproches, en brazos de un nuevo día. Pero eres esa corriente, que me lleva, que me trae, que me arrastra con su fuerza, o que irradia su luz, iluminando mi mente. También puedo decir, me gusta tu arquitectura, la vidriera de tus ojos, el destello de tu mirada, bajo esa visera hecha con tus pestañas. Me gusta el balcón de tu sonrisa, los pasamanos de tus piernas y tus brazos, cómo cruje tu edificio, al cruzar bajo los arcos de tu boca, de tu vientre. Me gustas, exploradora, recorriendo mi superficie, trazando un mapa, con besos y caricias, metiendo coordenadas en el centro de mi GPS. Para que sea difícil perderte.

Todo eso te diría, con alguna tontería.

Sin palabras (II)

Llegó a mis ojos un artículo sobre palabras moribundas. Muchas veces he pensado en ellas sin saber cuantas son ni cuales las que sucumben sin darnos cuenta. El lenguaje económico (ahorrar letras, puntos, comas, uves y bes para acotar tiempo, espacio y maquillar carencias) se impone en los chats. Imágenes, emoticonos, stickers, etc. son la puntilla. Lapidan la palabra. Lenguas seculares con dos simples pulgares acorraladas. Somos poco creadores, vagos hasta para escribir. O pensar. El mensaje queda herido, lacerado. Queda apolillado. Vamos al encefalograma plano, véase el auge de trumps y lepenes, personajes de cómic dirigiendo nuestros destinos o a punto de hacerlo. Quizás el problema sea, precisamente, que nos conformamos con pocas palabras. Ellos saben cuales son y las manosean de continuo.

Asi que he decidido hacer un homenaje a algunas de las caídas en el camino y que extiendo a todas las afectadas por el olvido y la modernidad. Boca a boca a unas cuantas palabras o palabros que he recogido de ese desierto de amnesia. Una fibrilación. Allá vamos.

Hace poco me hice con un trastero, inesperadamente. Una herencia. Viejo deseo, ahora cumplido. El precio, de momento, es la salud. Entre vaciarlo, limpiarlo y rellenarlo con otros archiperres que me acosaban silenciosamente en casa empleé decenas de viajes. Muchos trastos fueron a parar al punto limpio, ahora menos limpio. Triste es no alcanzar ni el derecho a okupar un trastero. De todos me he acordado de noche, de día o cada vez que me movía. Bueno, me lo recordaron los huesos, los riñones, espalda, piernas, brazos manos, muñecas; miembros que interactuaron en el desahucio. Escalera arriba, peldaños abajo. En cajas, sacos, cubos y variados continentes contenedores. Cómo sería la cosa que resucité también mi viejo repertorio de tacos, no dejan de ser palabras. Alguno podría herir esos sentimientos religiosos (y otros) a flor de piel de los que hace gala esa tropa beata y ñoña sin más relleno que la religión. Tan fácil de herir con chorradas. Ostia. Si fuera un aviador, de aquellos que surcaban los aires en arriesgadas misiones, arrojaría sobre ella paquetes de cordura y algún otro repleto de sus propias contradicciones. Gente que reza mientras crucifica.

Cumplida la misión me iría de cuchipanda con los amigotes para celebrar la gesta. Me vestiría y acicalaría como un dandi, perfume incluido, lo que gusta a la beatería rancia: la falsa apariencia. Actuaría como tal. Se iban a partir los ijares de la risa (esta palabra es posible que haya muerto; la esquela pudo pasarme desapercibida). No me cortaría un pelo, ni dos, como buen descocado que soy, o por tal me tengo. Lo íbamos a pasar fetén, lo juro por las viudas de Lugo.

Cuando era un parvulito de pantalón corto, glúteos prietos, ingenuo e inocente, delicatessen para curas –alguno octogenario– adictos al sexo de niños sumisos y silenciosos amenazados de pecado mortal si hablan (el del sacerdote que sodomiza mientras amenaza es oculto o ignorado y por lo tanto venial hasta el punto que puede seguir repartiendo el cuerpo de cristo sin remordimientos), cuando era un niño, decía, me enviaba mi madre a la lechería del barrio a por la leche del día. Venía en una bolsa que se introducía en una jarra y se cortaban las esquinas para verterla en la taza como me vertía yo en la efervescencia haciendo la zambomba. Y no me quedé ciego, aunque reconozco que tengo una presbicia galopante, poca para tanto solitario como hice, dios mio. Tras el recado subía en el artrósico ascensor. Rodeado de señoras pías que no paraban de recordar ante cualquier asunto que lo importante era la salud, cosa a la que ahora me sumo sin reparo pero que entonces me parecía una pesadilla. Alabado sea dios, decían, tras interrogarme sobre lo que les parecía bien. En alguna ocasión que hablé de política le fueron con el parte a mi señor padre, las muy. Unas collejas de penitencia me reportaron, en aquella época del tardofranquismo. Mojigatas.

Quien realmente me explotaba era mi viejo. Me convirtió en su ganapán. Ni becario ni pollas. Su esclavo full time. A veces, cuando veníamos de la calle, al pasar por el estanco, le preguntaba si tenía tabaco. En un acto casi reflejo palpaba el bolsillo de la chaqueta y decía que si. Nada más llegar a casa me enviaba a por un paquete de Ducados, “papá, te acabo de preguntar si tenías tabaco y dijiste que si” –-soltaba yo, ¿qué pasa, muchacho, es que te molesta hacer un recado a tu padre? Chantajeaba él. Si solo fuera uno, pero me pasaba la vida en la calle, de paje de su majestad (esto me lo callaba). Murió de diabetes –o sus complicaciones– recién jubilado, a los 66, RIP. Podría decirse que la trabajó gramo a gramo. Tenía una dulcería favorita para los días de fiesta. Se comía los pasteles, dosificados y casi prohibidos para sus ocho hijos. Una tortura. Zamparse alguno a escondidas traía complicaciones. El problema es que yo, por ejemplo, metía uno pensando que pasaría desapercibido. Lo malo es que los otros siete pensaban lo mismo, a pesar de ser menores. El muy tal los contaba antes de enviarlos a la nevera.

En aquella época cualquier película le bastaba para ponerse cachondo. En cuanto veía una enagua, especie de tienda de campaña que llevaba la mujer bajo la falda, nos mandaba salir de su habitación, que era como un teleclub casero en el que se ubicaba la única tele –entonces un lujo– y ya se podía preparar mi vieja. Un pololo le valía, dado el caso. Fuera de la habitación.

Y de mi, qué puedo decir. Me independicé. Me fui de casa a la edad en que la ley lo permitía. No quise ser un gallofero y vivir del cuento ni de chistes. Antes de irme practicaba el pseudo pijismo, nunca lo entenderé, intentando disfrutar de las pocas libertades que me quedaban como hijo objeto. En realidad era un sucedáneo de pijo, imagino que en imitación de los verdaderos, aquellos con los que mi padre me obligó a convivir en colegios del Opus (los peores cuando aún estás por moldear) y niños repletos de pasta, la misma de la que carecíamos en casa. Por ahí iba yo de guaperas, con gafas de sol bastardas, ni Ray ni Ban, tipo policía. Y mi niqui. Con tal pinta entraba en las discotecas de moda sin percatarme de la guisa que portaba. Pardiez, ¡qué vida! Luego sí que me encontré con la Vida de verdad. Ahora no me importaría ser un zorrocloco como mi presidente «Hombre tardo en sus acciones y que parece bobo, pero que no se descuida en su utilidad y provecho» (DRAE). Así, desapercibidamente.

Otra entrada Sin palabras (I)


Memorias de Logan

Goendios, las 06:45. Solo a mi se me ocurre poner kikiriki como alarma del móvil. Y eso que me acuerdo del domicilio rural en el que estuve alquilado una temporada. Accedía a mi casita vertical por un patio que a su vez daba a un corral habitado por pollos gallinas conejos y un puto gallo que se creía Pavarotti. El muy cabrón ¡estaba afónico! Para mayor inri carecía de horarios. Empezaba a las cuatro o cinco de la mañana con la serenata y se alargaba casi hasta el medio día, con descansos, todo hay que decirlo pero a los que no les pillaba el truco porque tampoco estaban programados. En lugar de reloj internó tenía toda una relojería. Fines de semana incluidos. Cuando fui consciente de esto último palidecí. Me mudé a la campiña buscando tranquilidad y como soy un paleto de ciudad no calculé los daños colaterales. Juro que la primera vez que pasó por mi cabeza un flash de sicópata fue allí. Gallicida en serie, o en serio. Me pregunto por qué cojones cantan tanto. No creo que las gallinas estén en celo eterno, eso tiene que agotar la de dios. Si hay algún aldeano 2.0 –con todos mis respetos– leyendo esto, que me lo explique, porfa. La dueña del emporio (empollo) tenía predilección por aquel tenor. Yo le argumentaba que tanto amor se debía a que su casa estaba a cien metros y no se enteraba. Hay casos en los que la distancia une. Con la confianza adquirida le pregunté entre sonrisas si valía para un caldo y tal y cual pero no se daba por aludida, con otra risita, la muy cabrona. Era como de la familia.

Pillo los gayumbos que están enrollados a un lado de la mesilla y me los calzo a la pata coja, alternando pierna con cierta agilidad. Trastabillo un par de veces, poniendo en peligro la tele. Como son oscuros no me paro a ver la firma. Si fueran claros estoy seguro de que la nicotina sería una metástasis visible sobre el textil taparrabos. Cada color tiene sus ventajas. A mi me gustan los sufridos. Ay, ¡el Oxi Action no tiene precio! Un poquito por aquí, frotas con la bolita, un cacito y a la lavadora. A ver cuando me toca contar mi truquito en la tele, ando apurado de pelas. Ya aburren con tanta ropa de niño, que si manchada de tierra helado o chocolate. ¡Ja!

Echo mano a los calcetines. Cada uno a tomar por culo del otro. Los huelo. Aun aguantan un par de días, por lo menos, si el olfato no me falla y me respeta el catarro. Eso si, los cambio de pie porque me molestan los tomates. Por donde asoma el gordo se empeña en colarse también el compañero y eso perjudica a ambos, que se pasan el día estrangulados. Esa presión me llega al cerebro y no me centro. Es un alivio llegar a casa y poner fin a ese martirio. En cambio el pequeño no alcanza a asomarse al exterior y así duran un montón. Es que no soporto ir de compras. Si algún día tengo un accidente espero no llevar encima la documentación para no comprometer a la familia.

Me saco las pelotillas resecas de la nariz. A veces dan guerra. Se fusionan con los pelos, hay que andar a modo o tirar de la mata con decisión, a lo sumo una lagrimilla y listo, en caso de apuro. Meto el meñique en el oído y rebaño unas virutas. Si coincide que pica, me recreo en el gusto que da. No es la primera vez que saco una tamaño pasa de Corinto. La contemplo extasiado. Luego debo acordarme de limpiar bien la uña con el palillo del recibidor para no ir con restos de membrillo de un lado para otro, medio de luto, como ha pasado alguna vez; hay gente muy repugnante a la que todo le da grima, pone unos caretos que dan asco.

Voy a la cocina y preparo el desayuno. En el trayecto libero un par de gases impacientes. No me gusta que el apuro me pille en ese tramo por el eco que forman, y por mis vecinos cotillas a los que no se les escapa nada. Mira, ¡que se jodan!, estoy de su perrito chillón hasta la polla, creo que se mea a la puerta de casa, ya he visto varias veces un charco que no tiene mucha explicación. Así que incontinencia por incontinencia es mas humana la mía. Como sigan apareciendo los oasis perrunos, lo del gallo no va a ser nada. Les voy a dedicar un área de “Il Pedorreta Sostenuta”, un altro Vicino.

Me tomo el zumo y suelto un eructo sonoro. Será por escapatorias. No hay como un buen mantenimiento. Meto la mano por el calzoncillo y acomodo la huevada –apretujada– en un gesto mecánico y cotidiano. Me viene de golpe una flema como una gominola. La lanzo sobre el plato de los espaguetis a la carbonara de la cena que espera su turno junto a otros cacharros. Rebota y cae fuera del fregadero, detrás del grifo mono mando. Ahí se queda, no se extravía, es verde y contrasta con el blanco grisáceo de la encimera. Paso la mano por la boca. Caliento medio café con leche que sobró de ayer, el vaso estaba pegado a la mesa de la cocina, otro círculo más, tengo el logo de las olimpiadas por media casa. A ver si se me pega también el rollo deportivo. Lo acabo mientras visualizo la jornada que se presenta.

¡Joder! ¿En qué coño se ha ido el tiempo? Aun tengo que giñar. Lo intento. La prisa no es buena compañía así que desisto. Acabo de arreglarme y atuso el pelo a toda leche. Ya cagaré donde mande el apretón. Echo un cigarro rápido, le doy unas caladas sostenidas que se comen un centímetro de pitillo cada una. La ceniza cae al suelo y la piso sin querer. Pillo el coche. Al poco rato un retortijón de tripas. La virgen, tenía que haberlo hecho en casa.

Regulo el malestar soltando un pedo. Hostia, mal control, sale con burbuja, caliente, caldoso. Abro la ventanilla para que se busque la vida. Mi pituitaria lo agradece. Cualquiera diría que estoy podrido. Quedo nuevo. Doy unas vueltas a la manzana de la oficina a ver si tengo suerte y me ahorro el parking, pero toca pagar.

Entro al curro y voy derecho a mi puesto, surfeando saludos, miradas rápidas, alguna huidiza. La de la Toñi es una de ellas. Por más que exhiba mis mejores galas no consigo derribar su muro, se sabe todo el manual del escaqueo, la muy jodida. La verdad es que echo de menos una compañera, día y noche, sobre todo lo segundo. Ya tengo callo en la mano de tanta paja. Si algún día pillo una hembra tengo miedo de agitarla en lugar de acariciarla. Por cierto, a ver si mudo la cama de una jodida vez.

Comí en el burguer de la esquina y vuelta al tajo. Otra cosa que tengo que buscar. Pasa la tarde lentamente, con artrosis. Al salir hago escala en un bareto cutre cercano a casa, con ambiente de putiferio. En la barra hay dos jamonas, siempre suele haber alguna. Pago, me voy, llego, enciendo el ordenata. ¡Siii!, han contestado a mi anuncio en una página de contactos. ¡Una página seria! Nada de tías puercas.


Esta vez, la actividad en el taller literario trataba de escribir un diario íntimo, o el extracto de uno.

Pétalos

Si No. Me quiere No me quiere

Si No. Me miente No me miente

Si No. Le creo No le creo

Si No. Me engaño o No me engaño

Me mata o me muero…

La manada. Final

Sara se detuvo. Posó los ojos inmóviles en el suelo, sumergidos en lágrimas. Freire se acercó de inmediato y le dijo que harían un descanso al tiempo que le frotaba los brazos paternalmente. Le preguntó si quería tomar algo. Ante su silencio optó por traer un zumo de frutas de la máquina de vending –no había mucha variedad. Se lo puso en la mano, ya abierto. Sara comenzó a beber. Al rato continuó…

—Grité como una histérica. Empecé a girar sobre mi misma. No sabía qué hacer. De pronto vi un par de móviles sobre la mesa, al lado de unos vasos. Uno era de mi madre, lo reconocí por la funda. Cogí los dos y salí corriendo. Dani me esperaba en el coche. Le pedí que saliera a toda hostia. Por el camino le conté. ¡Tenemos que llamar a la policía! –chilló asustado. Le dije que no, que necesitaba tiempo para asimilar aquello pero prometí que lo haría. Durante varias horas examiné los whatsapps cruzados entre mi madre y otros, así como el de esos otros entre ellos. Lo que descubrí me paralizó. Un grupo llamado “chocholoco” se rotaba a mi madre. Lo formaban cuatro tipos. Uno participaba solo de vez en cuando añadiendo un emoji y un comentario guarro. Estaban bien coordinados. Sabían cómo entrarle para rendirla. Perfeccionaban la técnica con cada “traspaso”. Conocían su clave sentimental. Su password emocional. Le hacían creer que era un flechazo sin cura, definitivo. Se contaban con todo detalle cómo les había ido con el putón de Bárbara, con la guarra viciosa come pollas, en esa línea. Me estremecí al saber que anulaban su voluntad con burundanga. Mi sudor frío se congeló al descubrir que habían preparado una orgía para mi. “Ya es hora de reventarle el coño a esa putita que va de estrecha” –decía el mensaje que desencadenó la acción. En el frigorífico había habitualmente un bote de Sunny que yo trasegaba a diario. Solo tuvieron que esperar. Cuando hizo efecto llamaron al resto para que acudieran. Mi madre, infeliz, solo sabía de uno. El de turno. De golpe comprendí un montón de cosas que en su día eran inexplicables. Las molestias y dolores que tuve en vientre y ano, un flujo asqueroso y maloliente que no sabía de dónde procedía. Supe por los mensajes que ella amenazó a su compañero con denunciarlo a la policía si me volvía a tocar un pelo –la relación ya estaba agonizando. La manada decidió escarmentarla. Imagino que no contaban con aquel final. No quiero pensar la cantidad de veces que montaron la misma juerga. Con una o con otra. O con las dos a la vez.

Sara hizo otra parada. Escuchó un “hijosdeputa” cargado de odio salido de la boca del comisario. Este la abrazó y se le humedecieron los ojos. Freire prometió que esos bastardos lo iban a pagar caro en cuanto diera con ellos, ¡a tomar por culo la jodida placa!

—Sin perder un minuto –continuó con su relato Sara, busqué “burundanga” en google. Por medio de contactos de Dani me hice con un frasco. Le dije que me lo había pedido una conocida, no es un delito, –añadí para tranquilizarlo. Hablé con unas pilinguis muy cachondas que conocí un Día del Orgullo Gay y con las que sintonicé desde el principio. Les conté con detalle mi calvario y mi plan. Se prestaron al juego. Les hablé del bar en el que se citaba el grupo casi todos los días. Se las ingeniaron para liarlos. Con sus buenas artes invitaron a chocholoco a un botellón que supuestamente se iba a celebrar en la casa abandonada de una parcela cercana –ofreciéndoles mas detalles. Se presentaron puntualmente. Brindaron con cubata de litrona servido por Dunia en vasos de plástico mientras Jamila y Roxana bailaban sensualmente e informaban, falsamente, de que un grupo de veinte se acoplaría enseguida para animar el sarao. Fue lo último que recordó la manada. Ellas se retiraron dejándome el terreno libre. Esos hijos de perra se desnudaron, muy obedientes, y se pusieron de rodillas, a cuatro patas. Como les ordené. Por el culo les metí una porra que tenía en casa para autodefensa. La empujé con fuerza, y con rabia. Corté sus pollas con mi navaja y se las hice tragar, ayudada del mismo garrote. No recuerdo si cada una se comió la suya. ¡Qué, pollaslocas!, ¿lo estáis pasando bien?, gritaba mientras lo hacía, frenética, poseida. Los muy bastardos murieron desangrados como cerdos en el matadero. No sabía cuál de los tres era el padre de la criatura que llevo dentro. No podía permitirme el lujo de errar, comisario. Aquí tiene los móviles. Los mios ya los conoce –remató con un juego de palabras que buscaba complicidad.


Este relato es mi respuesta a una actividad de flemingLAB, taller literario. El tema: la novela negra, el relato de un crimen. Me he inspirado en las fechorías de unos cazadores sexuales españoles bautizados por la prensa como la manada. No me va el ojo por ojo, pero un final similar al descrito no me hubiese sorprendido. La justicia poética necesita referentes.

Capítulo 1 pinchando aquí

Capítulo 2 pinchnado aquí

La manada (2/3)

Los hechos se produjeron en una vivienda de una urbanización barata, a las afueras de una ciudad dormitorio. Casas clonadas, repartidas en decenas de parcelas cuadradas, rectangulares; desde el aire parecería un laberinto, la pesadilla de un cartero. Pura monotonía. Tras algunos interrogatorios a pie de escenario obtuvo información de distinto interés. La víctima llevaba residiendo ahí cinco años. Una mujer introvertida pero correcta. Amable en el trato. Hacía un par de años que estaba separada. Desde entonces la frecuentaron diferentes varones, de aspecto poco tranquilizador, coincidían los vecinos. Al poco de instalarse en el domicilio el tipo de turno se reproducía la misma secuencia: gritos, golpes, objetos rotos. Vivía con una hija de 15 años. Últimamente desaparecía con frecuencia. Hubo quien emitió un juicio más elaborado según el cual Bárbara era una de esas mujeres que se niegan a reconocer la realidad. La primera hostia que reciben las desconcierta tanto que piensan que trata de un accidente. Creen que el amor que sienten por el agresor será suficiente para convertir sus golpes en caricias. Se empeñan en ser heroínas. El David que acaba con el Goliat del maltrato. No se dan cuenta de que el enemigo es implacable, que no se rinde hasta ver el terror en un ojo de su amada y sumisión total en el otro.

La relación que Sara, la hija, mantenía con la madre era muy tensa. Compañeras de clase en el IES Virgen de la Esperanza, la notaban rara. Había experimentado un cambio considerable. Se volvió hermética, triste. Hablaba poco. Estaba harta de su madre y sus parejas. Carecía de intimidad, “no puedo estar en bragas en mi propia casa”, confesó en una ocasión resumiendo su situación a una amiga. Le habría gustado ir a vivir con su padre, decía, pero había rehecho su vida con otra mujer y no le apetecía colarse en su luna de miel.

Durante las pesquisas, el comisario había descartado varios sospechosos, incluido al padre, conocido hombre de negocios. Tenía una coartada perfecta. Pasó aquella noche cenando con su nueva compañera, a 200 kilómetros de allí. Tanto el restaurante como el hotel en el que pernoctaron podrían confirmar los datos. Por su parte mostró recibos de la Visa Oro con la que pagó en ambos locales, disipando cualquier duda. Dijo no tener noticias de su hija desde hacía algún tiempo. Las pocas que le suministraba de su convivencia con la madre no le gustaban. Intentó ponerse en contacto con ella tras enterarse de la trágica noticia, sin éxito, el móvil parecía estar apagado.

Estaba liquidando el último bocado de su Burger Especial cuando sonó el móvil.

—Dime, Pablo –era su ayudante.

—Freire, ¡acaba de entrar por la puerta la hija de Bárbara! Está muy nerviosa. Para tranquilizarla le hemos dicho que la persona que lleva el caso está en camino y llegará pronto.

—Muy bien, en unos minutos estoy ahí, ¡no la dejéis marchar!.

De camino hacia la comisaría volvió a llamar Pablo.

—Acabamos de recibir el informe policial. Creí oportuno comentarte los detalles antes de que hables con Sara. El forense sitúa la hora de la muerte entre las 09:00 y 09:30 de la noche de autos. El semen pertenece a tres hombres diferentes…

—Suponía algo así –interrumpió a Pablo, en cuanto a la hora de la muerte…

—Espera, falta algo que no te sorprenderá, en una de las consumiciones han hallado escopolamina, ya sabes, la droga de los violadores que tantos problemas está causando.

—Gracias. Empiezan a encajar las piezas. Nos vemos.

Entró directo en la sala de Sara y se interesó por su estado. Intentó relajarla, “lo único que quiero es ayudarte, podrías estar en peligro”. La chica comenzó a declarar a bocajarro, sin preámbulo alguno:

—Desde que mi padre nos dejó todo se fue a la mierda. Mamá no supo encajarlo. Rellenaba su vida con hombres a granel para olvidarlo. Al poco de conocerlos los metía en casa sin importarle mi opinión, ya le había manifestado cuál era. Un par de aquellos cabrones empezó a prestarme más atención a mi que a ella. Me manoseaban a la menor ocasión a pesar de mis quejas de rechazo y asco. Lejos de ayudarme, me acusó de provocarlos. Comencé a ausentarme de casa a menudo. Deseaba desaparecer para siempre. Pretextaba trabajos escolares, excursiones, cumpleaños. No le importaba. Hace 6 meses conocí a un chico con una experiencia parecida a la mía. Enseguida conectamos. Tiene 18 años. Cuida de su abuela impedida a la que solo le queda él. Es un friki de la red. Se gana la vida con negocios online, básicamente, eso dijo para abreviar al percibir mi ignorancia. Lo puse al día de mi situación. Me ofreció ir a vivir con él, así tendría ayuda y compañía, dijo para convencerme. No lo dudé. Se lo comenté a mi madre y estuvo de acuerdo. Me hubiese dado igual lo contrario. Mi decisión era irrevocable. Se quitaba un problema de encima, ¡y una competidora!, no pude evitar pensar con dolor que esto último allanó el camino. La noche que la mataron le pedí a Dani que me acercara a recoger algunas cosas. Al llegar me crucé con tres hombres que parecían salir del domicilio, alterados. La puerta estaba entreabierta. Entré en el salón y me encontré con una escena que tardaré en olvidar…

La manada (1/3) y el final pinchando aquí